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ADVIENTO'20

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levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación (Lc 21, 28) Podríamos comenzar el adviento interiorizando este versículo. El Señor llega para que nuestros deseos más profundos se vean cumplidos. Lo comento a partir del salmo 84 y de la esperanza de tres mujeres que levantan su mirada hacia Jesús. Ellas nos invitan a buscar al Señor como fuente de la vida verdadera, de la vida renovada, de la vida reconciliada, de la vida que solo el Señor puede regalarnos. Es necesario, además, no solo pensar en nosotros sino en la humanidad entera que espera con este deseo de vida al que podemos ayudar a nacer. ¡Qué amable tu morada con los hombres, Señor! ¡Qué delicado el tacto con que nos recoges en Jesús! ¡Qué alegría produce reposar en ti el deseo que en nuestro corazón busca lo mejor, como María escuchando a tus pies en su casa de Betania; el deseo de una vida viva cuando parece perderse sin remedio, como la hemorroísa que presentaste a todos como testigo de la fe; el deseo de un afec

Preguntas a Cristo Rey

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¿Acaso eres príncipe desde el día de tu nacimiento? ¿No naciste pobre con los pobres y te hiciste siervo entre los siervos? ¿Cuál es tu principado, cuáles tus poderes si naces desnudo y vives sin una piedra donde reclinar la cabeza? ¿Qué nobleza habita tu corazón si es rojo el color de tu sangre derramada? ¿En qué linaje se enhebra el hilo de tu vida sino el de Abel y el de los profetas rechazados? ¿Qué trono de justicia es el tuyo si los justos le tienen miedo y los pecadores encuentran sentencias de redención en él? Dime por qué a tu paso se recogen multitudes, se abren los oídos y la carne enferma busca tu contacto. Dime por qué te temen los demonios, príncipes de este mundo, si tu conjuro contra ellos es solo la verdad indefensa de tu corazón. Dime por qué los olvidados se llenan a tu lado de alegría si solo les das un trozo de pan. Dime cuál es tu misterio para que mi corazón arda oyendo la historia de la Vida al caminar, y mis ojos miren el futuro envueltos por la his

Reflexiones sobre el domingo XXXIV. Jesucristo Rey del universo (Ez 34,11-12.15-17; Sal 23; Mt 25, 31-46)

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La fiesta con la que concluimos el año litúrgico es la de Cristo Rey. Con ella se concluye, no empieza, el itinerario de Cristo. Jesús no se hace presente en medio de nosotros como príncipe heredero. No. Su realeza se forma asumiendo la figura de pastor. Es actuando como tal como llega a ser exaltado como Rey. Se hace así referencia al modelo veterotestamentario de rey, a David que aprendió el oficio de rey en el duro esfuerzo por cuidar, proteger, dar cobijo, buscar, guiar y recuperar a las ovejas perdidas de un rebaño. ¿En qué tipo de rey se convierte uno si no tiene claro que el poder es para cuidar, proteger, dar cobijo, guiar y recuperar a los perdidos? Pues bien, celebramos hoy que este ha sido el camino de Cristo con nosotros. No celebramos su grandeza sin más. Celebramos que su disposición a cuidarnos, a vivir para nosotros es eterna, y que, por tanto, ningún poder que quiera hacerse con nuestra vida para parasitarla robando sus energías, sus posibilidades, sus esperanzas tendr

Escondidos en Dios, envueltos por fantasmas

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Uno de los problemas más graves de la cultura actual es el de los fantasmas que nos habitan. Sentimientos, ideas, sensaciones oscuras que proceden de un mundo desordenado y que no nos permiten encontrar una idea clara, serena y resistente de nosotros mismos. El miedo a no estar a la altura, a no ser dignos, a no ser capaces y, por tanto, a no ser lo suficientemente valiosos. La angustia de no dominar las miradas, los juicios, las reacciones de los demás, y estar expuestos a una vida juzgada de continuo. La ira contra un mundo que no se somete a nuestras necesidades. Todo eso se convierte en un criadero de fantasmas que nos roban la vitalidad y, a veces, la vida misma. Por debajo de este mundo de fantasmas está nuestro verdadero yo, amado siempre por Dios, siempre sostenido por su fuerza de vida, incluso en sus fragilidades y fracasos; un yo siempre con futuro, aunque las cosas salgan mal; un yo que es comprendido mucho antes de ser juzgado; que es elegido como amigo y colaborador p

Reflexiones sobre el domingo XXXIII (Prov 31,10-13.19-20.30-31; Mt 25,14-30)

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Durante siglos el reparto de tareas y de poder entre el hombre y la mujer ha hecho que esta no expresara todas las posibilidades que Dios había puesto en ella. Esto explica por qué a muchas mujeres textos como el del libro de los Proverbios que leemos hoy les producen alergia y consideran que simplemente justifican el sometimiento. Siendo palabra revelada quizá podamos buscar una forma de leerlos distinta que nos siga hablando, como Dios siempre hace, para ensanchar nuestra visión y nuestras posibilidades, sin justificar estados de sometimiento insanos. Mi propuesta es leer este fragmento como reflejo de las relaciones entre Dios y la humanidad, ya que en la mística esponsal la mujer no representa a la mujer, sino a hombres y mujeres indistintamente y a la Iglesia o a la humanidad en su conjunto. En esta perspectiva esa mujer de la primera lectura, sin justificar que las mujeres deban mantenerse en el trabajo del hogar, se convertiría en imagen de un ser humano con tres cualidades