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REFLEXIÓN PARA DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO (Jon 3,1-5.10; Sal 24; 1Cor 7,29-31; Mc 1,14-20)

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Uno de los verbos que se utiliza para hablar de la resurrección de Jesús es el de levantarse (de la muerte). Se recoge en él, de forma metafórica, la disposición para incorporarse a la vida cada mañana; la fuerza con la que superamos el abatimiento, las caídas, la pereza; el respeto y la dignidad con la que nos presentamos ante los otros. Los evangelios lo ponen en boca de Jesús cuando devuelve a la vida a la hija de Jairo y al hijo de la viuda de Naím. Y finalmente como acción que recibe Cristo muerto del mismo Dios. Hoy escuchamos la llamada a los discípulos con el eco de la llamada a Jonás en la que se utiliza este verbo: “Levántate”. Para invitar luego, tanto a los discípulos como a él, a entrar en la gran ciudad con la palabra de Dios que llama a conversión. Hoy me parece especialmente importante escuchar la llamada de Jesús bajo el eco de la historia de Jonás. Porque a Jonás no le bastó con predicar las verdades que traía de Dios, necesitó además pasar por un estado de conver

LAS IDEAS Y LAS FORMAS CRISTIANAS

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Dios no nos ha dado solo ideas para vivir, sino una forma de hacerlo, la suya propia. Lo digo porque a raíz de la legalización del aborto en Argentina he visto muchos mensajes en la red que no solo defienden con pasión la vida de unos, sino que a la vez la condenan con saña en otros. ¿Es necesario afirmar indiscriminadamente que las mujeres que abortan son unas ‘asesinas’? ¿Esta es la forma con la que Dios se hace presente y habla? Porque si es evidente que Dios escucha el dolor del no nacido, también escucha el dolor de mujeres que abortan presionadas (yo mismo he escuchado confesiones en las que el dolor continuaba vivo después muchos años), pero quizá también se duela con amor (no puede hacerlo de otra manera) de la confusión y el pecado de los que defienden y provocan el aborto incluso con alarde. Y es que él ha venido a llamar a los pecadores, no a llamarnos pecadores, algo que, aunque parezca lo mismo, no lo es. Y puestos a pensar sobre el lenguaje y las formas de Dios y de los s

REFLEXIÓN PARA DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO (Sam 3,3b-10. 19; Sal 39, 2-10; 1Cor 6,13c-15a.17-20; Jn 1,35-42)

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  ¿Cómo encontrar nuestra verdad? ¿A quién escuchar?, ¿de quién fiarse? Estas preguntas son fundamentales, porque, más allá de lo que muchas veces queremos aparentar, habitualmente no estamos seguros de nosotros mismos, no sabemos qué opinar, qué hacer, como manejar nuestra vida, sea en lo más íntimo o en el cotidiano afán de nuestras relaciones y trabajos. Necesitamos ser nosotros mismos y a la vez ir de la mano de otros. Muchos ya nos han acompañado dejándonos un poso que agradecer, otros nos han decepcionado porque han querido someternos a su propia realización, a veces escondiéndose detrás de palabras y formas engañosas. En este sentido, las figuras de Elí y de Juan Bautista que nos presenta la liturgia al comenzar el tiempo ordinario son especialmente importantes. Ellos saben acoger, enseñar y soltar con indicaciones abiertas, dejando que sus discípulos sean ellos mismos ante el único que tiene palabra de vida plena. En la vida de fe, cuando los que nos acompañan son así, hemos

REFLEXIÓN PARA DOMINGO DEL BAUTISMO DEL SEÑOR (Isaías 42,1-4.6-7; Sal 28, 1-10; Hch 10, 34-38; Mc 1, 7-11)

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El libro del Génesis afirma que la tierra se había llenado de maldad y se ahogaba en su propia violencia. Este es el sentido del diluvio. Esto lo han sentido los hombres de todos los tiempos (como muestra, por ejemplo, la oración del salmo 69). El mar caudaloso que traga a los hombres se ha convertido en la Escritura en un símbolo del mal que se ha pegado en nuestro corazón y que nos ciega, nos enfrenta a los demás y a nosotros mismos, que nos separa de Dios y de la vida buena que él ha creado para nosotros. Ya no nacemos en el paraíso, nunca lo hemos hecho. Nacemos en una especie de waterworld, por utilizar un símil cinematográfico. Parecería que todo se ha perdido, a veces leemos así el relato del diluvio, pero Dios encuentra una forma de recuperar a los heridos por el pecado, y construye un arca donde recoger lo que queda de nuestra herida humanidad y recrear nuestra vida (“el pábilo vacilante no lo apagará, la caña cascada no la quebrará”). El bautismo de Jesús recoge esta idea y

REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE LA EPIFANA (Is 60,1-6; Mt 2,1-12)

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El Isaías de este fragmento que leemos hoy escribe cuando, después de la vuelta del destierro, Jerusalén no logra recuperar su antiguo esplendor y las expectativas de los israelitas se van apagando y vienen a entrar en un escepticismo que va mermando la fuerza espiritual de su fe. Es en este contexto cuando Isaías llama a recuperar la luminosidad de la fe en un Dios que en lucha con las tinieblas siempre termina venciéndolas. No importa la pobreza, la pequeñez, la insignificancia, sino la disposición a caminar por el desierto de la mano de Dios, con la confianza en que Él convertirá el páramo en una tierra fértil. Quizá la Iglesia en este tiempo, al menos en nuestra Europa secularizada, se percibe empequeñecida, se siente débil, parece insignificante. Las expectativas que nacieron del Concilio Vaticano II y las que renacieron con Juan Pablo II y las que ahora mismo parecen reavivarse con Francisco no terminan de hacer volver a La Iglesia a su ‘antiguo esplendor’, al menos al que noso