La música callada. Cuento


Había oído un susurro cuando niño. Intermitente, interpelante. Un susurro nocturno en forma de melodía entrecortada que no terminaba de formar una canción, pero cuyos compases pegadizos no había podido quitárselos nunca del corazón. De cuando en cuando notaba que la melodía estaba en su boca, incluso sin convocarla, añadiendo de continuo matices y voces nuevas sobre el mismo canto firme.
Caminaba entre los gritos de las conversaciones que subían el volumen cuando oían el suave silbo de sus labios. Caminaba entre los motores hiperacelerados de los coches que proferían improperios con sus bocinas cuando el joven interrumpía sus carreras con el ritmo sereno de su melodía en los pies. Caminaba atravesando la música de mensajes cifrados que se imponía socialmente tarareando su propia identidad con las notas respetuosas del canto recibido. Caminaba atravesando los aullidos con que el silencio indiferente tantas veces golpeaba la música de su corazón hasta casi agotarla.
No sabía por qué se empeñaba en seguir tarareando una melodía que no podía ofrecer completa, que no terminaba de abarcar, aunque por momentos le conmovía, y le hacía llorar y sonreír, e incluso bailar, estuviera solo o acompañado; una melodía que tan pocos reconocían, que tan pocos llegaban a distinguir, aunque ya se había dado cuenta de que poseía múltiples versiones según el carácter de cada cual; una melodía que incluso molestaba porque desentonaba en el coro de voces negras con que el mundo ensordecía los corazones.
No sabía ser sino el cantor de un susurro inacabado, y tuvo que ofrecer sus notas en los intermedios de la sinfonía mundana, cuando los oídos no estaban predispuestos a la complacencia; cantar en teatros semiabandonados en medio de un público ignorante que, curiosamente, terminaba cantando siempre con él, como si hubiera estado esperando que alguien pronunciara los primeros compases de una coral que les incluía.
Y así fue como el canto se extendió como música callada, como silencio entre los ruidos, como himno que sanaba el corazón y empastaba las voces. Porque pese a todas las dificultades el joven nunca dejó de venir al centro de la ciudad, subir a las azoteas y cantar la melodía de vida escuchada en la noche íntima de su corazón.

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