Reflexión sobre el evangelio del domingo XXVI (Sal 24; Mt 21, 28-32)

 

Creer no es simplemente pensar que Dios existe. Los cristianos decimos que creemos en Dios cuando afirmamos su historia con nosotros, cuando afirmamos que se ha dirigido a la humanidad con la vida de Jesús para invitarnos a una forma de ser que nos libere del peso amargo con el que la vida nos carga y que tantas veces nos echamos a la espalda unos a otros.

Creer en Dios para el cristiano es, por eso, reconocerse ante él en una relación de tú a tú, y percibir que confía en nosotros hasta el punto de entregarnos su mundo para que lo hagamos fructificar (“Vete a trabajar a la viña”, dice el evangelio de hoy).

Creer en Dios es sabernos invitados a compartir la vida que él abre para nosotros, y reconocer su forma de ser como el camino para encontrar la nuestra, porque Dios no nos pide con sus mandamientos hacer nada que él mismo no haga o haya hecho por nosotros.

Creer en un Dios misericordioso no significa simplemente pensar que nos perdona los pecados, sino que mucho antes ha querido enseñarnos con sus mandamientos sus caminos para que tengamos vida y no nos engañemos. Creer en un Dios misericordioso no es creer que él no nos exige nada, sino que su exigencia no es otra que la de vivir su mismo amor.

Creer en Dios significa comprender que nosotros no somos Dios y que nuestra debilidad seguramente nos hará caer una y otra vez, pero que Él será una roca inamovible donde encontrar suelo firme para salir de las aguas turbulentas del pecado y de la muerte. Significa aprender aquella humildad creatural donde incluso la pequeñez y el pecado se convierten en espacios de vida pues Dios desciende a ellos para elevarnos por amor a su misma altura.

Así pues, tener fe es escuchar la llamada del Señor para ir a trabajar en su viña, o lo que es lo mismo, para ir con sus mandamientos al mundo. Si escuchamos no dejemos que nada nos lo impida. Y si alguna vez desviamos el camino recordemos que su misericordia está pronunciando siempre su llamada a los que con humildad vuelven confiados a Él.

¿No es esto lo que nos dice hoy el evangelio?

Señor, enséñame tus caminos y haz que los transite con fidelidad. No te acuerdes de mi pecado y hazme caminar con humildad entre los hombres.

Comentarios

  1. Supongo que sí que todo éso es creer.
    Sentirnos perdonados y lo que cuesta aún más perdonar y ayudar al prójimo que q no nos cae también ,y como no, trabajar en su viña. Gran tarea en los tiempos en que vivimos.
    Gracias, gracias...

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  2. "¿Compadecerme? ¿Por qué me han de compadecer? bramó de pronto  Marmeladov, levantándose, abriendo los brazos con un gesto de exaltación, como si sólo esperase este momento . ¿Por qué me han de compadecer?, me  preguntas. Tienes razón: no merezco que nadie me compadezca; lo que merezco es que me crucifiquen. ¡Sí, la cruz, no la compasión…! ¡Crucifícame, juez! ¡Hazlo y, al crucificarme, ten piedad del crucificado! Yo mismo me  encaminaré al suplicio, pues tengo sed de dolor y de lágrimas, no de alegría.  ¿Crees acaso, comerciante, que la media botella me ha proporcionado algún  placer?
    Sólo dolor, dolor y lágrimas he buscado en el fondo de este frasco… Sí, dolor y lágrimas… Y los he encontrado, y los he saboreado. Pero nosotros no podemos recibir la piedad sino de Aquel que ha sido piadoso con todos los hombres; de Aquel que todo lo comprende, del único, de nuestro único Juez.
    Él vendrá el día del Juicio y preguntará: «¿Dónde está esa joven que se ha sacrificado por una madrastra tísica y cruel y por unos niños que no son sus hermanos? ¿Dónde está esa joven que ha tenido piedad de su padre y no ha vuelto la cara con horror ante ese bebedor despreciable?»
    Y dirá a Sonia: «Ven. Yo te perdoné…, te perdoné…, y ahora te redimo de todos tus pecados, porque tú has amado mucho.» Sí, Él perdonará a mi Sonia, Él la perdonará, yo sé que Él la perdonará. Lo he sentido en mi corazón hace unas horas, cuando estaba en su casa… Todos seremos juzgados por Él, los buenos y los malos. Y nosotros oiremos también su verbo. Él nos dirá: «Acercaos, acercaos también vosotros, los bebedores; acercaos, débiles y desvergonzadas criaturas.» Y todos avanzaremos sin temor y nos detendremos ante Él.
    Y Él dirá: «¡Sois unos cerdos, lleváis el sello de la bestia y como bestias sois, pero venid conmigo también!» Entonces, los inteligentes y los austeros se volverán hacia Él y exclamarán: «Señor, ¿por qué recibes a éstos?» Y Él responderá: «Los recibo, ¡oh sabios!, los recibo, ¡oh personas sensatas!, porque ninguno de ellos se ha considerado jamás digno de este favor.» Y Él nos tenderá sus divinos brazos y nosotros nos arrojaremos en ellos, deshechos en lágrimas…, y lo comprenderemos todo, entonces lo comprenderemos todo…, y entonces todos  comprenderán… Señor, venga tu Reino."
    Dostoyevski

    Gracias, "padre".

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