Reflexiones sobre el evangelio del domingo XXVIII (Is 25,6-10a; Mt 22,1-14)

 

En el evangelio de hoy se proclama una invitación de Dios, como dice la lectura de Isaías, para todos los pueblos. La invitación a una mesa común donde Dios repartirá los bienes que fue preparando para las bodas de su hijo con la humanidad.

Hay que pensar a lo grande, en exceso, pues se está hablando de la pretensión de Dios de compartir su vida con la humanidad a través de las bodas de su Hijo con ella. Este encuentro se ha ido preparando a lo largo de los siglos en miles de dones repartidos que lo han ido anunciando, como cuando te dan los primeros poemas de un libro para que vayas haciendo boca y te decidas a compararlo porque quieres más de lo gustado. Así ha sido, y por eso los invitados a la boda, nosotros, tenemos nuestros propios bienes. Bienes recibidos, incluso si ha sido con nuestro esfuerzo, del mismo que nos invita ahora a disfrutarlos en una mesa común junto a la vida de su Hijo.

Dios ha creado el mundo para hacer de él un espacio donde podamos encontrarnos y brindar por la vida, donde podamos cantar juntos, donde podamos decir al que come a nuestro lado: ‘prueba esto de mi plato ya verás qué bueno’. Un mundo donde no exista esa niebla que nos separa y nos hace desconfiar a los unos de los otros, esa niebla que no nos deja ver que todo es un don de Dios para la vida de todos, y que nos hace separarnos defendiendo con uñas y dientes nuestro espacio y queriendo también el espacio y los bienes de los otros.

Esta es la razón por la que, como dice Isaías, se extienden las lágrimas y oprobio en el mundo. Y por eso, como dice la parábola de Jesús, se asesina, de una u otra manera, a los que anuncian la buena noticia de esta mesa común que Dios ha previsto. El evangelista Juan es contundente: “los hombres prefirieron las tinieblas a la luz porque sus obras eran malas” (3, 19). Ahora es Jesús, el novio, el que viene a anunciar las bodas y a levantar el velo que cubre a las naciones llamando, en primer lugar, a los que han sido expulsados de la mesa del mundo.

Los cristianos podemos, en este contexto, hacer nuestras las palabras del apocalipsis: “Gocémonos y alegrémonos y demos gloria a nuestro Dios; porque han llegado las bodas del Cordero. Se nos ha vestido de lino fino, limpio y resplandeciente, y el lino fino son las acciones justas de los santos” (Apoc 19, 7-8). Pero la alegría no puede ser fingida ni la presencia engañosa en las bodas. Hemos de pedir un corazón convencido del amor de este Dios que nos da todo su ser y nos da a unos a otros para que gustemos su amor. Por eso, ¡atención!, porque demasiadas veces queremos celebrar estas bodas harapientos de amor, compasión y generosidad, y aunque parezca que no pasa nada, esto solo prepara el camino de la muerte eterna.  


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