Escondidos en Dios, envueltos por fantasmas

Uno de los problemas más graves de la cultura actual es el de los fantasmas que nos habitan. Sentimientos, ideas, sensaciones oscuras que proceden de un mundo desordenado y que no nos permiten encontrar una idea clara, serena y resistente de nosotros mismos.

El miedo a no estar a la altura, a no ser dignos, a no ser capaces y, por tanto, a no ser lo suficientemente valiosos. La angustia de no dominar las miradas, los juicios, las reacciones de los demás, y estar expuestos a una vida juzgada de continuo. La ira contra un mundo que no se somete a nuestras necesidades. Todo eso se convierte en un criadero de fantasmas que nos roban la vitalidad y, a veces, la vida misma.

Por debajo de este mundo de fantasmas está nuestro verdadero yo, amado siempre por Dios, siempre sostenido por su fuerza de vida, incluso en sus fragilidades y fracasos; un yo siempre con futuro, aunque las cosas salgan mal; un yo que es comprendido mucho antes de ser juzgado; que es elegido como amigo y colaborador por Dios sin que tenga que presentar méritos. Un yo que tiene como fin último la vida eterna en el seno vivificador de Dios.  

Uno de los trabajos más arduos de los creyentes consiste en aceptar la buena noticia de que Dios es el defensor fiel de nuestra identidad. Poner en sus manos con confianza la debilidad a la que nos someten nuestros fantasmas, para que Él nos haga reconocer la filiación divina que nada ni nadie puede arrebatarnos, y así nos libere para que podamos sembrar vida a nuestro alrededor.

En este camino la mirada acogedora de unos sobre otros es la fuerza por la que Dios comienza a salvarnos.


Publicado en: Iglesia en Zamora 321

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