REFLEXIÓN PARA LA FIESTA DE LA EPIFANA (Is 60,1-6; Mt 2,1-12)


El Isaías de este fragmento que leemos hoy escribe cuando, después de la vuelta del destierro, Jerusalén no logra recuperar su antiguo esplendor y las expectativas de los israelitas se van apagando y vienen a entrar en un escepticismo que va mermando la fuerza espiritual de su fe. Es en este contexto cuando Isaías llama a recuperar la luminosidad de la fe en un Dios que en lucha con las tinieblas siempre termina venciéndolas. No importa la pobreza, la pequeñez, la insignificancia, sino la disposición a caminar por el desierto de la mano de Dios, con la confianza en que Él convertirá el páramo en una tierra fértil.

Quizá la Iglesia en este tiempo, al menos en nuestra Europa secularizada, se percibe empequeñecida, se siente débil, parece insignificante. Las expectativas que nacieron del Concilio Vaticano II y las que renacieron con Juan Pablo II y las que ahora mismo parecen reavivarse con Francisco no terminan de hacer volver a La Iglesia a su ‘antiguo esplendor’, al menos al que nosotros desearíamos. Y así estamos interiormente como los habitantes de Jerusalén, un poco depresivos, apáticos, sin ganas de aventurarnos en nuestra fe.

Pero es aquí donde se anuncia hoy el evangelio. Se nos lee esta profecía de ánimo cuando en Navidad, cuando celebramos la presencia de Dios en un pequeño niño, pobre e insignificante que se anuncia, para los que tienen fe en medio de la noche y en la distancia, como luz que vence a todas las tinieblas.

También a nosotros, como a ellos, nosotros se nos invita a empaparnos de esta luz y resplandecer con nuestra vida para que todos, incluso los que estén en medio del dolor y la pobreza, la pequeñez y la insignificancia, encuentren un motivo para la esperanza. 


Pintura: Mark Laurence, Cristo verdadera luz.

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