DOMINGO XXVII DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO C (Hab 1,2-3; 2,2-4; Sal 94, 1-2.6-9; 2Tim 1,6-8.13-14; Lc 17,5-10)

¿Qué quiere decir Jesús cuando afirma: "si tuvierais fe como un granito de mostaza podríais decir a una morera: «Arráncate de raíz y plántate en el mar», y os obedecería”?
Esta afirmación responde a la petición de más fe de los discípulos. Lo hacen, sin embargo, antes de que sepan por experiencia que tienen poca fe. Porque esta petición se hace dramática cuando Jesús nos lleva hasta el límite de nuestras fuerzas, hasta ese lugar donde el mundo no respeta nuestras necesidades, nuestros méritos, nuestras razones, nuestras obligaciones. Ese lugar donde el mundo parece tragarnos sin importarle si es razonable o no, si es justo o no, si estamos preparados o no. Ese es el lugar donde sentimos que nuestra fe es siempre demasiado pequeña.
En las palabras de Jesús, ese lugar está simbolizado por el mar. Y, paradójicamente, es en él donde nos dice que podríamos plantarnos y sostenernos y echar raíces. La morera de la que habla y a la que nos dice que podríamos pedir que se plante en el mar somos nosotros mismos. No es que la fe haga que podamos hacer milagros. No. La verdadera profundidad de la afirmación de Jesús es que con la fe podemos sostenernos en ese lugar terrible que es nuestra impotencia, porque Dios está allí como reverso de este mundo que siempre termina por revelarse pobre, finito, mortal, trágico.
Estas palabras de Jesús quedaron representadas en aquella escena en la que Pedro pide a Jesús poder andar sobre las aguas, aunque todavía no ha aprendido que solo de su mano, con su Espíritu, podrá atravesar los abismos de la nada que antes o después nos visitan a todos.
Vemos, entonces, que esta pequeña afirmación de Jesús tiene una profundidad abismal, una profundidad que da miedo. Y por eso, nuestra petición de fe, sobre todo cuando la necesitamos de verdad, se expresa con las mismas palabras de Pedro que “al sentir la fuerza del viento, tuvo miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame»”.


Sobre la imagen. En esta imagen de Sylwia Perczak titulada Señor, te lo pido, sálvame todo lo ocupa un mar sin asideros que se hace más oscuro a medida que se desciende en él. Apenas queda por encima un espacio de luz que ofrece esperanza. Por otra parte, no es suficiente la fuerza del cuerpo de Pedro que se agita, de sus pies que se mueven buscando como sostenerse. Está solo, ya ni la barca se ve. Ni la familia, ni los amigos, ni la Iglesia parece llegar a acompañarle en este abismo que le traga y en el que está solo. Solo. Y es allí donde aparece Cristo, que se muestra en la imagen como unos pies por encima del abismo de la nada y de la tiniebla, y que no solo le da la mano, sino que le viste con la luz de la vida eterna. Y es entonces cuando los que miramos la imagen quizá podamos comprender que nunca estamos solos. 


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