¿Qué quiere decir Jesús cuando afirma:
"si tuvierais fe como un granito de mostaza podríais decir a una morera:
«Arráncate de raíz y plántate en el mar», y os obedecería”?
Esta afirmación responde a la petición de más
fe de los discípulos. Lo hacen, sin embargo, antes de que sepan por experiencia
que tienen poca fe. Porque esta petición se hace dramática cuando Jesús nos
lleva hasta el límite de nuestras fuerzas, hasta ese lugar donde el mundo no
respeta nuestras necesidades, nuestros méritos, nuestras razones, nuestras
obligaciones. Ese lugar donde el mundo parece tragarnos sin importarle si es
razonable o no, si es justo o no, si estamos preparados o no. Ese es el lugar
donde sentimos que nuestra fe es siempre demasiado pequeña.
En las palabras de Jesús, ese lugar está
simbolizado por el mar. Y, paradójicamente, es en él donde nos dice que
podríamos plantarnos y sostenernos y echar raíces. La morera de la que habla y
a la que nos dice que podríamos pedir que se plante en el mar somos nosotros
mismos. No es que la fe haga que podamos hacer milagros. No. La verdadera
profundidad de la afirmación de Jesús es que con la fe podemos sostenernos en
ese lugar terrible que es nuestra impotencia, porque Dios está allí como
reverso de este mundo que siempre termina por revelarse pobre, finito, mortal,
trágico.
Estas palabras de Jesús quedaron
representadas en aquella escena en la que Pedro pide a Jesús poder andar sobre
las aguas, aunque todavía no ha aprendido que solo de su mano, con su Espíritu,
podrá atravesar los abismos de la nada que antes o después nos visitan a todos.
Vemos, entonces, que esta pequeña afirmación
de Jesús tiene una profundidad abismal, una profundidad que da miedo. Y por
eso, nuestra petición de fe, sobre todo cuando la necesitamos de verdad, se
expresa con las mismas palabras de Pedro que “al sentir la fuerza del viento,
tuvo miedo, empezó a hundirse y gritó: «Señor, sálvame»”.
Sobre la imagen. En esta imagen de Sylwia Perczak titulada Señor, te lo pido, sálvame todo lo ocupa un mar sin asideros que se hace más oscuro a medida que se
desciende en él. Apenas queda por encima un espacio de luz que ofrece esperanza. Por otra parte, no es suficiente
la fuerza del cuerpo de Pedro que se agita, de sus pies que se mueven buscando como
sostenerse. Está solo, ya ni la barca se ve. Ni la familia, ni los amigos, ni
la Iglesia parece llegar a acompañarle en este abismo que le traga y en el que
está solo. Solo. Y es allí donde aparece Cristo, que se muestra en la imagen
como unos pies por encima del abismo de la nada y de la tiniebla, y que no solo le da la mano,
sino que le viste con la luz de la vida eterna. Y es entonces cuando los que
miramos la imagen quizá podamos comprender que nunca estamos solos.
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