Si, como al Bautista, se nos pidiera anunciar la experiencia de lo que Jesús ha hecho por nosotros, ¿qué podríamos decir? Podríamos decir que es nuestro paño de lágrimas, el que las acoge cuando ya no tenemos donde llevarlas: “Este es el consuelo de los hombres, el que permite llorar nuestros dolores con esperanza”. También podríamos decir que es el que nos ayuda a no renunciar a una existencia justa recordándonos la dignidad de nuestra vida y de la de los demás: “Este es el juez alentador que no dejan que nos encerremos en lo peor de nosotros mismos, el que con sus mandatos nos abre siempre el camino de lo mejor”. O también podríamos decir que es el que acepta en silencio todos nuestros enfados dejando que le convirtamos en el chivo expiatorio de todos los males del mundo: “Este es el siervo al que podemos golpear cuando estamos enfadados y que nos conduce finalmente a un abrazo sin juicio”. O que es aquel que no necesita nuestras palabras para entender lo más íntimo de nuestros anhelos, afectos y aspiraciones recogiéndolos en un silencio que es lugar de descanso y la fuente viva del comienzo continuo de nuestros días: “Este es el silencioso hogar del que nacemos y que siempre nos espera”.
Pero, ¿“el que quita el pecado del mundo”? ¿Afirmaremos, como hizo Juan, que quita el pecado del mundo cuando vemos que ni siquiera parece poder con las debilidades recurrentes de nuestra vida? Parece difícil y, sin embargo, los primeros cristianos, atravesados también por debilidades y miserias, cantaban: Dios “nos ha sacado del dominio de las tinieblas y nos ha trasladado al reino de su Hijo amado” (Col 1,13). Lo hacían porque, arraigados en este Hijo, ahora distinguían la luz de la oscuridad, la verdad de la mentira, la bondad de los intereses egoístas; y además encontraban en él la tierra fértil donde, aunque el bien y el mal seguían y seguirán luchando hasta el final de los tiempos, el bien y la verdad no se perderán y darán fruto abundante. Por eso, junto a él, creían como nosotros debemos creer hoy que el pecado está vencido en esperanza, aunque tantos disgustos y dolores nos produzca aún.
Y
esta es la razón por la que cada día podemos salir a la calle con esperanza y
por la que ofrecemos a Cristo a los demás. En él, las tinieblas del mundo, ¡tan
fuertes!, se desvanecen y tienen la batalla perdida.
Pintura: En este rostro de Cristo
de J. Kirk Richards, la mirada puede atravesar las formas y perderse buscando
un lugar habitable, íntimo de vida. Y es que, aunque el Hijo de Dios se nos
presenta en el evangelio como un compañero de camino, es también, utilizando
una expresión de Teilhard de Chardin, el “medio divino” de nuestra vida. Es
decir, el espacio que Dios tiene preparado para nosotros, el lugar sin el
pecado que tanto nos hace sufrir por fuera y por dentro, sin la oscuridad que
tanto nos asusta, sin la muerte que no deja de perseguirnos. Vivir “en Cristo”,
ir viviendo en él, nos lleva al interior de la misma vida divina, porque él es
el espacio donde el Padre ha querido crearnos y esperarnos para compartir con
nosotros su reino de belleza y alegría sin fin.
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