La salvación que ofrece Jesús no aparece en medio de una exhibición de su santidad y, por contraste, revelando morbosamente nuestras pobrezas y miserias. ¡No! La salvación que trae se ofrece contradiciendo los criterios religiosos del mundo que dicen que el pecador debe humillarse y reconocer su pecado para luego recibir del “santo” la gracia de la reinserción y la nueva vida. Así parece irnos bien, tanto al que perdona (al que salva) como, paradójicamente muchas veces, al perdonado (al salvado). Al primero porque le hace sentirse superior y al segundo porque le hace sentir que se ha ganado su perdón con el gesto mismo de la humillación (de la penitencia, diríamos en el ámbito religioso). Pero esto son formas escondidas del orgullo (ser siempre y del todo por nosotros mismos) y no son de Dios, cuyo espíritu se expresa como discreta gratuidad promocionante, sin pedir ninguna humillación. Porque, ¡ay de nosotros cuando convertimos el sentimiento de humillación que se da ante la gracia sobreabundante de Dios en una obra que parece ganar o provocar esa gracia.
En el evangelio de hoy, preludio de otros muchos con la misma forma, Jesús parece solicitar una gracia a quien no puede darla. “Soy yo el que necesito que tú me bautices, ¿y tú acudes a mí?”, le dice Juan. Y Jesús responde: “Conviene que así cumplamos toda justicia”. ¿Qué justicia? La de Dios que nos llama a colaborar con él siendo aun pecadores manifestando así que el pecado no lo es todo en nosotros, incluso si nos habita, y que nuestra identidad y nuestro futuro está en otra parte, en la parte de Dios. La salvación ofrecida consiste, entonces, en dejar que Dios cuente con nosotros, que Jesús nos haga su cuerpo; en dejarnos sorprender por el exceso de esta gracia primigenia y última, entrando en la dinámica de la gratitud que es lo que realmente nos hace humildes.
Como
a Juan, a Pedro le dirá que pastoree su rebaño justo cuando sabe que no lo
merece, a Zaqueo que le preste su casa llena de publicanos para hacerla signo
del Reino… y así podríamos seguir hasta llegar a nosotros. De esta manera, la
salvación no nos humilla, sino que nos ensalza.
Su
bautismo, en esta dinámica, muestra cómo Jesús acepta humildemente vivirse en nuestra
pobre vida para llenarla de la suya, y para que así la nuestra, junto con la
suya, dé fruto abundante, incluso si le hace daño como unos zapatos que no
terminan de hacerse al pie. Al final, por este camino, tanto el pecado como la
humillación se disuelven y solo queda el canto de alabanza al Dios que tanto nos
ama.
En
esta pintura del bautismo de Cristo de Vladimir Sagitov, Cristo aparece
completamente sumergido por las aguas. O, lo que es lo mismo, completamente
identificado con esa masa caótica de la creación donde la gracia y el pecado no
saben separarse para crear una tierra de vida y solo vida, de armonía y solo
amor. Es en medio de esta materia tensa y oscura (“carne de pecado”, dirá
Pablo), sintiendo sus fuerzas de muerte, donde Cristo va a abrirse camino con
las formas divinas que le pertenecen y trae consigo, hasta alzarse victorioso sobre
las aguas del pecado y de la muerte como Hijo de Dios. En este bautismo nos llama
a unirnos a él para aprender a salir de nuestra materia oscura y alcanzar a ser
hijos de Dios y hermanos en una creación redimida.
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