II Domingo de Navidad. Ciclo A. (Eclo 24,1-2.8-12; Sal 147,12-15.19-20; Ef 1,3-6. 15-18; Jn 1,1-18)
El evangelista Juan, para expresar que la vida que había conocido en Jesús provenía de Dios mismo, utilizó la imagen, que existía en el judaísmo, de la sabiduría de Dios con la que este pensaba y organizaba y dirigía el mundo, y dijo: “Al principio era el Verbo (la sabiduría) y el Verbo estaba junto a Dios, y el Verbo estaba en Dios”.
En un texto del libro de los Proverbios, paralelo al de la primera lectura que escuchamos hoy, se dice que esta sabiduría “jugaba todo el tiempo en presencia de Dios, jugaba con el universo entero, y su gozo estaba con los hombres” (8,30-31). La sabiduría, en nuestro caso el Verbo que se manifestó en Jesús, aparece así dibujada como un niño al que sus padres le dejan jugar con todo lo suyo, un niño que incluso se escapa fuera de la casa para seguir jugando más allá de los confines de lo conocido, un niño que, al jugar con las cosas, las crea en la relación de amor y confianza que instaura con ellas. Podríamos, entonces, imaginarnos también la vida del Verbo de Dios como un juego donde la creación va existiendo en la medida que la Palabra de Dios sale de Dios mismo con ese amor suyo que genera confianza y suscita amor.
¡Y
si todo consistiera en esto, en dejarnos sorprender por la Palabra de Dios que
es Jesús y que no llega para juzgar, sino para sacarnos del domino de las
tinieblas del no ser! Porque las tinieblas seguramente no son otra cosa que la misma
realidad cuando está fuera del amor (de Dios).
¡Y
si entendiéramos la presencia de Jesús, del Verbo hecho carne, como la
presencia de un niño que nos invita a su juego, y ese juego no fuera sino el de
la confianza y la comunión en las formas múltiples que la realidad puede
engendrar! Desde el ecosistema de un bosque y la estructura de una familia,
hasta otras que por nuestra torpeza y pecado se nos hacen casi inimaginables. Es
verdad que muchos niños, después de jugar, llegan a casa con heridas en las
rodillas, a veces llorando. Pero ¿qué sería de ellos si no hubieran salido de
casa a jugar con todos? Aunque, en este caso, hay que hacer la afirmación al
revés: Si es verdad que el Verbo de la vida sufrió heridas, ¿qué sería de
nosotros si no hubiera salido de la casa de su Padre para ofrecernos el juego
de su amor?

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