VIERNES SANTO (Is 52,13-53,12; Sal 30, 2y6.12-13.15-16.17y25; Hb 4,14-16; 5,7-9; Jn 8,1-19,32)

La pasión, tal como Juan la cuenta, viene a describir el centro del tiempo, el encuentro de la vida y la muerte a favor de la vida, el encuentro del amor y del pecado a favor del amor. El evangelista quiere manifestar cómo el designio escondido de Dios que mueve el mundo desde el principio llega, por fin, a su plenitud. Por eso, en este evangelio las últimas palabras de Jesús son: “Está cumplido”. Esta es la hora que ha ido preparando Dios y que Jesús aguarda a lo largo del evangelio para ser uno con ella.

En esta pasión se nos narra la hora del límite, del desierto, de la oscuridad, la hora del mal, de la prepotencia, de la violencia y la injusticia. Nadie escapa de esta hora que ahora marca el tiempo de Jesús. Antes el evangelista había narrado la hora de la fiesta (como en Caná), de la alegría, de la amistad y del perdón, de la acogida y del futuro soñado. Ahora, esta hora de vida, que se había expresado en el cuerpo compañero y afectuoso de Jesús, se impregna de muerte. Sin embargo, en este evangelio no hay tinieblas que parecen haberse difuminado justo cuando creían que había llegado su hora. No las hay porque en la pasión la humillación de Jesús se convierte en él en humildad serena, la violencia recibida se transforma en él en don de vida, y el desprecio y el odio quedan subsumidos en el amor hasta el extremo que allí Jesús ofrece.   
 El evangelista nos había recordado una frase donde se escucha a Jesús acoger su destino: “¿Qué diré: Padre, líbrame de esta hora? Pero si por esto he venido, para esta hora. Glorifica tu nombre”. Jesús se hace uno con esta hora y justo en el momento de la muerte, su último gesto es ofrecer su espíritu como aliento de vida y hacer del latido muerto de su corazón una fuente de amor que nunca ya se agota. 
Y entonces aparece el centro de la historia en el mismo cuerpo de Jesús que se transforma en expresión de la gloria de Dios, porque en Dios solo hay vida que sobrepasa la vida en cada espacio de muerte, amor que sobrepasa el amor en cada espacio de odio. De esta manera, Juan nos dice que el cuerpo muerto de Jesús es ya, para siempre, un cuerpo resucitado, la fuente de la vida eterna para todos. Y, por eso, nosotros besamos la cruz de Cristo y no otra, no por compasión, sino porque en ella el reloj del tiempo marco la hora de la salvación.




En esta pintura de la religiosa coreana Kim Ok-soon la cruz no aparece como un peso muerto de la vida. No dibuja la pintora la cruz nuestra de cada día, el peso muerto con el que los fracasos, las traiciones y la injustica nos roban la vitalidad y la esperanza. En esta pintura el creyente abraza una cruz distinta, y se abraza a ella como se abraza uno a un amigo del que solo se espera hospitalidad de corazón y aliento íntimo. Esta es la cruz que adora el cristiano y esta cruz es la de Cristo, donde todos podemos encontrar hospitalidad y afecto, aliento y esperanza, perdón y vida eterna.

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