DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO. (Is 56,1.6-7; Sal 66,2-3.5.6.8; Rom 11,13-15.29-32; Mt 15,21-28)
Escuchamos hoy en el evangelio una historia que, incluso si no lo decimos, suscita una cierta perplejidad en nosotros al ver actuar a Jesús con tan poca consideración (por decirlo con suavidad) con la cananea. Y, sin embargo, si lo pensamos bien, lo que estamos viendo en él es simplemente nuestra forma de actuar habitual. ¿O no es así?
A lo largo de la historia, en cada sociedad algunos han creído que lo merecían todo y esos mismos han pensado que otros podían conformarse con las migajas. No importa si era por la raza, la posición social, la religión, da lo mismo. Los humanos siempre hemos pensado que los nuestros son mejores que los otros, que en los nuestros se puede confiar no como en los otros. Los otros podrían definir a los humanos que no identificamos inmediatamente con lo humano porque son distintos y, por tanto -pensamos sin decirlo en alto-, un poco menos humanos.
Los otros podrían vivir con menos dinero que
nosotros, con menos servicios médicos que nosotros; los otros mienten más, los otros
son sospechosos de no se sabe qué, pero sospechosos. Si pensamos un poco en nuestra
mirada y en nuestra manera de pensar inconsciente nos daremos cuenta de que
somos así incluso antes de querer ser así.
Jesús entonces es como si quisiera en esta
escena escandalizar a los discípulos para que caigan luego en la cuenta de que
solo se escandalizan de su propia forma de ser que no ven, que no quieren ver. Él
mismo lo ha sufrido cuando está en el grupo de los otros al que se refieren los
de Jerusalén diciendo: “¿De Galilea puede salir algo bueno?” (Jn 1,46).
Cuando al final Jesús alaba la fe de la
cananea está afirmando que hemos de reconocer la bendición de Dios en medio de
un mundo en el que muchos tienden a apropiársela, y que solo se encuentra esta
bendición verdadera cuando estamos dispuestos a ver su universalidad. Ahora
bien, esto tiene muchas consecuencias que no es claro que estemos dispuestos a
aceptar siendo que este camino es el camino de una vida reconciliada en el
mundo. Así que solo queda pedir una mirada no humana, sino divina como la de
Jesús.
PINTURA: Siguiendo la lectura que hago del evangelio de hoy, me parece sugerente esta pintura de Adán y Eva de la ukraniano-americana Christina Saj en la que Adán y Eva no tienen una forma humana definida. Creo que lo hace siguiendo el relato bíblico del que no se puede deducir cuál es su raza. Solo un ser humano inspirado por el Dios que nos ha creado a todos para que seamos hijos suyos y hermanos entre nosotros podría haber escrito un relato en el que la forma propia a los primeros humanos no estuviera definida por la suya propia. ¡Que grandeza de miras! Deberíamos aprender, como esta pintora, a ver lo humano más allá de nuestras formas. Más aún, a reconocer que la salvación llega siempre en una forma que descompone muchas de nuestras formas. Quizá solo así sea salvación.
PINTURA: Siguiendo la lectura que hago del evangelio de hoy, me parece sugerente esta pintura de Adán y Eva de la ukraniano-americana Christina Saj en la que Adán y Eva no tienen una forma humana definida. Creo que lo hace siguiendo el relato bíblico del que no se puede deducir cuál es su raza. Solo un ser humano inspirado por el Dios que nos ha creado a todos para que seamos hijos suyos y hermanos entre nosotros podría haber escrito un relato en el que la forma propia a los primeros humanos no estuviera definida por la suya propia. ¡Que grandeza de miras! Deberíamos aprender, como esta pintora, a ver lo humano más allá de nuestras formas. Más aún, a reconocer que la salvación llega siempre en una forma que descompone muchas de nuestras formas. Quizá solo así sea salvación.

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