DOMINGO XXIII DEL TIEMPO ORDINARIO (Ez 33,7-9; Sal 94,1-9; Rom 13,8-10; Mt 18,15-20)
En el evangelio de hoy, Jesús parece enseñar a su comunidad a defenderse de los publicanos: “Si un pecador no hace caso a la comunidad cuando le corrige, considéralo como un publicano”. Sin embargo, más adelante dirá: “En verdad os digo que los publicanos y las prostitutas van por delante de vosotros en el reino de Dios”. Esta última frase se ha convertido en un tópico para hablar de la misericordia de Dios que nunca se retracta de su amor por todos, tampoco cuando le hemos rechazado con nuestras acciones. Sin embargo, demasiadas veces olvidamos la segunda pare de la frase (“porque ellos creyeron a Juan bautista”, es decir, se arrepintieron) y el texto se convierte entonces en una coartada para nuestra mediocridad que no quiere acoger la vida que Dios nos ofrece, vida exigente, pero que crea condiciones de alegría para todos, una vida que la comunidad de Jesús debe reproducir. Y esto es lo que está en juego en el evangelio de hoy.
Los miembros de la Iglesia somos invitados a escuchar la voz del Señor que, una y otra vez, nos viene a buscar, a veces con palabras que parecen condenatorias, pero que sirven para desvelar las justificaciones de nuestra vida ensimismada que no responde a su vocación más profunda, la de ser bendición de Dios unos para todos. Porque esta es la cuestión, que el pecado, aunque puede traernos beneficios inmediatos, nos convierte en seres parasitarios y nos desarraiga de la vida que subsiste eternamente, la del amor. Por eso, no debemos desactivar esta voz de Dios que nos corrige y hemos de darle espacio en nuestras conversaciones cristianas. Sin embargo, hay una condición para que nuestras palabras traigan la corrección de Dios y no simplemente nuestros juicios, y es que sean dichas por quien conoce su propia dificultad para arrancarse del pecado y, por tanto, que se digan no solo como acusación, sino como aliento de vida.
Cuando
nuestro deseo no es corregir al otro para sentirnos superiores, sino ayudarle a
sacar lo que Dios ha puesto en él y lo conseguimos, entonces lo “desatado en la
tierra queda desatado en los cielos”. Porque en los cielos solo habrá vida
plena y amor mutuo. Sin embargo, aunque atrayente, ¡qué camino más difícil de
recorrer! Solo la experiencia de la mirada de Dios sobre nuestro propio pecado
nos enseñará a mirar y a dirigirnos a los demás con su justicia.
PINTURA: Una de las imágenes constantes en la pintura de Jordi Pallarés son los círculos de colores fuertes, en movimiento, marcados por deformaciones, superposiciones, y por colores sucios. Estos círculos del pintor me hacen pensar, a la luz del evangelio de hoy, en una Iglesia que gira en torno a la misma santidad de Dios (tantas veces representada por la perfección del círculo y el brillo del color oro), pero que vive envuelta en miserias que debe corregir de continuo. Es en este movimiento de confesión del pecado, paciencia con el pecador y concentración en la misma vida de Dios, como su torpe movimiento terminará coincidiendo con la eternidad de amor puro de Dios. Y ahí andamos dando vueltas para llegar a ser lo que estamos llamados a ser. Señor, ten piedad.

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