DOMINGO XXV DEL TIEMPO ORDINARIO (Is 55,6-9; Sal 144, 2-3.8-9.17-18; Flp 1, 20c-24.27a; Mt 20,1-16)
Cuando el Jesús del evangelio de Marcos explica por qué habla en parábolas afirma que lo hace para que los de dentro comprendan y los de fuera no y así se condenen (Mc 4,12). A primera vista suena muy duro, pero apunta a un elemento central del evangelio, a saber, que solo desde Cristo, desde su lógica, se entiende lo que dice y que fuera de ella sus palabras son solo causa de escándalo e incluso violencia, como podemos ver en la historia de nuestra Iglesia donde no siempre hemos sabido mantener unidas la palabra de Jesús y los sentimientos de su corazón.
Así pues, cuando escuchamos la parábola de los contratados a distintas horas de este domingo, es necesario tener en cuenta el mundo interior de Jesús.
La viña y la llamada al trabajo en ella representan (así
lo sabía ya el pueblo de Israel) la llamada de Dios a participar en la tierra
prometida que abre para su pueblo, ahora diríamos para participar en la belleza
de la creación con el propio trabajo. Es ahí donde encontramos nuestro valor y
la confianza que Dios tiene en nosotros. ¿Quién se quejaría entonces de haber
trabajado más de la cuenta… si el mismo trabajo (la propia vocación) era ya el
regalo? La queja se parece mucho a la del hermano mayor de la parábola del hijo
pródigo al que el Padre viene a decir: “¿Por qué dejas que la envidia y el
resentimiento te habite? ¿no ha sido lo mío tuyo desde siempre?, ¿qué más
podría haberte dado?”.
Por otra parte, hasta que terminen nuestros días, los
días de la humanidad, Dios no se cansará de buscar a todos: despistados,
perdidos, ofuscados… para recordarles que lo suyo es para todos, que la vida de
Dios, reflejada en los dones del mundo, está abierta para todos.
Si comprendiéramos, lo que creemos nuestros méritos se
transformaría en acción de gracias y lo que creemos nuestra pequeñez, torpeza y
pecado en un lugar para reconocer la misericordia eterna de Dios y alegrarnos
de su amor por nosotros. Pero esto, como recordaba el Jesús de Marcos, no se ve
desde fuera, sino sentados a la vera del Señor, mirándole a los ojos y dejando
que él habite nuestro corazón.
IMAGEN: Veo en Amazon la oferta de este poster en el que Jesús parece hacer equilibrios en una línea que divide la claridad dorada del cielo y las sombras coloreadas de la tierra, un Jesús que camina entre un detrás de lo que vemos y un delante donde estamos viendo. Y pienso que así son sus palabras, siempre en equilibrio y siempre entregadas para que aprendamos a equilibrar nuestra vida tan propensa a extremos que terminan por separarnos. Es este equilibrio de Cristo el que le hace estar cerca de todos, y el que ofrece en el evangelio, un equilibrio que no está hecho de acuerdos mediocres e interesados, sino de una vida de amor sin fisuras. Hoy la parábola expresa uno de estos pasos equilibrados de Jesús.

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