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DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO (Is 8,23b-9,3; Sal 26,1.4.13-14; 1Cor 1, 10-13.17; Mt 4,12-23)

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¿Qué importancia tenemos? ¿Acaso nos conoce alguien un poco más allá de las fronteras de nuestra vida? ¿Cuál es el valor de nuestro pueblo y sus costumbres, de aquello de lo que afirmamos que no hay nada igual? ¿Acaso son mundialmente conocidos? Y, si lo son, ¿acaso no vivirían todos igual sin haberlos conocido? ¿Qué hemos hecho que sea tan deslumbrante que pase de boca en boca despertando admiración? ¿No es verdad que somos hombres y mujeres ordinarios, en pueblos y tierras normales, con trabajos más o menos rutinarios? Y ¿no es esto lo que tantas veces queremos ocultar con palabras grandilocuentes sobre nosotros mismos y sobre lo que hacemos, sobre la belleza y la distinción de nuestra tierra y nuestras costumbres? Sin embargo, no haría falta porque el Señor nos ha buscado como su propia tierra, como su propia carne, sin que tengamos que ser maravillosos por distinción y superioridad sobre los otros, porque su mirada “nos viste de hermosura”, encuentra lo suficiente para hacer cosas ...

Domingo II del Tiempo Ordinario. Ciclo A Is 49,3. 5-6; Salmo 39,2-10; 1Cor 1,1-3; Jn 1, 29-34

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Si, como al Bautista, se nos pidiera anunciar la experiencia de lo que Jesús ha hecho por nosotros, ¿qué podríamos decir? Podríamos decir que es nuestro paño de lágrimas, el que las acoge cuando ya no tenemos donde llevarlas: “Este es el consuelo de los hombres, el que permite llorar nuestros dolores con esperanza”. También podríamos decir que es el que nos ayuda a no renunciar a una existencia justa recordándonos la dignidad de nuestra vida y de la de los demás: “Este es el juez alentador que no dejan que nos encerremos en lo peor de nosotros mismos, el que con sus mandatos nos abre siempre el camino de lo mejor”. O también podríamos decir que es el que acepta en silencio todos nuestros enfados dejando que le convirtamos en el chivo expiatorio de todos los males del mundo: “Este es el siervo al que podemos golpear cuando estamos enfadados y que nos conduce finalmente a un abrazo sin juicio”. O que es aquel que no necesita nuestras palabras para entender lo más íntimo de nuestros anhel...

No dejarse intimidar por el pecado

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Fiesta del Bautismo del Señor. Ciclo A Is 42, 1-4.6-7; Salmo 28,1-4.9-10; Hch 10,34-38; Mt 3,13-17

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La salvación que ofrece Jesús no aparece en medio de una exhibición de su santidad y, por contraste, revelando morbosamente nuestras pobrezas y miserias. ¡No! La salvación que trae se ofrece contradiciendo los criterios religiosos del mundo que dicen que el pecador debe humillarse y reconocer su pecado para luego recibir del “santo” la gracia de la reinserción y la nueva vida. Así parece irnos bien, tanto al que perdona (al que salva) como, paradójicamente muchas veces, al perdonado (al salvado). Al primero porque le hace sentirse superior y al segundo porque le hace sentir que se ha ganado su perdón con el gesto mismo de la humillación (de la penitencia, diríamos en el ámbito religioso). Pero esto son formas escondidas del orgullo (ser siempre y del todo por nosotros mismos) y no son de Dios, cuyo espíritu se expresa como discreta gratuidad promocionante, sin pedir ninguna humillación. Porque, ¡ay de nosotros cuando convertimos el sentimiento de humillación que se da ante la gracia so...

Fiesta de la Epifanía del Señor. Ciclo A. (Is 60,1-6; Sal 71,1-2.7-8.10-13; Ef 3,2-6; Mt 2,1-12)

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En el evangelio de hoy se muestra claramente que se puede tener todo y que esto puede no valer para nada. Se puede tener el poder, la riqueza, la cultura, incluso las respuestas religiosas y, sin embargo, vivir fuera del sentido de la realidad. Aun así, parece que todos buscamos vivir en ese espacio de luz artificial que nos da nuestro poder sobre las cosas. Esta es nuestra ciudad, esta es la Jerusalén de Herodes, donde los magos curiosamente pierden el contacto con la estrella que les guía, como si hubiera un campo de fuerza que no deja funcionar bien su sentido para buscar la verdad. Es solo cuando vuelven a salir de la ciudad, es decir, cuando se mira de frente lo no dominado ni dominable de las cosas, cuando entran de nuevo en la oscuridad y en el camino incierto de la vida, cuando vuelve a aparecer la llamada de la estrella que conduce a la vida. Y es que el ser humano siempre se ha dejado seducir por su poder y siempre se ha afirmado sobre sus verdades, y ambos, su poder y sus ve...