DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO (Is 8,23b-9,3; Sal 26,1.4.13-14; 1Cor 1, 10-13.17; Mt 4,12-23)
¿Qué importancia tenemos? ¿Acaso nos conoce alguien un poco más allá de las fronteras de nuestra vida? ¿Cuál es el valor de nuestro pueblo y sus costumbres, de aquello de lo que afirmamos que no hay nada igual? ¿Acaso son mundialmente conocidos? Y, si lo son, ¿acaso no vivirían todos igual sin haberlos conocido? ¿Qué hemos hecho que sea tan deslumbrante que pase de boca en boca despertando admiración? ¿No es verdad que somos hombres y mujeres ordinarios, en pueblos y tierras normales, con trabajos más o menos rutinarios? Y ¿no es esto lo que tantas veces queremos ocultar con palabras grandilocuentes sobre nosotros mismos y sobre lo que hacemos, sobre la belleza y la distinción de nuestra tierra y nuestras costumbres? Sin embargo, no haría falta porque el Señor nos ha buscado como su propia tierra, como su propia carne, sin que tengamos que ser maravillosos por distinción y superioridad sobre los otros, porque su mirada “nos viste de hermosura”, encuentra lo suficiente para hacer cosas ...