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Mostrando entradas de julio, 2023

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A (1Re 3, 5.7-12; Sal 118, 57.72.76-77.127-128.129-130; Rom 8, 28-30; Mt 13, 44-52)

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Mateo dedica el capítulo 13 de su evangelio a las parábolas del Reino. Las reúne todas y las va cosiendo con pequeñas reflexiones sobre la dificultad de su comprensión. Varias veces, como hoy, pregunta Jesús: “¿Habéis entendido?”. En otros momentos afirma: “El que tenga oídos que oiga”. A veces explica en privado su significado y en el límite afirma: “Oiréis, pero no entenderéis”. Hay algo que parece escaparse a los que piensan que Jesús cuenta parábolas para hacer más sencillo su mensaje. La verdad es que las cuenta porque en ellas la comprensión no se da cuando se saca una moraleja de ellas. La verdadera comprensión se da cuando uno se decide a participar en la trama que ofrecen, es decir, la comprensión es práctica, sitúa en una nueva forma de ver y actuar la vida. Por eso, en la parábola del evangelio de hoy la cuestión de fondo es si hemos comprendido que en Jesús está el verdadero valor de la vida, y sabemos que esto es real si nos hemos decidido a medirlo vivirlo todo en relac

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A (Sab 12, 13.16-19; Sal 85, 5-6.9-10.15-16a; Rom 8, 26-27; Mt 13, 24-30)

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La parábola del trigo y la cizaña que nos propone hoy Jesús no trata simplemente, quizá ni siquiera, del mal que existe en el mundo, como pudiera parecer en un principio, sino de la paciencia del reino de Dios. El mundo no nace en la piel del paraíso, ni nosotros en la piel de unos Adán y Eva sin torpezas ni errores y pecados. El mundo surge de la mano de Dios abriéndose paso entre las tinieblas, lo mismo que nuestro cuerpo y nuestra alma. Lo hace con el germen de la plenitud, pero hemos de aprender la paciencia de Dios para descubrir y cuidar su gestación en lo que a veces todavía parece una deformidad insana e irrecuperable. Dios mira su creación con complacencia. Siempre. “Vio que estaba bien hecho, que era bello”, dice el Génesis. Pero esta afirmación para pronunciarse por boca de Dios tiene que atravesar los espacios incompletos, torpes, e incluso deformes por los que la realidad creada va pasando para encontrarse consigo misma. Y esto sucede no solo con el mundo material, sino

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A (Is 55, 10-11; Sal 64, 10-14; Rom 8, 18-23; Mt 13, 1-23)

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En el comienzo del evangelio de hoy hay un gesto significativo de Jesús. Está sentado junto al mar y cuando una multitud llega a él, antes de comenzar a enseñarles, se separa subiéndose a una barca. Parece que no quiere dejarse asimilar por esa multitud y quedar preso de sus peticiones, expectativas, anhelos, ideas, necesidades… Y es que Jesús no viene a escuchar, aunque sepa hacerlo como nadie. Él nace en el corazón mismo del Padre que conoce nuestras necesidades antes y mejor que nosotros mismos. Él viene como Palabra de Vida que es necesario escuchar y acoger para entender el mundo y para situarnos en él con verdad y para alcanzar la vida plena. La separación es, entonces, una llamada al silencio, a la escucha, a la atención. Una llamada a poner a Jesús en el centro, y no utilizarlo según nuestros intereses y luego abandonarlo saciados momentáneamente con algunas migajas cuando lo que trae es la semilla del Pan de la Vida. La distancia, además, queda marcada por la barca en la

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A (Zac 9, 9-10; Sal 144, 1-2.8-9.10-11.13cd-14; Rom 8, 9.11-13; Mt 11, 25-30)

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Dios no es solo un punto de llegada donde la misericordia tiene la puerta abierta. No. Dios es también un punto de partida. En él hay un designio que discierne lo que está bien y lo que está mal, lo que da vida de lo que la quita. Es aquí donde se sitúa la frase, aparentemente intranscendente, “así te ha parecido bien”, que Jesús pronuncia en el evangelio de hoy. Hay cosas que le parecen bien y otras que no le parecen tan bien. Y es necesario conocer este gusto de Dios, porque en él está la vida, como dice el relato de la creación del Génesis: “Le pareció bien/vio que era bueno”, a lo que podría añadirse: “…porque allí estaba la vida”. Así pues, el camino para conocer lo bueno es entrar en el corazón de Dios y, como dice el evangelio de hoy, este se ha mostrado definitivamente en la forma de vida de Jesús: en sus formas, en sus gustos, en sus preocupaciones… Por eso, la vida cristiana consiste sobre todo en aprender, unidos como en un yugo con Jesús, a mirar la vida con los ojos de D

DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A (2Reyes 4, 8-11.14-16a; Sal 88, 2-3.16-17.18-19; Rom 6, 3-4. 8-11; Mt 10, 37-42)

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Amar a los cercanos es un deber y algo casi natural. Si no se les ama a ellos difícilmente se ama a otros. Además, este amor es un signo material de Dios que nos ha creado para amar y ser amados, e inscribe este amor en los lazos primeros “de la sangre”. Pero este amor por los propios fácilmente se convierte en indiferencia e incluso odio por los otros, los distintos, los distantes, y entonces el amor se deforma. Es aquí donde yo creo que se sitúa el evangelio de hoy.   Poner a Dios por encima de todo es poner en el centro un amor que nunca se transforma en egoísmo de familia, de clan, de partido, de raza, de religión. Solo así el amor natural, que aprendemos en “los lazos la sangre”, de los iguales, de los nuestros, se transforma en amor sobrenatural o pleno donde todos tienen sitio: Un Padre y todos hermanos. Pero esto no es fácil, porque supone sobrepasar la distancia, la diferencia, el intento de reducir al otro a mí mismo y a los míos. E igualmente cargar con las incomprensi