DOMINGO I DE PASCUA (Hch 10,34a.37-43; Sal 117,1-2.16-17.22-23; Col 3,1-4; Jn 20,1-9)
Aún está oscuro, pero la losa oscura de la muerte ya no pesa sobre la vida, aunque María no lo sabe aún . La oscuridad del mundo, una y otra vez, parece tragarse la luz de la vida. Nunca han dejado de brillar chispas luminosas de vida que alentaban a los hombres y a las mujeres a reunirse y celebrar la fiesta de la creación, pero una y otra vez todo parecía no ser más que un soplo ligero, vanidad de un día, que siempre desembocaba en el torpor de una noche vacía. Aunque también se soñaba allí, incluso en la noche del mundo saltaban chispas de luz, reflejo de una vida que se esperaba, que se imaginaba como patria feliz de todos, aunque al despertar todo seguía igual, el día era como la noche y contradecía siempre los sueños que querían alentar la vida. Y, sin embargo, los hombres no entierran sus sueños y se olvidan de ellos, no pueden enterrar la luz que han percibido fugazmente, porque les habita por dentro. Por eso, hacen monumentos a la luz, cada tumba (y las hay de much...