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REFLEXIÓN PARA EL DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO B (Ez 17, 22-24; Sal 91, 2-16; 2Cor 5, 6-10; Mc 4, 26-34)

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La parábola de la semilla que crece sola y de la semilla de mostaza que se nos dan a meditar este domingo intentan mostrar la forma en la que se presenta el Reino de Dios entre nosotros. Subrayemos alguno de los elementos que aparecen en ellas. El primero es que para Dios siempre es tiempo de siembra, que Dios está de continuo moviéndose para sembrar su propia potencia de vida en el mundo, en nosotros sin hacer nada especial, simplemente con el don de la fecundidad de cada cosa y cada persona. La segunda, en esta misma línea, es que esta potencia de vida está inserta en la misma vitalidad de la creación, de forma que la creación y cada uno de nosotros tiene unas potencialidades divinas llamadas a una vida sobreabundante. La tercera es que esta potencialidad se pierde cuando no es enterrada, es decir (porque esto se puede malinterpretar), cuando en vez de exhibirse es ofrecida a la tierra para dar fruto. Esto supone que uno acepta vivir más para dar vida que para exhibirla, más del

EN LA FIESTA DEL CORPUS CHRISTI (Ex 24, 3-8; Sal 115, 12-18; Hb 9, 11-15; Mc 14, 12-16. 22-26)

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Algunas personas quedan inscritas en la historia por alguna palabra que dijeron o por algún hecho en el que su vida dio de sí de una manera especial. En el caso de Jesús, su vida ha quedado inscrita en la historia no solo por una palabra entre otras o un hecho entre otros, sino con un gesto (una sencilla acción envuelta con breves palabras) que sintetizó toda su historia. Todo está ahí, no es una parte de lo que hizo o de lo que dijo, sino todo lo que él es sintetizado. Y por eso para sus seguidores es ahí donde se le encuentra, donde está su espíritu y su presencia, su aliento y su enseñanza: “Tomó pan, dio gracias, y lo ofreció a todos diciendo: «esto es mi cuerpo». Tomo la copa de vino, dio gracias, y la ofreció como alianza eterna con todos: «esta es mi sangre»”. En torno a este gesto divino, inscrito en la historia para siempre, los creyentes nos reunimos, como afirma el salmo 115 que proclamamos hoy, para configurar nuestra vida en torno a tres acciones. La primera el asombro

FESTIVIDAD DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (Dt 4,32-34.39-40; Sal 32; Rm 8,14-17; Mt 28,16-20)

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Acababa de nacer y ya en el primer paso se dio cuenta de que vivía no solo en el aquí y ahora, sino llamado por una inmensidad infinita de la que apenas si veía el horizonte. Si bien a lo largo del curso de su camino se dio cuenta de que no pocas veces andaba en círculos, algo le decía que allí en el horizonte estaba su hogar, su descanso, estaba un abrazo donde su ser más íntimo se encontraría consigo mismo. Y en un momento determinado le dio por hablar con ese horizonte e incluso creía atisbar señales de que también este horizonte le buscaba.  Además, cuando fatigado prestaba atención al latido de su propio corazón sentía más allá de su movimiento una fuerza que no lo dejaba descansar y que estaba fuera de su control. Un aliento del que se nutría sin que tuviera que hacer nada. Que le devolvía de continuo a la línea del horizonte como destino de sus pasos. Un aliento que, de cuando en cuanto, le hablaba sin palabras invitándolo a no desistir cuando le cegaba su propia pequeñez, su

Anhelos del Espíritu VII

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Anhelos del Espíritu VI

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