Justo en el momento en que, celebrando la ascensión del Señor, miramos hacia arriba con esa melancolía que produce la imposibilidad de quitarse de encima el peso de la existencia, la estrechez que supone la parcialidad de la vida, las contradicciones con las que estamos marcados en nuestro interior; entonces, el evangelio nos dice que Jesús no se ha ido, que está aquí, con nosotros, hasta el fin del mundo. Pero ¿para qué querríamos que estuviera Jesús con nosotros si no vamos a ninguna parte, si al final este mundo que amamos se termina sin superar su contradicción? ¿No es esto lo que tristemente recuerda ese refrán que dice: “nadar, nadar, para morir a la orilla”? Pero, podemos pensar la ascensión de otra forma. Jesús no se va a otro sitio, a eso que imaginamos como cielo, sino que eleva el suelo a otra dimensión. Porque, ¿qué es el suelo para él?, ¿qué es este suelo donde puso sus pies divinos? Para él, el suelo es el tacto del barro convertido en lavatorio de los pies: en afect...