Hay una semilla santa e inmortal en todos nosotros, en todos, porque hemos sido creados de la sustancia de Cristo que quiere hacerse vida en nosotros; creados, “en Cristo” como le gusta decir a Pablo. Ahora bien, esta semilla está de continuo amenazada en el proceso de dar fruto, amenazada en el movimiento hacia sí misma y su destino. Quizá algo de esto quiera hacernos comprender la parábola del evangelio, al menos en la lectura que hoy me suscita. Somos fruto de una siembra inesperada, asombrosa y gratuita, con la que el mundo es bendecido. Somos, en medio del mundo, semillas llamadas a cristificarlo, a hacer que dé de sí sin saber de inicio cuales serán los caminos por los que lo haremos y que se nos invita a buscar. La parábola nos avisa, sin embargo, de que hay enemigos, fuera y dentro de nosotros, que tienden a hacer inútil la siembra, a dejar el mundo como un desierto sin flor ni fruto. No es necesario poner cara al enemigo que es siempre un misterio incomprensible para el que sa...