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DOMINGO V DE PASCUA (Hch 6, 1-7; Sal 32, 1-2.4-5.18-19; 1Pe 2, 4-9; Jn 14, 1-12)

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“No os inquietéis. En la casa de mi Padre hay sitio para todos. Yo prepararé ese sitio y vosotros podréis vivir en paz allí”. Sintetizo las palabras del evangelio a mi manera y me pregunto: ¿Quién puede pronunciar estas palabras de manera creíble y verdadera? Es decir, ¿quién puede asegurar un lugar de paz para todos?, y ¿cómo ha de hacerlo para que le creamos? La única manera es que el que las pronuncia se convierta en un espacio de acogida en el que los que le escuchan puedan reposar sus afanes, sus miedos, sus sufrimientos, sus dudas, sus miserias y, a la vez, sepan recogidas y protegidas sus alegrías y sus logros. Que, en el mismo instante en que pronuncia estas palabras, ofrezca un horizonte de esperanza en el que nada quede marcado por la estrechez del pasado o del presente, sino por una mirada que ama la profundidad de lo que somos como amados de Dios y el futuro que en ese amor somos. Es decir, estas palabras solo pueden ser creíbles cuando se hacen cuerpo de vida en quien las ...

LIBRO: Fragmentos de oración vol. 2

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PALABRAS (pequeña meditación)

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DOMINGO IV DE PASCUA (Hch 2, 14a.36-41; Sal 22, 1-5; 1Pe 2, 20-25; Jn 10, 1-10)

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Muchas veces me quedan ganas de contradecir el evangelio, al menos alguna de sus afirmaciones que me parecen falseadas por la realidad que veo. Hoy es uno de esos días. Pero, no me gusta contradecirlo teóricamente, ideas contra ideas, sino discutir con el Señor hasta que me convenza. Hoy le diría: Señor, ¿es verdad que las ovejas siguen al pastor bueno porque conocen su voz; que a un extraño no lo siguen, sino que huyen de él, porque no conocen su voz o la identifican como voz mentirosa? Yo mismo, tú lo sabes, soy la prueba viviente de que no siempre es así. ¿No nos pasa, en demasiadas ocasiones, como a las mujeres de algunas películas que les gustan los hombres malos que terminan por maltratarlas y sufren, además, un penoso síndrome de Estocolmo? Pero, quizá lo dices, Señor, porque conoces nuestro corazón mejor que nosotros mismos, y sabes que pese a todo anhela una mirada buena, un corazón acogedor y alentador, porque anhela encontrar a alguien olvidado de sí mismo que vea en nosotro...

DOMINGO III DE PASCUA (Hch 2, 14.22-33; Sal 15, 1-2.5.7.8.9-10-11; 1Pe 1,17-21; Lc 24,13-35)

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Las palabras, como nuestra misma vida, no son simplemente la exterioridad de su pronunciación, de su significado inmediato, sino que poseen un espíritu interno que les viene dado por la intención de quien las pronuncia y por la forma que tiene de pronunciarlas. Esto significa que no siempre se las comprende inmediatamente al escucharlas, sino que se requiere, para hacerlas lugar de encuentro e intercambio de vida, una forma de escucha pausada, abierta, atenta, afectuosa con ellas que permite, incluso si están torpemente pronunciadas, reconocer la vida que quieren transmitir. Esto no sucede solo con nuestras palabras humanas, sino también con la palabra de Dios, esa que está escondida en el texto de la Escritura y que solo se escucha cuando se le dedica tiempo, con un corazón abierto y atento, con una disposición de ánimo reverente y disponible a sus indicaciones. También en esta palabra el Espíritu del Señor, su afecto por nosotros, sus indicaciones, están mezcladas con la torpeza de l...