DOMINGO II DE CUARESMA (Gen 12, 1-4a; 3, 1-7; Sal 32, 4-5.18-19.20.22; Tim 1, 8b-10; Mt 17, 1-9)
Creíamos firmemente, queríamos creer así, seducidos por la belleza de la vida de Cristo, por su integridad y su coraje, por su misericordia y su humildad. Creíamos firmemente, queríamos creer así, sorprendidos por algún momento fugaz donde reconocimos que el Señor pasaba a nuestro lado acariciándonos el corazón y llenándolo de esperanza. Creíamos firmemente, queríamos creer así, acompañados por hermanos que Jesús mismo puso en nuestro camino para sostenernos, alentarnos, para celebrar la vida y soportar la muerte. Pero un día la vida nos trajo el peso de la cruz o simplemente nos lo anunció; el peso del dolor inútil, injusto, degradante, solitario, y tembló nuestra vida y nuestra fe porque sentimos que su fuerza se difuminaba como los sueños infantiles. Te habíamos transfigurado proyectando nuestros sueños en ti. Y creímos que ya estaba todo hecho con tenerte cerca, pero tu amor, que nos había mostrado la luz del cielo, parecía ahora ocultarse en un eclipse de vida. Y entonces nos llam...