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DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A (Is 58, 7-10; Sal 111, 1-9; 1Cor 2, 1-5; Mt 5, 13-16)

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¿Para qué estamos en el mundo? Muchos han desistido de hacerse esta pregunta porque consideran que no tiene respuesta, que no somos más que el fruto sorprendente de un universo sin dirección. A su lado están los que afirman que todo está escrito en las estrellas, que estas marcan un destino a cada uno del que difícilmente puede salir, por más que lo intente. Nosotros, los cristianos, ¿qué decimos? A veces hemos dado la impresión de que pertenecemos estos últimos, pues Dios tendría escrita nuestra historia y nuestro destino en su pensamiento; y que estamos para cumplir una vocación ya determinada. Esto lo afirman especialmente los que se sienten a gusto con la vocación de vida que llevan, pero es más difícil de afirmar para aquellos, seguramente la mayoría, a los que la vida les trae y les lleva, los que atraviesan caminos inciertos y han experimentado callejones sin salida, los que no terminan de encontrar una línea recta que defina su ser. Quizá sea más acertado decir que Dios al cr

LA FE Y LA RAZÓN

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El día sucede a la noche, una estación a otra, la vida está organizada por leyes que protegen su orden a la vez suscitan novedad. Así sucede en el macrocosmos y en el microcosmos. “Dios no juega a los dados”, decía Einstein, cuando crea el mundo. Nada es arbitrario, aunque todo posea su pequeño espacio de posibilidades inesperadas. Este orden interno hace que el mundo fluya al margen de la intencionalidad, como por sí mismo; por eso parece que Dios no es necesario; y por eso el hombre puede conocer las cosas y los procesos, y utilizar sus leyes en beneficio propio. Esta es la razón por la que puede haber ciencia, porque existe orden y racionalidad en el mundo; y esta racionalidad, pensamos nosotros, refleja la misma razón de Dios que no es caótica ni arbitraria, sino que además de amor posee razones. El recién fallecido Benedicto XVI se empeñaba con énfasis en hacer notar que la razón era un componente de la fe, que cuando la fe se deja solo en manos de las pasiones (o devociones)

LAMENTO

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En medio de la invasión de Ucrania por el ejército ruso con su rastro de destrucción, muerte y desplazamientos masivos, descubro unos textos de la  3ª Sinfonía  de Henryk Gorécki. El primero es un lamento medieval polaco en el que María, símbolo de la humanidad sufriente, dice así a su hijo muerto: “Mi querido hijo, mi predilecto, / comparte las heridas con tu madre./ Ya que he sido yo, querido hijo,/ quien te ha llevado en el corazón,/ y quien tan fielmente te ha servido./ Háblale a tu madre para hacerla feliz,/ pues ya me abandonas, dulce esperanza mía”. En el tercer y último movimiento de la sinfonía, el compositor utiliza un poema donde otra madre busca a su hijo asesinado en una insurrección: “Oh, piad para él,/ pajarillos cantores de Dios,/ porque su madre/ no puede hallarlo./ Y vosotras, florecillas de Dios,/ floreced a su alrededor,/ para que al menos mi hijo/ pueda disfrutar soñando”. La tristeza y el deseo de envolver al hijo en sonidos de vida y abrazarlo en una especie de

DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO A (Sof 2, 3; 3, 12-13; Sal 145, 7-10; 1Cor 1, 26-31; Mt 5, 5, 1-12a)

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Hay un presupuesto en todos los textos bíblicos que nuestra cultura ha olvidado sin darse cuenta. Y es que nuestra vida y la vida del mundo no camina sin destino. Por más que la física, la biología y la historia se encuentren muchas veces enredados en callejones sin salida, existe un designio, oculto desde la fundación del mundo, que acompaña cada paso y que tiene capacidad para suscitar nuevas posibilidades de vida cuando estas parecen haberse perdido del todo. Este designio, inscrito por Dios en su creación y sostenido por su Espíritu, ha sido expresado del todo en Cristo que se manifiesta así como Camino de vida para todos. Los que acogen las bienaventuranzas y viven de su aliento han comprendido a su lado que están abrazados por este plan de vida al que Dios es fiel y que, por tanto, sus pobrezas, sufrimientos y miserias no son la última palabra. Saben además de una esperanza que tiene fuerza para habitar los desiertos del mundo y de una fuerza de vida que no se deja contagiar

ANILLOS DE HUMO

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“¡Buenos días! -dijo Bilbo. […]  ¿Qué quieres decir? -preguntó Gandalf-. ¿Me deseas un buen día, o quieres decir que es un buen día, lo quiera yo o no; o que hoy te sientes bien; o que es un día en que conviene ser bueno? Todo eso a la vez -dijo Bilbo- […] Entonces, Bilbo se sentó en una silla junto a la puerta, cruzó las piernas y lanzó un hermoso anillo de humo gris que navegó por el aire sin romperse […] Muy bonito -dijo Gandalf. Pero esta mañana no tengo tiempo para anillos de humo. Busco a alguien como quien compartir una aventura que estoy planeando y es difícil dar con él. Pienso lo mismo… En estos lugares somos gente sencilla y tranquila y no estamos acostumbrados a las aventuras. ¡Cosas desagradables, molestas e incómodas que retrasan la cena!” En esta escena inicial de El Hobbit , Tolkien retrata la necesidad de personas que estén dispuestas a arriesgar su propia comodidad para que el mundo no caiga en manos de los intereses más oscuros que nos habitan y de la desidia