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DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO (Sof 2, 3; 3, 12-13; Sal 145, 7-10; 1Cor 1, 26-31; Mt 5, 5, 1-12a)

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No me parece nada fácil interpretar el texto de las bienaventuranzas y eso que quizá con el padrenuestro y algún otro texto neotestamentario define la esencia del cristianismo. Pero además creo que, si damos por supuesto que las entendemos, seguramente es porque obviamos su significado de fondo dejándolas pasar como si fuera una palabra más en la historia, de las que se lleva el viento porque no arraigan en la carne. Quizá solo podría explicarlas el Señor y los que, en esas situaciones que apuntan, se sienten bienaventurados. Los demás, realmente, ¡qué sabemos! Y, sobre todo, ¿es que queremos saber? Yo creo que cuando Jesús las pronunció estaba describiendo la realidad concreta que veía a su alrededor en los que se confían a él. La realidad de la gente que se dejó envolver en su pobreza y en su tristeza por la cercanía de Jesús, que se convertía en un espacio de vida donde los bienes se compartían y los penas se sobrellevaban juntos, y donde todos se reconocían enriquecidos (no solo es...

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO (Is 8,23b-9,3; Sal 26,1.4.13-14; 1Cor 1, 10-13.17; Mt 4,12-23)

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¿Qué importancia tenemos? ¿Acaso nos conoce alguien un poco más allá de las fronteras de nuestra vida? ¿Cuál es el valor de nuestro pueblo y sus costumbres, de aquello de lo que afirmamos que no hay nada igual? ¿Acaso son mundialmente conocidos? Y, si lo son, ¿acaso no vivirían todos igual sin haberlos conocido? ¿Qué hemos hecho que sea tan deslumbrante que pase de boca en boca despertando admiración? ¿No es verdad que somos hombres y mujeres ordinarios, en pueblos y tierras normales, con trabajos más o menos rutinarios? Y ¿no es esto lo que tantas veces queremos ocultar con palabras grandilocuentes sobre nosotros mismos y sobre lo que hacemos, sobre la belleza y la distinción de nuestra tierra y nuestras costumbres? Sin embargo, no haría falta porque el Señor nos ha buscado como su propia tierra, como su propia carne, sin que tengamos que ser maravillosos por distinción y superioridad sobre los otros, porque su mirada “nos viste de hermosura”, encuentra lo suficiente para hacer cosas ...

Domingo II del Tiempo Ordinario. Ciclo A Is 49,3. 5-6; Salmo 39,2-10; 1Cor 1,1-3; Jn 1, 29-34

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Si, como al Bautista, se nos pidiera anunciar la experiencia de lo que Jesús ha hecho por nosotros, ¿qué podríamos decir? Podríamos decir que es nuestro paño de lágrimas, el que las acoge cuando ya no tenemos donde llevarlas: “Este es el consuelo de los hombres, el que permite llorar nuestros dolores con esperanza”. También podríamos decir que es el que nos ayuda a no renunciar a una existencia justa recordándonos la dignidad de nuestra vida y de la de los demás: “Este es el juez alentador que no dejan que nos encerremos en lo peor de nosotros mismos, el que con sus mandatos nos abre siempre el camino de lo mejor”. O también podríamos decir que es el que acepta en silencio todos nuestros enfados dejando que le convirtamos en el chivo expiatorio de todos los males del mundo: “Este es el siervo al que podemos golpear cuando estamos enfadados y que nos conduce finalmente a un abrazo sin juicio”. O que es aquel que no necesita nuestras palabras para entender lo más íntimo de nuestros anhel...

No dejarse intimidar por el pecado

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