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FESTIVIDAD DE LA ASUNCIÓN DE MARÍA. (Ap 11,19a;12,1-6a.10; Sal 44,10bc.11-12ab.16; 1Cor15,20-27; Lc 1,39-56)

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La fiesta de la Asunción de María al cielo podría verse igualmente como la de la visitación de María a su Iglesia desde el cielo. Por tanto, no como subida, sino como bajada. De hecho, el evangelio que se nos da a meditar es el de la visitación de María a su prima Isabel. Ahora, en esta fiesta, María no sube a las montañas de Judá, sino que baja a las llanuras de nuestra vida cotidiana. Modificando un poco el texto podemos decir que si en la primera visitación Isabel confirma la bendición recibida por María (“Lo que te ha dicho el Señor se cumplirá”), ahora en esta segunda visitación María, llena de vida plena (“vestida de sol”, dice el Apocalipsis), confirma la promesa que los creyentes hemos recibido y que ella conoce en su propia carne. Como dice la segunda lectura: “Por vuestra unión con Cristo todos llegaréis a la vida plena”. Lo mismo que en casa de Isabel María cantó con el Magníficat las acciones de Dios a lo largo de la historia de Israel, acciones para dar vida a los que pare

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO C (Jer 38,4-6.8-10; Sal 39; Hb 12,1-4; Lc 12,49-53)

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La vida de los ecosistemas tiene sus propias leyes de subsistencia, de forma que cuando cambia alguno de sus componentes, bien porque desaparece o porque se añade, el ecosistema se estresa, sufre una especie de convulsión que permanece hasta que encuentra un orden que organiza el nuevo todo. Algunos de estos cambios destruyen el ecosistema haciendo que el resultado final sea mucho más pobre ya que ha disminuido su pluralidad y riqueza de componentes, pero otros lo empujan a ensancharse, a encontrar formas más complicadas y profundas de relación y más ricas en pluralidad. Esto pasa igualmente con nuestros ecosistemas humanos, los grandes (la economía, la política, la cultura…) y los pequeños (la familia, el vecindario, el trabajo…). Van ensanchándose, enriqueciéndose a base de nuevas situaciones que los retan a hacerse más amplios, más abiertos, más plurales, más profundos. Pues bien, toda la creación, en todas sus dimensiones, está llamada (así lo creemos los cristianos) a converti

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO C (Sab 18, 6-9; Sal 32,1.12.18-19.20.22; Hb 11,1-2.8-19; Lc 12,32-48)

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La forma de hablar de Jesús en el evangelio de hoy deja rastro de la Iglesia a la que se dirigía el evangelista que ordenó las palabras y los recuerdos que tenían de él. Jesús se dirige a los suyos con una expresión de afecto: “No temas pequeño rebaño”. Más allá del afecto que supone, un afecto en el que podríamos recogernos cada día mientras abrimos la mirada a los quehaceres y relaciones cotidianas (bastaría esto como anotación-comentario al evangelio con la invitación a ponerlo en práctica esta semana que inicia); y más allá de que la expresión está en plural, como si para recibir su presencia y su aliento tuviéramos que estar juntos; más allá, esta expresión refleja que los que están delante de Jesús son pocos y pequeños, y que tienen motivos para temer el peso de la vida y la presión de los poderosos (del tipo que sean). No habla a una Iglesia a la que el Padre parecería haberle dado el prestigio y el poder en medio del mundo, como aquella en la que hemos vivido hasta hace no much

DOMINGO XVIII DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO C (Eclo 1,2; 2,21-23; Sal 89, 3-6.12-14.17; Col 3,1-5.9-11; Lc 12,13-21)

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“Si habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba”, nos dice este domingo la lectura de Colosenses. Pero, ¿qué son los bienes de arriba? Quizá se refiera a eso que decimos en el Padrenuestro: “Hágase tu voluntad en la tierra  como en el cielo ”, porque el arriba es el cielo y el cielo no es otra cosa que la vida misma de Dios no contagiada por las miserias de los hombres en la tierra.   Hay un lugar donde estas miserias se concentran de una manera especial en ricos y pobres, creyentes y ateos, sabios e ignorantes: las herencias. Es en este tema donde hoy se detiene el evangelio. En ellas no se lucha solo por el dinero y los bienes, sino que en ellos se reavivan las pequeñas luchas de poder vividas desde la infancia y los sentimientos de humillación experimentados que ahora, en el momento de la herencia, se reavivan. La herencia es uno de los test que nos dice si el lugar destinado a aprender a amar, la fraternidad de sangre, ha logrado su destino o ha fracasado estrepi

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO C (Gn 18, 20-32; Sal 137, 1-8; Col 2, 12-14; Lc 11, 1-13)

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De continuo estamos delante de Dios, de continuo. No hay ningún momento en que nuestra vida salga de su presencia, de su cercanía, de su envoltura, de su generatividad. Por eso, no hay ningún espacio vacío de relación con Dios. Otra cosa es que nos demos cuenta de ello o que interpretemos bien el modo de esta relación. Es aquí donde la oración acontece como una escuela donde aprendemos a reconocer esta presencia de Dios, a identificarla, a recibirla como un don, a confiarnos a ella como eterno manantial vida buena.   Enseñar a rezar es, entonces, ofrecer una posición desde la que se pueda reconocer la verdad de Dios y abrir las distintas dimensiones de nuestra vida para que se alimenten de su presencia creadora y santificadora, vivificante y sanadora. Por eso, el Padrenuestro que enseña Jesús a sus discípulos no es una oración sin más, un conjunto de palabras que poseerían un especial valor para Dios, como llevar dólares en vez de pesos mejicanos en el bolsillo cuando entramos en una