DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO (Ex 22, 20-26; Sal 17, 2-4.47.51;1Tes 1, 5c-10; Mt 22, 34-40)
El amor a Dios, antes de ser un mandamiento, es el sentimiento natural hacia él cuando uno reconoce que todo lo que es proviene de sus manos, que todo lo que está quebrado en su vida tiene en él su restaurador, que todo lo que no termina de cumplirse en nuestra historia anhelante de plenitud tiene en él una promesa de vida eterna. Amarle es responder a su amor, es dejarse llevar por un sentimiento de gratitud tan sobreabundante como la vida que él nos regala. Pero ¿por qué es un mandamiento? Pues porque lo que nos da no siempre es visible, experimentable, reconocible en medio de un mundo ambiguo, injusto y, demasiadas veces, cruel sin que entendamos porqué. Amarle es, entonces, obligarnos a mirar y actuar en el mundo con esperanza viviendo una verdad que está en construcción. Por otra parte, el amor al prójimo es la manera de sacar de nuestro interior lo mejor que allí está sembrado. No para conseguir algo, como cuando uno utiliza sus talentos para ganarse la vida, sino por el simple h...