DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO (Sab 12, 13.16-19; Sal 85, 5-6.9-10.15-16a; Rom 8, 26-27; Mt 13, 24-30)
Nuestro trato con el mal requiere una mirada especial porque el mal no es simplemente mal, sino la mayor parte de las veces un bien deforme que no ha encontrado el camino armónico de venir a sí mismo. Los cristianos afirmamos que Dios todo lo hizo bien, sin que esto suponga que creemos que hubo un mundo perfecto antaño. Afirmamos más bien que su creación es buena toda entera, aunque le cueste eliminar los daños colaterales, a veces terribles, que genera mientras se encuentra a sí misma de la mano de Dios. Pero esto no es simplemente una idea sobre el mundo, sino una afirmación de fe que lleva consigo un compromiso para hacer fructificar todo, un compromiso con la vida para que pueda alegrarse de existir en todos. Sin embargo, al contacto con lo que nos hace daño, es fácil desesperar e intentar arrancarlo sin dar espacio a la paciencia y al esfuerzo por intentar entenderlo y aprender a manejarlo. Pasa por ejemplo con la fiebre o con el dolor físico o con la angustia psíquica que ensegui...