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¿CUÁNDO SE DISIPÓ DIOS?

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Tengo la sensación de que alguien dejó la gaseosa abierta. Estaba casi entera y hemos ido a preparar un tinto de verano porque la tarde llamaba a celebrar la vida, pero nos hemos dado cuenta de que estaba disipada y no teníamos nada que hacer con ella. Quizá algo de esto es lo que nos está sucediendo en estos momentos con Dios. Tengo la sensación de que está ahí, aunque disipado para casi todos; de que lo hemos dejado disipar y ya no dice nada. ¡Qué va a decir, nos preguntamos, la vida es lo que es! Y, sin embargo, lo echamos de menos de cuando en cuando, aun sin saberlo, porque la vida siempre quiere elevarse en sus alegrías y en sus llantos, en sus esperanzas y en sus dolores. Pero Dios no termina de funcionar, y la mezcla nos resulta artificial. Quizá, los que aún seguimos cerca de él, lo tengamos demasiado embotellado en fórmulas que se dan por supuesto, en oraciones sin relación, en ritos sin implicación o demasiado preocupados por el cumplimiento o por la estética; quizá lo hay

REFLEXIÓN PARA DOMINGO V DE PASCUA (Hch 9, 26-31; Sal 21, 26b-32; 1Jn 3, 18-24; Jn 15, 1-8)

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Nuestra vida posee el mismo ritmo de la naturaleza, estamos constituidos por estaciones. Entre ellas es fácil que haya alguna especialmente fecunda de forma que aparecemos en el mundo como rebosantes árboles frutales o espléndidos almendros en flor. En esos momentos tomamos una conciencia especial de nuestro valor. En la vida de fe esto sucede en todas las vocaciones y de muchas maneras. Son momentos de gozo.  Pero las estaciones pasan y la mayor parte del tiempo transcurre en periodos que sentimos como insustanciales, oscuros, monótonos, inútiles. En ellos existe la tentación de aferrarnos a nuestra gloria pasada negando la densidad y el valor del presente que vivimos. Es fácil verlo en nuestras opciones pastorales, que suelen tener un momento de gloria para terminar formando parte de una historia de momentos relativos, valiosos en su día, pero no absolutos. O en la misma vida matrimonial… ¡Cuántas críticas, cuántos enfrentamientos y también cuánta tristeza y melancolía, cuánto cini

REFLEXIÓN PARA DOMINGO IV DE PASCUA (Hch 3, 4, 8-12; Sal 117; 1Jn 3, 1-2; Jn 10, 11-18)

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En el evangelio de este domingo Jesús se presenta como pastor bueno que conoce y cuida a sus ovejas, que las defiende aun a costa de su vida, y que tiene la intención de hacer un solo rebaño con todas, sean “churras o merinas”. La imagen de esta preocupación-cuidado se expresa en el evangelio de Mateo con otras imágenes paralelas. Jesús, por ejemplo, se compara con una gallina que quiere reunir a todos los polluelos bajo sus alas, o con una especie de balneario para enfermos cuando dice: “Venid a mí todos los que estéis cansados y agobiados y yo os aliviaré”.   Un elemento común de estas comparaciones es que Jesús no pide nada, sino que solo ofrece. Y esto es especialmente importante en una época en la que la eficacia se ha convertido en fundamento de valor de las cosas y del amor por ellas. En la vida espiritual cristiana, lo primero es percibir este don de Dios que es su preocupación, su acogida amorosa, el ofrecimiento de su vida como espacio posibilitador de la nuestra. Dicho de

REFLEXIÓN PARA DOMINGO III DE PASCUA (Hch 3, 13-15.17-19; Sal 4, 2-9; 1Jn 2, 1-5a; Lc 24, 35-48)

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La Secuencia de Pascua que hemos leído estos días deja constancia del esfuerzo de Cristo por resucitar: “Lucharon vida y muerte/ en singular batalla,/ y, muerto el que es la Vida,/ triunfante se levanta”. Este mismo esfuerzo agónico se da en la vida del creyente que debe entablar una lucha interior para aceptar la vida del Resucitado no solo como presente, sino como propia. Y esto es lo que refleja el evangelio de hoy.  La presencia del resucitado que trae la paz produce, sin embargo, en los discípulos un miedo que al lector se le hace extraño en un primer momento: “Estaban aterrados”, dice el texto. Pero basta venir a nuestra propia experiencia para constatar que, cuanto más densa es la presencia de Cristo a nuestro lado, con mayor nitidez percibimos las tinieblas del mundo en el que vivimos y también nuestras propias complicidades con sus engaños. Cristo resucitado nos muestra que el único camino que conduce a la vida verdadera es su propia vida, la vivida hasta su muerte en cruz,

REFLEXIÓN PARA DOMINGO II DE PASCUA (Hch 4, 32-35; Sal 117, 2-24; 1Jn 5, 1-6; Jn 21, 19-31)

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Al leer el evangelio de este domingo, demasiadas veces y demasiado deprisa, separamos los personajes y sus sentimientos: por un lado, los que se alegran al contemplar a Jesús resucitado, por otro, los que dudan. De esta manera, o pertenecemos a los ‘buenos’ o los ‘malos’, a los creyentes o a los incrédulos. Sin embargo, seguramente todos hemos experimentado que en nuestra vida la fe se vive unas veces como alegría y otras como duda, sin que se puedan separar ambos aspectos. La resurrección de Jesús como exaltación divina de su vida de amor por todos, como eternización de su existencia compasiva, como compañía perpetua de perdón y acogida incondicional, como victoria de Dios sobre las fuerzas de la envidia, la injusticia y el odio en su cuerpo maltrecho… se convierten en un motivo de esperanza y alegría. Lo más hondo de nuestro corazón, creado bueno y para lo bueno, no puede menos de alegrarse (“al ver al Señor los discípulos se llenaron de alegría”). Sin embargo, vivimos una vida con