DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO (Eclo 15, 15-20; Sal 118, 1-2.4-5.17-18.33-34; 1Cor 2, 6-10; Mt 5, 17-37)
Hemos de reconocer que la misericordia de Dios fácilmente se convierte en una coartada en nuestra vida. Él parece no escarmentar, como en un exceso de confianza y gracia sobre nosotros, y sigue invitándonos al espacio de su vida que, luego, desordenamos haciendo de la tierra prometida, que somos nosotros mismos y que podía manar leche y miel, una tierra donde crecen las ortigas y las alimañas que alimentamos con nuestro ensimismamiento, nuestras injusticias y nuestra dejadez en el cuidado de las cosas y de las personas. Y aquí estamos, en una tierra buena venida a menos, una tierra que necesita un trabajo duro, como dijo el Señor a Adán después de que hubiera estropeado el paraíso, para que sea lo que estaba destinada a ser. La misericordia de Dios nos asegura que las puertas del paraíso nunca están cerradas del todo, pero esto no es suficiente, como apunta el evangelio de hoy, porque el paraíso, o el Reino como lo llama Jesús, tiene sus leyes; porque no puede haber una vida buena y be...