DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO (Ex 19,2-6a; Sal 99,2.3.5; Rom 5,6-11; Mt 9,36-10,8)
En lo profundo de nuestra conciencia no es extraño que sintamos que no estamos a la altura de nosotros mismos y que, además, no es solo que no queramos (lo que a veces es verdad), sino que sentimos que no sabemos cómo conseguirlo y no tenemos fuerzas para conseguirlo. Bastaría con preguntarle a Eva o al mismo Caín para que nos contaran avergonzados que hubo algo que les dominó, que tuvo más fuerza que ellos y que les hizo perder el control de sí. Esto sucede siempre en el pecado. No es que no sea nuestro, pero siempre hay un misterio escondido de dominio del mal sobre nosotros. Por eso es tan importante fijarse en la frase con la que empieza hoy la lectura de la carta a los Romanos: “Cuando estábamos aún sin fuerzas”. Esto es lo que ve en nosotros Jesús cuando nos mira, no a una panda de pecadores impenitentes, sino frágiles criaturas que no tienen fuerza para afrontar la vida en su mejor versión y se enredan en un laberinto de pasiones mortales que luego nos contagiamos entre nosotros...