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La necesidad de reconocimiento

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Uno de los orígenes de nuestras heridas más profundas es la sensación solidificada de no haber sido o no ser reconocidos. Esta sensación, de la que muchas veces ni siquiera somos conscientes, tiende a convertirse en una herida que supura resentimiento contra aquellos de los que esperábamos una mirada acogedora y alentadora, y puede terminar dominando la mirada sobre el mundo. La novelista Irene Némirovski supo plasmar en su pequeña obra  El Baile  esta búsqueda de reconocimiento y el infierno que produce vivir sin ofrecerlo ni encontrarlo. La protagonista es una adolescente a la que su madre, cegada por un sentimiento de inferioridad no reconocido y obsesionada por ser aceptada por la sociedad burguesa, no deja participar en un baile que ha organizado. En un momento le dice: “¿Qué haces aquí, tropezando con la gente y estorbando a todo el mundo? Vete, ve a tu habitación, no, a tu habitación no, al cuarto de la ropa blanca, donde quieras; ¡pero que no se te vea ni se te oiga!”. Se hac

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO C (Neh 8,2-10; Sal 18,8-15; 1Cor 12,12-30; Lc 1,1-4; 4,14-21)

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Uno de los hechos que más nos hiere es que no nos dirijan la palabra. Cuando esto sucede sentimos que quedamos al margen de la vida, inutilizados por la indiferencia de los que nos rodean. Muchos en nuestro mundo sufren esta situación y todos tenemos miedo de que esto nos suceda. ¿Quién no ha tenido la sensación de haber sido olvidado (incluso si no es verdad) cuando no ha recibido una palabra que esperaba? Además, nuestras palabras son muy volubles, “se las lleva el viento” decimos. Experimentamos constantemente nuestra falta de voluntad para comprometernos con ellas, incluso con las más verdaderas. Y esto hace que la desconfianza en los demás tenga nido en nuestro corazón.   El evangelio de hoy, seguimos en el inicio del año litúrgico, nos recuerda que no estamos olvidados porque la Palabra de Dios se ha dirigido a nosotros. Dios mismo se ha vuelto para dirigirnos una palabra de vida. No como una palabra de aliento que nos atraviesa como un suspiro fugaz de alivio difuminándose ape

Un test de fe

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Uno de los apartados clásicos de determinadas revistas es el dedicado a ofrecer test para que sus suscriptores se conozcan mejor, cómo es su carácter o qué es aquello a lo que le dan más importancia, como es su relación familiar o de pareja, etc. Quizá fuera bueno que también nosotros, los creyentes, de cuando en cuanto, hiciéramos sencillos test que nos hicieran reconocer nuestra situación de fe. Algunas de sus preguntas serían muy similares a las de un test de relación de pareja: ¿Hablas con naturalidad con tu pareja de tus cosas?, ¿tus tiempos privados, son privados o ocultos y escondidos para ella?, ¿te sientes bien a solas con tu pareja o necesitas estar rodeado siempre de otros?, ¿le pides su opinión y aceptas que tenga repercusión en tu vida?, ¿aparece en tus conversaciones con otros sin pudor o vergüenza como parte de ti? Vale cambiar la palabra pareja por la palabra Dios. Al fin y al cabo, la relación con Dios tiene algo de relación conyugal que solo puede ser real y viva en u

Masters Class

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En estos últimos tiempos se han puesto de moda las  masters class  de expertos de reconocido prestigio en alguna rama del arte o del saber. La lectura de escritos autobiográficos de hombres y mujeres que han vivido la oscuridad del mundo y han sabido responder con humanidad en esas situaciones es como participar en una de ellas. Un ejemplo es el libro  A corazón abierto  de Elie Wiesel, superviviente de los campos de concentración en su infancia y de una operación de corazón en su vejez, fruto de la cual nace unas pequeñas memorias donde comparte sus experiencias de vida y las convicciones más profundas que le han acompañado.   En una de sus páginas finales sintetiza el sentido dado a su vida: “Cada uno de nosotros debe escoger entre infligir sufrimiento y humillación a su semejante, y ofrecerle la solidaridad y la esperanza que merece… Sé -lo digo por experiencia- que, incluso en las tinieblas, resulta posible crear la luz y nutrir de compasión los sueños”. Y pensando en lo que fue

DOMINGO II DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO C (Is 62, 1-5; Sal 95, 1-10; 1Cor 12,4-11; Jn 2, 1-11)

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Seguramente si nosotros hubiéramos escrito el evangelio no habríamos empezado dibujando a Jesús como el que hace que la fiesta continúe, como el que da de beber incluso hasta el exceso. ¿No hubiéramos hablado de él como aquel que dice que bajemos un poco la intensidad de la fiesta y nos dediquemos a lo realmente importante, que está en juego nuestra salvación y la salvación del mundo?  Pero, ¿qué es la salvación? O, como la llama san Juan en su evangelio, ¿qué es la vida? Cuando oponemos estos términos el mundo ni nos comprende, ni nos escucha. Jesús empieza su ministerio sumándose a la fiesta de la vida: allí donde se vive el amor, allí donde se comparte y se expande, allí donde se celebra hasta la ebriedad. Como si dijera: el amor y la alegría y la amistad vienen de Dios. No hay resentimiento contra la vida, no hay envidia por una fiesta que él no celebrará. Jesús así nos enseña a reconocer, disfrutar y agradecer que incluso antes de que él aparezca (o que aparezcamos los cristia