DOMINGO XIII DEL TIEMPO ORDINARIO (2Re 4, 8-11.14-16a; Sal 88, 2-3.16-17.18-19; Rom 6, 3-4. 8-11; Mt 10, 37-42)
Si algo da luz a la vida es el amor en sus diferentes formas, de tal manera que, una vez experimentado, todo lo demás sabe a poco. El amor lo experimentamos siempre como vida verdadera. Y es por esto que nos agarramos a cualquiera de las formas en las que lo vivimos, porque en ellas el tiempo se viste de algo parecido a una eternidad donde la vida es plena y el tiempo deja de existir. Es amor lo que necesitamos ( All you need is love , decían los Beatles) y, estamos tentados a afirmar, aunque nos suene un poco blasfemo y nuestros pensamientos lo digan con la boca pequeña, que es preferible incluso a Dios. Sin embargo, nuestra vida solo puede vivir el amor en el claroscuro de la historia; en el claroscuro de nuestras ambigüedades, de nuestras miserias; en el claroscuro de nuestra pobreza de ser que no puede hacer más que acogerlo y alimentarlo sin poder sostener esta vida nuestra donde acontece. Por eso, el amor y la tristeza están tan cerca, porque no hay amor verdadero que no contenga...