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DOMINGO V DEL TIEMPO ORDINARIO (Is 58, 7-10; Sal 111, 1-9; 1Cor 2, 1-5; Mt 5, 13-16)

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Demasiadas veces los cristianos nos diferenciamos por gestos devocionales que realmente no afectan a la vida, por añadidos religiosos que no aportan nada, salvo si son reconocidos como bienes de interés cultural. Pero Jesús no se refería a que nos dedicáramos a crear bienes de interés cultural y a hacerlos cada vez más espléndidos cuando nos llamó a ser sal de la tierra y luz del mundo. Si tenemos que cantar con gestos la alegría de nuestra fe, hagámoslo, que no es malo cantar el amor con la belleza de los gestos, pero con cuidado porque es fácil perder el sentido en ellos. Lo único que da sabor verdadero a la vida, lo que no deja que se estropee y se pudra es el evangelio, y solo cuando lo llevamos implantado en el corazón de la vida nos convertimos en lo que Jesús espera de nosotros. Esto no es opcional, y solo así el Señor puede hacer de nosotros sal y luz para el mundo. Necesitamos vivir en contacto continuo con el evangelio de Cristo, porque solo así su Espíritu nos contagia su fo...

JORNADA MUNDIAL DE LA VIDA CONSAGRADA . Saludo

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DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO (Sof 2, 3; 3, 12-13; Sal 145, 7-10; 1Cor 1, 26-31; Mt 5, 5, 1-12a)

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No me parece nada fácil interpretar el texto de las bienaventuranzas y eso que quizá con el padrenuestro y algún otro texto neotestamentario define la esencia del cristianismo. Pero además creo que, si damos por supuesto que las entendemos, seguramente es porque obviamos su significado de fondo dejándolas pasar como si fuera una palabra más en la historia, de las que se lleva el viento porque no arraigan en la carne. Quizá solo podría explicarlas el Señor y los que, en esas situaciones que apuntan, se sienten bienaventurados. Los demás, realmente, ¡qué sabemos! Y, sobre todo, ¿es que queremos saber? Yo creo que cuando Jesús las pronunció estaba describiendo la realidad concreta que veía a su alrededor en los que se confían a él. La realidad de la gente que se dejó envolver en su pobreza y en su tristeza por la cercanía de Jesús, que se convertía en un espacio de vida donde los bienes se compartían y los penas se sobrellevaban juntos, y donde todos se reconocían enriquecidos (no solo es...

DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO (Is 8,23b-9,3; Sal 26,1.4.13-14; 1Cor 1, 10-13.17; Mt 4,12-23)

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¿Qué importancia tenemos? ¿Acaso nos conoce alguien un poco más allá de las fronteras de nuestra vida? ¿Cuál es el valor de nuestro pueblo y sus costumbres, de aquello de lo que afirmamos que no hay nada igual? ¿Acaso son mundialmente conocidos? Y, si lo son, ¿acaso no vivirían todos igual sin haberlos conocido? ¿Qué hemos hecho que sea tan deslumbrante que pase de boca en boca despertando admiración? ¿No es verdad que somos hombres y mujeres ordinarios, en pueblos y tierras normales, con trabajos más o menos rutinarios? Y ¿no es esto lo que tantas veces queremos ocultar con palabras grandilocuentes sobre nosotros mismos y sobre lo que hacemos, sobre la belleza y la distinción de nuestra tierra y nuestras costumbres? Sin embargo, no haría falta porque el Señor nos ha buscado como su propia tierra, como su propia carne, sin que tengamos que ser maravillosos por distinción y superioridad sobre los otros, porque su mirada “nos viste de hermosura”, encuentra lo suficiente para hacer cosas ...

Domingo II del Tiempo Ordinario. Ciclo A Is 49,3. 5-6; Salmo 39,2-10; 1Cor 1,1-3; Jn 1, 29-34

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Si, como al Bautista, se nos pidiera anunciar la experiencia de lo que Jesús ha hecho por nosotros, ¿qué podríamos decir? Podríamos decir que es nuestro paño de lágrimas, el que las acoge cuando ya no tenemos donde llevarlas: “Este es el consuelo de los hombres, el que permite llorar nuestros dolores con esperanza”. También podríamos decir que es el que nos ayuda a no renunciar a una existencia justa recordándonos la dignidad de nuestra vida y de la de los demás: “Este es el juez alentador que no dejan que nos encerremos en lo peor de nosotros mismos, el que con sus mandatos nos abre siempre el camino de lo mejor”. O también podríamos decir que es el que acepta en silencio todos nuestros enfados dejando que le convirtamos en el chivo expiatorio de todos los males del mundo: “Este es el siervo al que podemos golpear cuando estamos enfadados y que nos conduce finalmente a un abrazo sin juicio”. O que es aquel que no necesita nuestras palabras para entender lo más íntimo de nuestros anhel...