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DOMINGO VII DE PASCUA. ASCENSIÓN DEL SEÑOR (Hch 1,1-11; Sal 47,2-3,6-9; Ef 1,17-23; Mt 28,16-20)

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Justo en el momento en que, celebrando la ascensión del Señor, miramos hacia arriba con esa melancolía que produce la imposibilidad de quitarse de encima el peso de la existencia, la estrechez que supone la parcialidad de la vida, las contradicciones con las que estamos marcados en nuestro interior; entonces, el evangelio nos dice que Jesús no se ha ido, que está aquí, con nosotros, hasta el fin del mundo. Pero ¿para qué querríamos que estuviera Jesús con nosotros si no vamos a ninguna parte, si al final este mundo que amamos se termina sin superar su contradicción? ¿No es esto lo que tristemente recuerda ese refrán que dice: “nadar, nadar, para morir a la orilla”?  Pero, podemos pensar la ascensión de otra forma. Jesús no se va a otro sitio, a eso que imaginamos como cielo, sino que eleva el suelo a otra dimensión. Porque, ¿qué es el suelo para él?, ¿qué es este suelo donde puso sus pies divinos? Para él, el suelo es el tacto del barro convertido en lavatorio de los pies: en afect...

Los pájaros, siempre (pequeña meditación poética)

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DOMINGO VI DE PASCUA (Hch 8, 5-8.14-17; Sal 65, 1-3a.4-5.6-7a.16.20; 1Pe 3, 15-18; Jn 14, 15-21)

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Cuando Juan habla de ‘mundo’, como hace en el evangelio de hoy, se refiere habitualmente a la vida de los hombres degradada por el poder de la mentira y de la violencia (Jn 8,44). Pero para entender esto hay que remontarse un poco más atrás. La experiencia común es que nuestra vida es limitada, débil, frágil, vulnerable. No significa esto que sea mala, pero es difícil de vivir en muchas ocasiones. Para afrontar esta situación hemos sido puestos unos en manos de otros, para que ese espacio esté habitado por una presencia que, con su afecto, su preocupación y su cuidado, nos haga sentirnos seguros. De esta manera la vida en su pobreza se llena de riqueza. No es fácil entenderlo porque entremedias se cuela el miedo a que este abrazo de los demás no llegue o no sea suficiente, que es lo normal. La reacción, entonces, a este miedo es pensar que la fragilidad y la pequeñez son malas, incluso un castigo, y que hay que superarlas como sea. Y este ‘como sea’ se convierte en hacernos fuertes fre...

Resucitar antes de resucitar

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