DOMINGO V DE CUARESMA (Ez 37, 12-14; Sal 129, 1-8; Rom 8, 8-11; Jn 11, 3-7.17.20-27.33-45)
¡Hay tantas enfermedades que terminan en la muerte!, ¡hay tantos fracasos de los que uno no se puede recuperar!, ¡hay tantas heridas, en el cuerpo y en el alma, que nunca sanarán!, ¡hay tanta soledad que nunca encontrará compañía!... que no es difícil pedir cuentas a Dios. ¿Dónde estabas mientras estos hijos tuyos (nosotros, a veces), de los que decías que eran tus predilectos, se perdían en la nada que el mundo termina por olvidar ensimismado en sus logros? Aquí se sitúa la extrañeza de los discípulos que no entienden cómo Jesús no deja todo y va a casa de su amigo Lázaro, aquí se sitúa la queja de las hermanas de Lázaro: ¡Si hubieras venido antes!, ¿por qué no viniste antes? Jesús no explica, simplemente pregunta si los que le acompañan creen en él, si creen que su vida tiene más fuerza que cualquier desastre, justo en el momento en el que esta parece no tener ningún poder ya. No pregunta si creen en que puede resolver los problemas o hacer que desaparezca la presión del mal que opri...