DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO. (Is 56,1.6-7; Sal 66,2-3.5.6.8; Rom 11,13-15.29-32; Mt 15,21-28)
Escuchamos hoy en el evangelio una historia que, incluso si no lo decimos, suscita una cierta perplejidad en nosotros al ver actuar a Jesús con tan poca consideración (por decirlo con suavidad) con la cananea . Y, sin embargo, si lo pensamos bien, lo que estamos viendo en él es simplemente nuestra forma de actuar habitual. ¿O no es así? A lo largo de la historia, en cada sociedad algunos han creído que lo merecían todo y esos mismos han pensado que otros podían conformarse con las migajas. No importa si era por la raza, la posición social, la religión, da lo mismo. Los humanos siempre hemos pensado que los nuestros son mejores que los otros, que en los nuestros se puede confiar no como en los otros. Los otros podrían definir a los humanos que no identificamos inmediatamente con lo humano porque son distintos y, por tanto -pensamos sin decirlo en alto-, un poco menos humanos. Los otros podrían vivir con menos dinero que nosotros, con menos servicios médicos que nosotros; los otros ...