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Mostrando las entradas etiquetadas como Reflexiones dominicales

SOLEMNIDAD DE LA ASUNCIÓN DE LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA (Ap 11,19a; 12,1.3-6a.10ab; Sal 44, 10-12.16; 1Cor 15,20-27a; Lc 1,39-56)

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En esta solemnidad de la Asunción de María, la Iglesia, casi como en la Ascensión del Señor, nos invita a mirar al suelo. Recordemos aquellos dos hombres con vestiduras blancas que dicen a los discípulos: “Galileos, ¿qué hacéis mirando al cielo?” (Hch 1,11) .  La razón es que el cielo no es sino la misma creación participando de la vida de Dios, ese es su destino y esa es su plenitud. Eso significa que cielo y suelo no son excluyentes, como si dijéramos: el suelo no es el cielo y el cielo no es el suelo. Al contrario, la vida de Jesús nos dice que el cielo ya está en él y que conocemos el cielo aquí, en lo que es según Dios, según su amor exuberante y misericordioso. Esto es lo que permanecerá eternamente. He aquí el mensaje último de la Ascensión. En la fiesta de hoy es María, como signo de la Iglesia entera, la que nos lo muestra. “En aquellos días -dice el evangelio- se dirigió a la montaña”. Así empieza el evangelio, como apuntando al deseo último y permanente de María de ...

DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO. (1Re 19, 9a.11-13a; Sal 84, 9-14; Rom 9, 1-5; Mt 14, 22-33)

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Es necesario volver al final del capítulo 8 de la carta a los Romanos que leíamos el domingo pasado para entender de qué se está hablando en este evangelio de hoy que muestra a Pedro hundiéndose bajo el poder del mar. Recordemos: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? -decía Pablo- ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?”. Y podríamos añadir: ¿el paro?, ¿el desamor?, ¿el desprecio?, ¿la enfermedad mental?, ¿la falta de papeles?, ¿la vejez?, ¿el fracaso?, ¿el bullying ?… De todas estas cosas no siempre podemos librarnos y lo peor es que en ellas no siempre encontramos quien nos acoja, nos acompañe, nos defienda, nos solucione el problema. Además, seguramente, los que leamos esto no estamos en las peores situaciones que sufre la humanidad. ¿Qué sabremos nosotros?, nos podrían decir muchos. En cualquier caso, eso no obsta para que, a veces, sintamos que nos ahogamos con Dios delante sin que notemos que haga nada y, como Pe...

DOMINGO XVIII (Is 55,1-3; Sal 144; Rom 8,35.37-39; Mt 14,13-21)

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Es curioso que el evangelista sitúe el episodio de la multiplicación de los panes justo después de la muerte de Juan el Bautista. Al principio, como si este acontecimiento le quitara las ganas de comer y de relacionarse, Jesús se dirige a un lugar desierto a alimentarse en la oración. Sin embargo, la multitud lo sigue y él, sabiendo que apenas podemos soportar la muerte, cura a algunos enfermos y pide a los discípulos que les den de comer. Pero, ¿qué puede alimentar la vida cuando se conoce su desenlace? Como dice el autor del Eclesiastés: “¡Vanidad de vanidades; todo es vanidad! ¿Qué saca el hombre de todos los afanes con que se afana bajo el sol?”. Ciertamente podemos decir: “Comamos y bebamos que mañana moriremos” (1Cor 15,32). Olvidarnos y entretenernos entre los bienes y los placeres de la vida, cuantos más mejor. Como decía Humphrey Bogart en la película Llamad a cualquier puerta : “Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”. Pero, como la muchedumbre que sigue a Jesús, l...

DOMINGO XVII DEL TIEMPO ORDINARIO (1Re 3, 5.7-12; Sal 118, 57.72.76-77.127-128.129-130; Rom 8, 28-30; Mt 13, 44-52)

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Esto tienen de curioso, o de terrible, las parábolas: que se puede entender lo que dicen sin entender nada de lo que Jesús quiere decir con ellas. La razón es que Jesús no las cuenta para transmitir ideas sobre la vida o sobre Dios.  ¡No! Si las escuchamos así no entenderemos. Jesús quiere describir la vida bajo el reinado de Dios que ya está aconteciendo a su alrededor para que sepamos si estamos en sus dominios o no, y entonces reaccionemos en consecuencia. Por eso, lo verdaderamente determinante al escuchar una parábola es si, al oírla, nos reconocemos dentro o fuera de ese mundo de Dios que no es otro mundo, porque se ofrece aquí y ahora, aunque no coincide con las inercias de este mundo tal y como funciona. Y, además, qué es lo que decidimos respecto a ese mundo al oírla. Por eso, cuando Jesús termina alguna de sus parábolas dice: “El que tenga oídos que oiga”; o pregunta, como hace hoy: “¿Habéis entendido todo esto?”. Cuando los discípulos dicen que sí, él les empuja a contra...

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO (Sab 12, 13.16-19; Sal 85, 5-6.9-10.15-16a; Rom 8, 26-27; Mt 13, 24-30)

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Nuestro trato con el mal requiere una mirada especial porque el mal no es simplemente mal, sino la mayor parte de las veces un bien deforme que no ha encontrado el camino armónico de venir a sí mismo. Los cristianos afirmamos que Dios todo lo hizo bien, sin que esto suponga que creemos que hubo un mundo perfecto antaño. Afirmamos más bien que su creación es buena toda entera, aunque le cueste eliminar los daños colaterales, a veces terribles, que genera mientras se encuentra a sí misma de la mano de Dios. Pero esto no es simplemente una idea sobre el mundo, sino una afirmación de fe que lleva consigo un compromiso para hacer fructificar todo, un compromiso con la vida para que pueda alegrarse de existir en todos. Sin embargo, al contacto con lo que nos hace daño, es fácil desesperar e intentar arrancarlo sin dar espacio a la paciencia y al esfuerzo por intentar entenderlo y aprender a manejarlo. Pasa por ejemplo con la fiebre o con el dolor físico o con la angustia psíquica que ensegui...

DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO (Is 55, 10-11; Sal 64, 10-14; Rom 8, 18-23; Mt 13, 1-23)

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Hay una semilla santa e inmortal en todos nosotros, en todos, porque hemos sido creados de la sustancia de Cristo que quiere hacerse vida en nosotros; creados “en Cristo”, como le gusta decir a Pablo. Ahora bien, esta semilla está de continuo amenazada en el proceso de dar fruto, amenazada en el movimiento hacia sí misma y su destino. Quizá algo de esto quiera hacernos comprender la parábola del evangelio, al menos en la lectura que hoy me suscita. Somos fruto de una siembra inesperada, asombrosa y gratuita, con la que el mundo es bendecido. Somos, en medio del mundo, semillas llamadas a cristificarlo, a hacer que dé de sí sin saber de inicio cuales serán los caminos por los que lo haremos y que se nos invita a buscar. La parábola nos avisa, sin embargo, de que hay enemigos, fuera y dentro de nosotros, que tienden a hacer inútil la siembra, a dejar el mundo como un desierto sin flor ni fruto. No es necesario poner cara al enemigo que es siempre un misterio incomprensible para el que sa...

DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO (Zac 9, 9-10; Sal 144, 1-2.8-9.10-11.13cd-14; Rom 8, 9.11-13; Mt 11, 25-30)

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Me paro en la primera frase del evangelio de hoy. Es suficiente para mí. Y me digo: ¡Qué poco tiene que ver el evangelio con nuestra vida, con su ritmo, con sus intereses, con sus perspectivas, con sus afanes! Lo oímos, pero ¿lo entendemos? ¿Sentimos que es una buena noticia para este mundo donde solo los grandes parecen representar la vida verdadera? Jesús se fija, sin embargo, en los pequeños y da gracias a Dios por ellos, porque han reconocido el espacio de la verdadera vida. Los pequeños, los que no intentan ser grandes o dominar todo a su alrededor, los que solo quieren vivir la simplicidad bella de la vida y compartirla. Los pequeños, los que no significan nada para las campañas publicitarias, los que apenas aparecen en las conversaciones, los que no son admirados ni comprendidos porque revelan lo que somos todos por dentro y no queremos aceptar. Los pequeños, los que evitan las comparaciones, los que no culpan a los demás intentando ocultar que son como todos, los que conocen su...

DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO (Jer 20,10-13; Sal 68; Rom 5,12-15; Mt 10,26-33)

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El evangelio de hoy nos invita a no vivir del miedo a los demás. No tanto por lo que nos pueden hacer físicamente (“matar el cuerpo”), sino porque pueden sembrar la semilla de la destrucción en nuestra alma. Pero ¿cómo es posible que puedan hacer esto?  Estamos hechos para encontrarnos a nosotros mismos a través de la mirada de los otros. Desde el comienzo de nuestra vida nos reconocemos en su mirada. En ella aprendemos a valorarnos, a confiar en nosotros mismos, a intuir caminos de vida. Esa mirada es un reflejo de la mirada de Dios que nos crea con complacencia y, de esta manera, nos enseña a amar lo que somos y a buscar la grandeza de posibilidades que ha puesto en nosotros. Una mirada que nosotros hemos descubierto en Cristo. Pero, la mirada humana es ambigua, porque esconde expectativas irreales, exigencias desmesuradas o desconfianzas irracionales. Además, esconde en su interior miedos y envidias, y posee una sed de dominio (muchas veces sutil) que puede hacernos mucho daño. ...

DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO (Ex 19,2-6a; Sal 99,2.3.5; Rom 5,6-11; Mt 9,36-10,8)

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En lo profundo de nuestra conciencia no es extraño que sintamos que no estamos a la altura de nosotros mismos y que, además, no es solo que no queramos (lo que a veces es verdad), sino que sentimos que no sabemos cómo hacerlo ni  tenemos fuerzas para conseguirlo. Bastaría con preguntarle a Eva o al mismo Caín para que nos contaran avergonzados que hubo algo que les dominó, que tuvo más fuerza que ellos y que les hizo perder el control. Esto sucede siempre en el pecado. No es que no sea nuestro, pero siempre hay un misterio escondido de dominio del mal sobre nosotros. Por eso es tan importante fijarse en la frase con la que empieza hoy la lectura de la carta a los Romanos: “Cuando estábamos aún sin fuerzas”. Esto es lo que ve en nosotros Jesús cuando nos mira, no a una panda de pecadores impenitentes, sino frágiles criaturas que no tienen fuerza para afrontar la vida en su mejor versión y se enredan en un laberinto de pasiones mortales que luego nos contagiamos entre nosotros. “Al v...

DOMINGO DEL CORPUS CHRISTI (Dt 8, 2-3.14b-16a; Sal 103; 1Cor 10,16-17; Jn 6,51-58)

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Olvidemos, por un momento, lo espiritual y fijémonos en la simplicidad de la afirmación de Jesús: “Yo soy el pan”. Parece que no hay que mirar otro sitio, que no hay que fijarse en nada especial, que no hay que buscar revelaciones escondidas o manifestaciones especiales. Basta fijarse en lo que ya conocemos: “el pan nuestro de cada día”. Ese que nos espera en la mesa o que buscamos para que esté en ella; que no es tan elitista que no se junte con nada, sino que, incluso poseyendo una textura y un sabor propio, especialmente cuando está recién hecho, no le importa impregnarse de sabores que no son el suyo para hacerlos relevantes; que no pide nada, sino que se da del todo porque solo está ahí para sostener la vida de los que lo comen, y para reunir a los que lo ponen en la mesa como familia, como amigos. “Yo soy el pan” -dice-, no el hecho con masa madre, ni el multicereal, no el de formas atrayentes o el de pasas o nueces… solo el pan, sencillo y humilde, compañero discreto y básico, f...

DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (Ex 34,4b-6.8-9; Dn 3,52-56; 2Cor 13,11-13; Jn 3,16-18)

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¡Qué duras suenan las palabras del evangelio de hoy!: “El que no cree en el Hijo ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios”. Como si se dijera que no creer es estar condenado. Y, sin embargo, la liturgia de este día nos invita a celebrar la fiesta de Dios como vida de relación acogedora en la que hemos sido recogidos para toda la eternidad. Es aquí donde la fe juega un papel esencial. Recuerdo un viaje en un tren en el que un padre se pasó dos horas de pie con su bebé en brazos (algo que habitualmente hacen las mujeres, quizá por eso quedó en mi memoria) intentando calmarlo para que pudiera dormir tranquilo. Pero no hubo forma. El viaje se terminó y el niño seguía sin sentir el cuerpo y el afecto de su padre como un lugar de protección y recogimiento donde descansar. ¡Qué dolor para el niño y que impotencia para el padre! ¡Qué pequeño infierno de vida! Algo le pasaba al niño que no podía descansar en el amor evidente de su padre. Algo se había colado en su...

DOMINGO DE PENTECOSTÉS (Hch 2,1-11; Sal 103; 1Cor12,3b-7.12-13; Jn 20,19-23)

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Cuando entramos en un ataque de angustia porque algo nos descompone hasta hacernos perder el dominio sobre nosotros mismos, los psicólogos recomiendan hacer más profunda la respiración. Incluso se ha creado la regla 4-7-8 (inhalar contando 4, retener la respiración contando 7 y exhalar contando hasta 8). Así el cuerpo se pausa y consigue recomponerse hasta desactivar la angustia que produce la situación, aunque esta siga ahí. La respiración de la fe es algo similar, pero más radical. Hoy, en el evangelio, cuando los discípulos están atravesados por el miedo y la angustia de la soledad, la confusión o el fracaso, también por su traición y pecado, Jesús resucitado les hace mirar sus llagas, como si quisiera llevarlos más hondo en la experiencia y la comprensión de la contradicción del mundo. Pero lo hace exhalando su Espíritu sobre ellos, de forma que esta contradicción quede situada en un marco donde no tiene un poder definitivo, su propia vida resucitada. De esta manera, aunque nada pa...

DOMINGO VII DE PASCUA. ASCENSIÓN DEL SEÑOR (Hch 1,1-11; Sal 47,2-3,6-9; Ef 1,17-23; Mt 28,16-20)

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Justo en el momento en que, celebrando la ascensión del Señor, miramos hacia arriba con esa melancolía que produce la imposibilidad de quitarse de encima el peso de la existencia, la estrechez que supone la parcialidad de la vida, las contradicciones con las que estamos marcados en nuestro interior; entonces, el evangelio nos dice que Jesús no se ha ido, que está aquí, con nosotros, hasta el fin del mundo. Pero ¿para qué querríamos que estuviera Jesús con nosotros si no vamos a ninguna parte, si al final este mundo que amamos se termina sin superar su contradicción? ¿No es esto lo que tristemente recuerda ese refrán que dice: “nadar, nadar, para morir a la orilla”?  Pero, podemos pensar la ascensión de otra forma. Jesús no se va a otro sitio, a eso que imaginamos como cielo, sino que eleva el suelo a otra dimensión. Porque, ¿qué es el suelo para él?, ¿qué es este suelo donde puso sus pies divinos? Para él, el suelo es el tacto del barro convertido en lavatorio de los pies: en afect...

DOMINGO VI DE PASCUA (Hch 8, 5-8.14-17; Sal 65, 1-3a.4-5.6-7a.16.20; 1Pe 3, 15-18; Jn 14, 15-21)

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Cuando Juan habla de ‘mundo’, como hace en el evangelio de hoy, se refiere habitualmente a la vida de los hombres degradada por el poder de la mentira y de la violencia (Jn 8,44). Pero para entender esto hay que remontarse un poco más atrás. La experiencia común es que nuestra vida es limitada, débil, frágil, vulnerable. No significa esto que sea mala, pero es difícil de vivir en muchas ocasiones. Para afrontar esta situación hemos sido puestos unos en manos de otros, para que ese espacio esté habitado por una presencia que, con su afecto, su preocupación y su cuidado, nos haga sentirnos seguros. De esta manera la vida en su pobreza se llena de riqueza. No es fácil entenderlo porque entremedias se cuela el miedo a que este abrazo de los demás no llegue o no sea suficiente, que es lo normal. La reacción, entonces, a este miedo es pensar que la fragilidad y la pequeñez son malas, incluso un castigo, y que hay que superarlas como sea. Y este ‘como sea’ se convierte en hacernos fuertes fre...

DOMINGO V DE PASCUA (Hch 6, 1-7; Sal 32, 1-2.4-5.18-19; 1Pe 2, 4-9; Jn 14, 1-12)

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“No os inquietéis. En la casa de mi Padre hay sitio para todos. Yo prepararé ese sitio y vosotros podréis vivir en paz allí”. Sintetizo las palabras del evangelio a mi manera y me pregunto: ¿Quién puede pronunciar estas palabras de manera creíble y verdadera? Es decir, ¿quién puede asegurar un lugar de paz para todos?, y ¿cómo ha de hacerlo para que le creamos? La única manera es que el que las pronuncia se convierta en un espacio de acogida en el que los que le escuchan puedan reposar sus afanes, sus miedos, sus sufrimientos, sus dudas, sus miserias y, a la vez, sepan recogidas y protegidas sus alegrías y sus logros. Que, en el mismo instante en que pronuncia estas palabras, ofrezca un horizonte de esperanza en el que nada quede marcado por la estrechez del pasado o del presente, sino por una mirada que ama la profundidad de lo que somos como amados de Dios y el futuro que en ese amor somos. Es decir, estas palabras solo pueden ser creíbles cuando se hacen cuerpo de vida en quien las ...