DOMINGO VII DE PASCUA. ASCENSIÓN DEL SEÑOR (Hch 1,1-11; Sal 47,2-3,6-9; Ef 1,17-23; Mt 28,16-20)

Justo en el momento en que, celebrando la ascensión del Señor, miramos hacia arriba con esa melancolía que da la imposibilidad quitarse de encima todo el peso que nos causa la existencia, la estrechez que supone la parcialidad de la vida, las contradicciones con las que estamos marcados en nuestro interior; entonces, el evangelio nos dice que Jesús no se ha ido, que está aquí, con nosotros, hasta el fin del mundo.
Pero ¿para qué querríamos que estuviera Jesús con nosotros si no vamos a ninguna parte, si al final este mundo que amamos mundo se termina sin superar su contradicción? ¿No es esto lo que tristemente recuerda ese refrán que dice: “nadar, nadar, para morir a la orilla”? 
Pero, podemos pensar la ascensión de otra forma. Jesús no se va a otro sitio, a eso que imaginamos como cielo, sino que eleva el suelo a otra dimensión. Porque, ¿qué es el suelo para él?, ¿qué es este suelo donde puso sus pies divinos? Para él, el suelo es el tacto del barro convertido en lavatorio de los pies: en afecto, preocupación y cuidado de los otros; el suelo es el contacto con su propio ser que reconoce bendecido por una voluntad de vida que quiere compartirse y, por eso, el suelo es el lugar donde reconocer el amor recibido y donde celebrarlo agradecidamente; el suelo es su camino, el peregrinar dejándose sorprender por los paisajes siempre nuevos y por los momentos siempre distintos que se hacen oportunidades para encontrar los propios talentos escondidos en su interior que esperan revelarse haciéndole artesano, por momentos artista, de la vida; el suelo es la belleza fugaz de los pájaros o las flores, de los rostros y los encuentros, que se cruzan con él y se pierden para rehacerse de nuevo en otra forma y otro lugar; el suelo es su propia pobreza que necesita de los otros y les busca como regazo donde descansar, aunque, mientras, el suelo es su propia pobreza convertida en hogar y riqueza para todos.
Y alguno dirá, pero esto es el cielo, y así es, porque el cielo es la vida misma de Jesús convertida en nuestra vida, la vida de nuestra carne elevada a la altura del ser de Dios: de su creatividad, de su afecto, de su eterna novedad, de su belleza y alegría, de su amor. Y, por eso, la ascensión es la compañía de su carne transfigurada que se va haciendo nuestra y que nos promete que cuando el mundo termine aparecerá en su fondo más puro, lo que llamamos nueva creación que nos está esperando en nuestro interior..




En esta pintura titulada Amanecer primigenio IV, Carol A. Watson nos invita a ver lo originario de la vida, aquello que se esconde detrás de los movimientos de sospecha, miedo, acusaciones, comnpaaraciones, fuerza... que el mundo nos impone. Lo primigenio, lo que llama la vida a despertar, no tiene esta imagen que vemos, quizá por eso la pintura no es figurativa, sino solo una sugerencia de colores vivos, serenos, profundos que piden buscar una belleza interior que solo se ofrece a los que creen en ella. Este amanecer primigenio no está al principio, sino en el futuro que es Cristo resucitado. Desde ese futuro desde donde se nos llama a despertar. Allí nos reconoceremos en lo que somos con una sorpresa que aquí solo intuimos y gustamos, con mucha alegría, por momentos.



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