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Mostrando entradas de abril, 2026

LIBRO: Fragmentos de oración vol. 2

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PALABRAS (pequeña meditación poética)

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DOMINGO IV DE PASCUA (Hch 2, 14a.36-41; Sal 22, 1-5; 1Pe 2, 20-25; Jn 10, 1-10)

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Muchas veces me quedan ganas de contradecir el evangelio, al menos alguna de sus afirmaciones que me parecen falseadas por la realidad que veo. Hoy es uno de esos días. Pero, no me gusta contradecirlo teóricamente, ideas contra ideas, sino discutir con el Señor hasta que me convenza. Hoy le diría: Señor, ¿es verdad que las ovejas siguen al pastor bueno porque conocen su voz; que a un extraño no lo siguen, sino que huyen de él, porque no conocen su voz o la identifican como voz mentirosa? Yo mismo, tú lo sabes, soy la prueba viviente de que no siempre es así. ¿No nos pasa, en demasiadas ocasiones, como a las mujeres de algunas películas que les gustan los hombres malos que terminan por maltratarlas y sufren, además, un penoso síndrome de Estocolmo? Pero, quizá lo dices, Señor, porque conoces nuestro corazón mejor que nosotros mismos, y sabes que pese a todo anhela una mirada buena, un corazón acogedor y alentador, porque anhela encontrar a alguien olvidado de sí mismo que vea en nosotro...

DOMINGO III DE PASCUA (Hch 2, 14.22-33; Sal 15, 1-2.5.7.8.9-10-11; 1Pe 1,17-21; Lc 24,13-35)

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Las palabras, como nuestra misma vida, no son simplemente la exterioridad de su pronunciación, de su significado inmediato, sino que poseen un espíritu interno que les viene dado por la intención de quien las pronuncia y por la forma que tiene de pronunciarlas. Esto significa que no siempre se las comprende inmediatamente al escucharlas, sino que se requiere, para hacerlas lugar de encuentro e intercambio de vida, una forma de escucha pausada, abierta, atenta, afectuosa con ellas que permite, incluso si están torpemente pronunciadas, reconocer la vida que quieren transmitir. Esto no sucede solo con nuestras palabras humanas, sino también con la palabra de Dios, esa que está escondida en el texto de la Escritura y que solo se escucha cuando se le dedica tiempo, con un corazón abierto y atento, con una disposición de ánimo reverente y disponible a sus indicaciones. También en esta palabra el Espíritu del Señor, su afecto por nosotros, sus indicaciones, están mezcladas con la torpeza de l...

Domingo II de Pascua (Hch 2,42-47; Sal 117,2-4.13-15.22-24; 1Pd 1,3-9; Jn 20,19-31)

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Siempre me ha llamado la atención el sobrenombre de Tomás: el mellizo. No sabemos si es histórico o si es un guiño del evangelista para identificarlo con la vida del lector. En este caso, sería mellizo nuestro, de cada uno. Y esto tendría sentido, pues todos y cada uno de los personajes de la Escritura son, a la vez, ellos mismos y nosotros, su historia es la suya y la nuestra. En el caso de Tomás se nos invita a confiar de forma sobreabundante, más allá del peso del mal y el pecado que han acabado con Jesús. Confiar a pesar de nuestras expectativas, de nuestros razonamientos, incluso de las evidencias, porque el Señor termina por entregarse a quien lo busca, aunque sea en una lucha de razonamientos que de inicio parecen negarlo y no tener espacio para él. En el evangelio de hoy, Tomás aparece junto a los otros discípulos cuando se reúnen a rememorar la presencia de Jesús y a orar. Lo hace incluso si aún no sabe o no puede creer porque el peso de la muerte y del odio sobre el cuerpo de...

DOMINGO I DE PASCUA (Hch 10,34a.37-43; Sal 117,1-2.16-17.22-23; Col 3,1-4; Jn 20,1-9)

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Todavía está oscuro, pero la losa de la muerte ya no pesa sobre la vida, aunque María no lo sabe  aún . La oscuridad del mundo, una y otra vez, parece tragarse la luz de la vida. Nunca han dejado de brillar chispas luminosas de vida que alentaban a los hombres y a las mujeres a reunirse y celebrar la fiesta de la creación, pero una y otra vez todo parecía no ser más que un soplo ligero, vanidad de un día, que siempre desembocaba en el torpor de una noche vacía.   Aunque también se soñaba allí, incluso en la noche del mundo saltaban chispas de luz, reflejo de una vida que se esperaba, que se imaginaba como patria feliz de todos, aunque al despertar todo seguía igual, el día era como la noche y contradecía siempre los sueños que querían alentar la vida. Y, sin embargo, los hombres no entierran sus sueños y se olvidan de ellos, no pueden enterrar la luz que han percibido fugazmente, porque les habita por dentro. Por eso, hacen monumentos a la luz, cada tumba (y las hay de muchas ...

VIGILIA PASCUAL'26. Poema a modo de homilía

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AMANECE EL SÁBADO SANTO (pequeña oración)

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AMANECE EL VIERNES SANTO (pequeña oración)

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VIERNES SANTO (Is 52,13-53,12; Sal 30, 2y6.12-13.15-16.17y25; Hb 4,14-16; 5,7-9; Jn 8,1-19,32)

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La pasión, tal como Juan la cuenta, viene a describir el centro del tiempo, el encuentro de la vida y la muerte a favor de la vida, el encuentro del amor y del pecado a favor del amor. El evangelista quiere manifestar cómo el designio escondido de Dios que mueve el mundo desde el principio llega, por fin, a su plenitud. Por eso, en este evangelio las últimas palabras de Jesús son: “Está cumplido”. Esta es la hora que ha ido preparando Dios y que Jesús aguarda a lo largo del evangelio para ser uno con ella. En esta pasión se nos narra la hora del límite, del desierto, de la oscuridad, la hora del mal, de la prepotencia, de la violencia y la injusticia. Nadie escapa de esta hora que ahora marca el tiempo de Jesús. Antes el evangelista había narrado la hora de la fiesta (como en Caná), de la alegría, de la amistad y del perdón, de la acogida y del futuro soñado. Ahora, esta hora de vida, que se había expresado en el cuerpo compañero y afectuoso de Jesús, se impregna de muerte. Sin embar...

AMANECE EL JUEVES SANTO (pequeña oración)

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JUEVES SANTO (Ex 12, 1-8.11-14; Sal 115, 12-18; 1Cor 11, 23-26; Jn 13, 1-15)

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Si nos fijamos en la historia de los hombres con Dios podemos apreciar que funciona en forma de espiral de expansión y contracción con dos fuerzas en tensión: un centro que está en continua expansión para abarcarlo todo. Ese centro es Dios mismo que se extiende en espiral por los caminos de la historia para unir todas las cosas a su propia vida. Por otro lado, un espacio podríamos decir salvaje, necesitado de domesticación (en el sentido que se daba a esta palabra en El principito ), el espacio de la humanidad que continuamente parece necesitar huir de Dios para ser ella misma, aunque terminando siempre cansada, vencida y habitada por una melancolía mortal en desiertos sin horizonte. Es este espacio el frente de expansión donde  Dios   nos busca en sus continuas salidas de sí para traernos al núcleo de la vida, al centro paradisiaco donde todo encuentra su armonía, un centro que no es otro que él mismo. El relato memorial de la Pascua que leemos hoy refleja la conmemoración vi...