DOMINGO I DE PASCUA (Hch 10,34a.37-43; Sal 117,1-2.16-17.22-23; Col 3,1-4; Jn 20,1-9)

Aún está oscuro, pero la losa oscura de la muerte ya no pesa sobre la vida, aunque María no lo sabe aún.
La oscuridad del mundo, una y otra vez, parece tragarse la luz de la vida. Nunca han dejado de brillar chispas luminosas de vida que alentaban a los hombres y a las mujeres a reunirse y celebrar la fiesta de la creación, pero una y otra vez todo parecía no ser más que un soplo ligero, vanidad de un día, que siempre desembocaba en el torpor de una noche vacía. 
Aunque también se soñaba allí, incluso en la noche del mundo saltaban chispas de luz, reflejo de una vida que se esperaba, que se imaginaba como patria feliz de todos, aunque al despertar todo seguía igual, el día era como la noche y contradecía siempre los sueños que querían alentar la vida.
Y, sin embargo, los hombres no entierran sus sueños y se olvidan de ellos, no pueden enterrar la luz que han percibido fugazmente, porque les habita por dentro. Por eso, hacen monumentos a la luz, cada tumba (y las hay de muchas formas a veces son pequeños detalles en nuestra habitación) es un monumento a la luz conocida, a la luz soñada, a la luz esperada, por eso no dejamos de visitarlos, esperando que un día el interior de nuestros cuerpos de muerte amanezca avivado por lo que siempre nos dio vida: el amor de las cosas y a las cosas, el amor de los otros y a los otros, el amor de Dios y a Dios.
Hoy la tumba de Cristo, que son todas las tumbas, donde todo parecía vaciarse de sustancia está llena de vida, aunque no es fácil verlo. Nadie se ha llevado nada, como siente María en un primer momento. Todo está en su sitio, pero si se mira bien, y ni siquiera Pedro lo sabe hacer al principio, todo está lleno de luz, todo está impregnado de la gracia divina.
Es el otro discípulo, el que solo vivía del amor, el que ve y comprende que Cristo era la presencia ardiente de donde nacían las chispas de luz que habitaban desde siempre la historia. Cristo que ahora se ha convertido, por fin, en un fuego vivo que se adentra en cada cosa, en cada persona que le quiera recibir para hacer brillar en en todo y en todos la vida eterna, esa vida plena que todos hemos tocado fugazmente alguna vez y que ahora Cristo nos regala como vida propia.
Y no se puede dejar de correr y de cantar y de volver a la vida para vivirla con la gracia recibida, porque allí, allí en la vida misma, está ardiendo ya la resurrección del Señor.
 
   


PINTURA: Me gustan los ángeles que pinta Kerri Mackabe, tan llenos de color, de vitalidad y, a la vez, tan ligeros. Parecen habitar una tierra transfigurada, con sus alas siempre extendidas bajo las que uno tiene la sensación que puede recogerse y descansar. Este, sin embargo, no las tiene. Parece un joven o una joven normal, pero transfigurado por la luz de Dios, con un fuego encendido en sus manos. Quiero ver en él a todos aquellos que se han dejado envolver por la fe y el amor de Cristo y se hacen portadores de su vida resucitada. Son muchos y están escondidos en vidas y cuerpos normales, pero si te dejas visitar por su mirada, por su palabra, por su tacto puede verse en ellos la gracia del resucitado.  

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