JUEVES SANTO (Ex 12, 1-8.11-14; Sal 115, 12-18; 1Cor 11, 23-26; Jn 13, 1-15)

Si nos fijamos en la historia de los hombres con Dios podemos apreciar que funciona en forma de espiral de expansión y contracción con dos fuerzas en tensión: un centro que está en continua expansión para abarcarlo todo. Ese centro es Dios mismo que se extiende en espiral por los caminos de la historia para unir todas las cosas a su propia vida. Por otro lado, un espacio podríamos decir salvaje, necesitado de domesticación (en el sentido que se daba a esta palabra en El principito), el espacio de la humanidad que continuamente parece necesitar huir de Dios para ser ella misma, aunque terminando siempre cansada, vencida y habitada por una melancolía mortal en desiertos sin horizonte.
Es este espacio el frente de expansión donde Dios nos busca en sus continuas salidas de sí para traernos al núcleo de la vida, al centro paradisiaco donde todo encuentra su armonía, un centro que nos es otro que él mismo. El relato memorial de la Pascua que leemos hoy refleja la conmemoración viva de una de las expansiones de Dios más importantes. En el relato se nos recuerda, quizá con un lenguaje demasiado violento para nuestros oídos, una verdad central: que fuera del recogimiento en Dios solo queda la violencia de las tinieblas y que Dios siempre ofrece el espacio de su vida para que el pueblo se encuentre a sí mismo. Pero más importante es la nueva alianza, la expansión definitiva de Dios a territorio 'hostil'. Allí pone su mesa para los doce (signo del envío a todos los pueblos), la mesa donde reparte su propia vida, la mesa donde se celebra de continuo la belleza y la armonía de su amor. Y allí nos lava los pies dolidos y manchados por nuestras peregrinaciones absurdas en busca de paraísos ficticios creados solo para el contento de nuestro propio yo ensimismado.
No hay otro lugar para descansar verdaderamente más que esta amistad que Dios nos ofrece, aunque sea tan difícil de comprender cuando nuestro corazón ha olvidado que estamos hechos para ella. El Señor se acerca una y otra vez con una humildad que solo puede tener él para que perdamos el miedo, lo hace como hacía el principito con el zorro. Y nos invita a volver con él al paraíso que apenas si podemos recordar, pero que habita intacto en nuestro corazón y está hecho de su mismo amor.




En esta obra, Lynn Hutchins Haney pinta su propio pie apoyado en un camino ensombrecido del que, esto me sugiere, se quiere desligar; por otro lado, el mismo pie parece visitado por una luz que le marca un nuevo camino y que impregna su propia piel como hablándole desde dentro. De esta manera, en el pie se reflejan las sombras que nos habitan y la luz que nos llama. Pues bien, es este pie el que toma Jesús en sus manos para lavarlo y situarlo en un camino de vida y luz completas, el suyo. Y lo subraya: Es solo caminando como yo, en generosidad de vida, como el cuerpo alcanza a transfigurarse y el camino desaparece para convertirse en una mesa de alegría común.

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