DOMINGO IV DE PASCUA (Hch 2, 14a.36-41; Sal 22, 1-5; 1Pe 2, 20-25; Jn 10, 1-10)
Muchas veces me quedan ganas de contradecir el evangelio, al menos alguna de sus afirmaciones que me parecen falseadas por la realidad que veo. Hoy es uno de esos días. Pero, no me gusta contradecirlo teóricamente, de ideas a ideas, sino discutir con el Señor hasta que me convenza. Hoy le diría:
Señor, ¿es verdad que las ovejas siguen al pastor bueno porque conocen su voz; que a un extraño no lo siguen, sino que huyen de él, porque no conocen su voz o la identifican como voz mentirosa? Yo mismo, tú lo sabes, soy la prueba viviente de que no siempre es así.
No nos pasa,
en demasiadas ocasiones, como a las mujeres de algunas películas que les gustan
los hombres malos que terminan por maltratarlas y sufren, además, un penoso
síndrome de Estocolmo. Pero, quizá lo dices, Señor, porque conoces nuestro
corazón mejor que nosotros mismos, y sabes que pese a todo anhela una mirada
buena, un corazón acogedor y alentador, porque anhela encontrar a alguien
olvidado de sí mismo que vea en nosotros una misión de vida haciéndonos
comprender que somos un tesoro.
Por eso,
cuando leemos el evangelio escuchándote con atención y honestidad sentimos que estamos
hechos para ti y que tu vida es para nosotros, aunque no sepamos del todo cómo
seguirte, y nos entretengamos con aquellos que nos roban la vida con halagos
engañosos y gozos efímeros haciéndola improductiva.
Nos dice el
evangelio que los tuyos, cuando les hablabas de esto, “no comprendieron su
significado”. ¿Y nosotros? Ayúdanos a reconocerte, ayúdanos también a
distinguir entre los buenos en los que nos sales al encuentro y los otros. Ayúdanos
a no confundirnos, porque quien sigue a un mal pastor termina por ser él mismo
uno que solo “roba, mata y destruye”, como dices. Y ¡hay tantas formas de
hacerlo!
Abre la
puerta y llámanos por el nombre que tenemos en tu corazón.
En esta pintura del ya conocido en estos comentarios J. Kirk Richards, no solo veo a Jesús
como pastor, recuerdo también a Moisés caminando con el pueblo hacia una tierra
donde poder vivir sin lobos (egipcios) y sin pobreza (que mane leche y miel
para todos). Jesús encabezando a un pueblo de refugiados. Jesús sabe, sin
embargo, como experimento Moisés, que el pueblo, que nosotros mismos, llevamos
Egipto dentro, con sus prepotencias y codicias, ya desde pequeños (el cordero
que lleva en brazos es una oveja negra, ¿es por esto?). Pero ahí está Jesús,
caminando entre nosotros, guiándonos, sin desesperar y ofreciéndonos, incluso
antes de que lleguemos, el único alimento que nos sacia cuando lo probemos: el
amor, su mismo amor.

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