DOMINGO III DE PASCUA (Hch 2, 14.22-33; Sal 15, 1-2.5.7.8.9-10-11; 1Pe 1,17-21; Lc 24,13-35)
Las palabras, como nuestra misma vida, no son simplemente la exterioridad de su pronunciación, de su significado inmediato, sino que poseen un espíritu interno que les viene dado por la intención de quien las pronuncia y por la forma que tiene de pronunciarlas. Esto significa que no siempre se las comprende inmediatamente al escucharlas, sino que se requiere, para hacerlas lugar de encuentro e intercambio de vida, una forma de escucha pausada, abierta, atenta, afectuosa con ellas que permite, incluso si están torpemente pronunciadas, reconocer la vida que quieren transmitir.
Esto no sucede solo con nuestras palabras humanas, sino también con la palabra de Dios, esa que está escondida en el texto de la Escritura y que solo se escucha cuando se le dedica tiempo, con un corazón abierto y atento, con una disposición de ánimo reverente y disponible a sus indicaciones. También en esta palabra el Espíritu del Señor, su afecto por nosotros, sus indicaciones, están mezcladas con la torpeza de la historia de los que nos la han trasmitido que, sin embargo, Dios mismo aceptó. Por eso, tantas veces se nos hace difícil entender y aceptar algunos pasos de la Biblia. Pero, más aún, incluso cuando esta palabra divina se pronunció desnuda de ambigüedad en Cristo, no nos es accesible sin más en la escucha inmediata, porque está escondida a nuestros oídos empapados de escepticismo, miedo e inhumanidad.
El
evangelio de hoy nos recuerda, a través de la historia de los discípulos de
Emaús, que cuando nos reunimos en torno a la Escritura, el Señor mismo,
convertido en Espíritu vivificador, quiere llegar a nuestro corazón atravesando
el peso de las penas, miserias y torpezas a las que estamos sujetos, pero que
esto requiere paciencia y una confianza inicial para acogerla en el hogar de nuestra
vida íntima con afecto, atención y disponibilidad. Solo así nos abrirá las
ventanas del alma y podremos reconocer la presencia de quien viene caminando ya
con nosotros para darnos vida y vida en plenitud.

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