DOMINGO XV DEL TIEMPO ORDINARIO (Is 55, 10-11; Sal 64, 10-14; Rom 8, 18-23; Mt 13, 1-23)

Hay una semilla santa e inmortal en todos nosotros, en todos, porque hemos sido creados de la sustancia de Cristo que quiere hacerse vida en nosotros; creados, “en Cristo” como le gusta decir a Pablo. Ahora bien, esta semilla está de continuo amenazada en el proceso de dar fruto, amenazada en el movimiento hacia sí misma y su destino. Quizá algo de esto quiera hacernos comprender la parábola del evangelio, al menos en la lectura que hoy me suscita. Somos fruto de una siembra inesperada, asombrosa y gratuita, con la que el mundo es bendecido. Somos, en medio del mundo, semillas llamadas a cristificarlo, a hacer que dé de sí sin saber de inicio cuales serán los caminos por los que lo haremos y que se nos invita a buscar.
La parábola nos avisa, sin embargo, de que hay enemigos, fuera y dentro de nosotros, que tienden a hacer inútil la siembra, a dejar el mundo como un desierto sin flor ni fruto. No es necesario poner cara al enemigo que es siempre un misterio incomprensible para el que sabe que todo ha sido creado por Dios y no comprende que esté “sometido a la frustración”, como dice la segunda lectura. Pero de lo que se trata no es de entender o explicar, sino de dar lucidez el corazón y prepararlo para el combate. Unas veces el combate consistirá en resistir la tentación, otras será una lucha contra la desesperanza al ver que hemos fracasado en este combate.
La parábola de Jesús nos dice que hemos de evitar todo lo que pueda anular la semilla de vida santa e inmortal, de vida divina, de amor, que llevamos somos. Pero también nos dice que basta que una porción de lo que somos se entregue a Dios sabiéndose amenazada, débil e incluso fracasada, para que encuentre futuro y fecundidad. Porque la parábola no habla solo de que podemos perder lo que somos, sino de que lo sembrado por Dios, pese a atravesar el valle de la muerte y el pecado, alcanzará a convertirse en una gran cosecha, como afirma el profeta Isaías en la primera lectura. Y esta es nuestra esperanza.
 



Pensando en la parábola del evangelio encuentro esta pintura en Pinterest y me digo al mirarla: Semillas, semillas distintas que dan vida a vidas distintas, semillas entrelazadas que dan frutos que se embellecen mutuamente al abrazarse. Semillas que olvidan que deben romperse y morir para ser ellas mismas, que lo olvidan imaginando la belleza del futuro que las espera junto a las otras que atraviesan con ellas la dureza del suelo que las acoge. Semillas que no piensan en sí mismas, sino en el fruto que otros podrán contemplar o comer o beber o vivir. Semillas con la vida de Dios que se elevan hacia lo alto con la fuerza que les da la atracción de la belleza divina por más pequeñas y torpes que sean.

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