DOMINGO DE PENTECOSTÉS (Hch 2,1-11; Sal 103; 1Cor12,3b-7.12-13; Jn 20,19-23)

Cuando entramos en un ataque de angustia porque algo nos descompone hasta hacernos perder el dominio sobre nosotros mismos, los psicólogos recomiendan hacer más profunda la respiración. Incluso se ha creado la regla 4-7-8 (inhalar contando 4, retener la respiración contando 7 y exhalar contando hasta 8). Así el cuerpo se pausa y consigue recomponerse hasta desactivar la angustia que produce la situación, aunque esta siga ahí.
La respiración de la fe es algo similar, pero más radical. Hoy, en el evangelio, cuando los discípulos están atravesados por el miedo y la angustia de la soledad, la confusión o el fracaso, también por su traición y pecado, Jesús resucitado les hace mirar sus llagas, como si quisiera llevarlos más hondo en la experiencia y la comprensión de la contradicción del mundo. Pero lo hace exhalando su Espíritu sobre ellos, de forma que esta contradicción quede situada en un marco donde no tiene un poder definitivo, su propia vida resucitada.
De esta manera, aunque nada parece solucionarse, pues los problemas de la vida, sus angustias, sus tensiones y todas las contradicciones seguirán haciéndoles daño, como hicieron con el cuerpo y el alma de Jesús y lo harán con nosotros, quedan envueltos en un misterio de esperanza que consigue, cuando uno se entrega a esta relación-respiración espiritual, ofrecer una paz que nos permite vivir en medio de estas tensiones con ánimo. Esta es la fórmula cristiana: sufrimiento y paz entrelazados (2Cor 4,7-10).
No podemos alcanzar esta respiración por nosotros mismos, pero sí podemos crear las condiciones para recibirla. La participación en la eucaristía con voluntad de unirnos con Cristo, la meditación de su evangelio en diálogo con él, el silencio de la oración en la confianza de que amor de Dios lo impregna todo, el camino compartido con los que buscan y viven ofreciendo lo mejor sus vidas, son las formas con las que el Espíritu va ayudándonos a respirar la eternidad de Jesús mismo, sin que sepamos muy bien cómo. En ellas se nos va regalando un consuelo y una fortaleza que, en condiciones normales, consideraríamos imposible.
 
 


 
En esta pintura de Songmi Heart, La coexistencia, me parece ver a Cristo en pie mostrando las llagas que marcaron su cuerpo y que también marcarán el nuestro. Demasiadas veces hemos pensado que la fe podía, si es profunda, eliminar los problemas o resolver situaciones. Pero no es así. Juliana de Norwich (s. XIV-XV)
, envuelta en heridas interiores y rodeada por la peste y la violencia social, recibió una revelación para hacerse signo de esperanza: vio al crucificado atravesado de dolores, pero envuelto en un amor al que nada podía vencer, diciéndola: “Mi amor hará que todo esté bien”. Es con la fuerza del Espíritu del resucitado, como también nosotros podemos hacernos cargo de las espinas de nuestra carne mientras esperamos ser vestidos de resurrección.

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