DOMINGO DE LA SANTÍSIMA TRINIDAD (Ex 34,4b-6.8-9; Dn 3,52-56; 2Cor 13,11-13; Jn 3,16-18)
¡Qué duras suenan las palabras del evangelio de hoy!: “El que no cree en el Hijo ya está juzgado, porque no ha creído en el nombre del Unigénito de Dios”. Como si se dijera que no creer es estar condenado. Y, sin embargo, la liturgia de este día nos invita a celebrar la fiesta de Dios como vida de relación acogedora en la que hemos sido recogidos para toda la eternidad.
Es aquí donde la fe juega un papel esencial. Recuerdo un viaje en un tren en el que un padre se pasó dos horas de pie con su bebé en brazos (algo que habitualmente hacen las mujeres, quizá por eso quedó en mi memoria) intentando calmarlo para que pudiera dormir tranquilo. Pero no hubo forma. El viaje se terminó y el niño seguía sin sentir el cuerpo y el afecto de su padre como un lugar de protección y recogimiento donde descansar. ¡Qué dolor para el niño y que impotencia para el padre! ¡Qué pequeño infierno de vida! Algo le pasaba al niño que no podía descansar en el amor evidente de su padre. Algo se había colado en su vida que rompía la intimidad del gesto haciéndolo infecundo.
Yo creo que eso nos pasa a nosotros con Dios.
La vida genera muchas situaciones que descomponen nuestra existencia y que no
nos dejan experimentarla como hogar donde la gracia está expresándose siempre,
donde Dios nos tiene abrazados por fuera y por dentro. Pero he aquí que Dios,
en su amor por nosotros, entregó a su Hijo a nuestra carne para que en esas
condiciones nuestras que no nos dejan ver su abrazo pudiéramos aprender, con él
y en él, a confiar. Cuando lo hacemos, ya no hay juicio, porque descubrimos que
el amor de Dios es más grande que los límites del mundo y que el peso de
nuestros pecados y sufrimientos. Entonces podemos recibir la paz y salir de los
infiernos que oscurecen nuestro corazón hasta hacernos sentir que no hay ni
futuro ni presente de paz. Pero necesitamos creer, porque si no todo se cubre
de una oscuridad en la que perdemos la gracia del amor que nunca se cansa de
dársenos, como le pasaba a aquel niño en el tren.
Imagen: En esta especie de remake de La danza de Matisse, Leia Bryans pinta lo que entiende por gente. Así se titula la obra: La gente. Lo hace yendo un poco más allá de Matisse que en su cuadro solo pintaba una actividad humana. Esta autora parece decir que somos gente, somos humanos, cuando todo lo que hacemos no es más que una danza en la que cada postura pertenece a un encuentro de alegría que vivimos juntos intercambiando lo que somos. Esta idea la desarrollaron muchos teólogos de los primeros siglos para hablar de la vida de Dios trinidad: Perijóresis, decían, una danza de vida en la que Dios es amor compartido. Porque Dios solo es Dios, como los humanos solo somos humanos, en el amor. Lo demás son formas inacabadas de lo humano o deformaciones de nuestra comprensión de Dios.
Imagen: En esta especie de remake de La danza de Matisse, Leia Bryans pinta lo que entiende por gente. Así se titula la obra: La gente. Lo hace yendo un poco más allá de Matisse que en su cuadro solo pintaba una actividad humana. Esta autora parece decir que somos gente, somos humanos, cuando todo lo que hacemos no es más que una danza en la que cada postura pertenece a un encuentro de alegría que vivimos juntos intercambiando lo que somos. Esta idea la desarrollaron muchos teólogos de los primeros siglos para hablar de la vida de Dios trinidad: Perijóresis, decían, una danza de vida en la que Dios es amor compartido. Porque Dios solo es Dios, como los humanos solo somos humanos, en el amor. Lo demás son formas inacabadas de lo humano o deformaciones de nuestra comprensión de Dios.

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