DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO (Sab 12, 13.16-19; Sal 85, 5-6.9-10.15-16a; Rom 8, 26-27; Mt 13, 24-30)

Nuestro trato con el mal requiere una mirada especial porque el mal no es simplemente mal, sino la mayor parte de las veces un bien deforme que no ha encontrado el camino armónico de venir a sí mismo. Los cristianos afirmamos que Dios todo lo hizo bien, sin que esto suponga que creemos que hubo un mundo perfecto antaño. Afirmamos más bien que su creación es buena toda entera, aunque le cueste eliminar los daños colaterales, a veces terribles, que genera mientras se encuentra a sí misma de la mano de Dios. Pero esto no es simplemente una idea sobre el mundo, sino una afirmación de fe que lleva consigo un compromiso para hacer fructificar todo, para trabajar buscando que la vida pueda alegrarse de existir en todos.
Sin embargo, al contacto con lo que nos hace daño, es fácil desesperar e intentar arrancarlo sin dar espacio a la paciencia y al esfuerzo por intentar entenderlo y aprender a manejarlo. Pasa por ejemplo con la fiebre o con el dolor físico o con la angustia psíquica que enseguida queremos eliminar cuando muchas veces son amigos que nos avisan de peligros mayores para que los afrontemos. Sucede con la incomodidad que nos generan los demás que pueden ayudarnos a comprender que no somos el centro del mundo. O con nuestras propias miserias, que pueden ir purificando nuestro corazón hasta hacerlo humilde, agradecido y compasivo.
Quizá, por eso, Jesús en el evangelio de hoy nos invita a mirar con paciencia la cizaña que crece en el mundo y en nuestro corazón, a vivir aprendiendo a convivir con ella sin desesperar, porque también en ella la vida puede ir descubriendo armonías inesperadas y acogiendo, a pesar de todo, algo de esa vida reconciliada que será la creación resucitada. Mientras, como los padres de un niño que aprende a tocar un instrumento, debemos soportar pacientemente la molestia de las disonancias, sin que esto suponga olvidar a los que sufren en ellas. Porque esta es otra, el mal nos llama, aunque sea sub contrario, a ensanchar el corazón hasta que seamos, a imagen de Dios mismo, hacedores de vida en medio del caos.


PINTURA: Este campo de amapolas pintado por Diane Van Noord refleja uno de
los paisajes más sencillos y bellos de la naturaleza. Sin embargo, en medio de otros cultivos esta planta puede convertirse en una especie invasora y dañina. Es decir, es a la vez fuente de belleza y de muerte. En gran cantidad terminan mostrándose, como en la pintura, semejantes a un campo de sangre. Esto sucede con nuestros deseos y pasiones, que son fuente de vida y alegría, de creatividad y de fecundidad, pero a la vez de sufrimientos, violencia y muerte. Y, como dice Jesús con la cizaña, no está bien arrancarlos, más bien hemos de aprender a orientarlos hacia lo que da vida. Así su presencia en el campo de nuestra vida y nuestra vida en el campo del mundo creará paisajes vivos y bellos, diversos y vivificadores.

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