DOMINGO V DE PASCUA (Hch 6, 1-7; Sal 32, 1-2.4-5.18-19; 1Pe 2, 4-9; Jn 14, 1-12)

“No os inquietéis. En la casa de mi Padre hay sitio para todos. Yo prepararé ese sitio y vosotros podréis vivir en paz allí”. Sintetizo las palabras del evangelio a mi manera y me pregunto: ¿Quién puede pronunciar estas palabras de manera creíble y verdadera? Es decir, ¿quién puede asegurar un lugar de paz para todos?, y ¿cómo ha de hacerlo para que le creamos?
La única manera es que el que las pronuncia se convierta en un espacio de acogida en el que los que le escuchan puedan reposar sus afanes, sus miedos, sus sufrimientos, sus dudas, sus miserias y, a la vez, sepan recogidas y protegidas sus alegrías y sus logros. Que, en el mismo instante en que pronuncia estas palabras, ofrezca un horizonte de esperanza en el que nada quede marcado por la estrechez del pasado o del presente, sino por una mirada que ama la profundidad de lo que somos como amados de Dios y el futuro que en ese amor somos. Es decir, estas palabras solo pueden ser creíbles cuando se hacen cuerpo de vida en quien las pronuncia de modo que a su alrededor aparece ya lo esperado, como un oasis en medio del desierto.
Para hacer esto, es claro que no basta preparar un discurso, es necesario preparar la propia forma de presencia ante los demás. En este sentido se puede entender la frase de Jesús “os prepararé sitio”. Pero esto no es un viaje astral a no se sabe que cielo, porque ese sitio no es un lugar en un universo lejano, sino la vida de Dios mismo a la que continuamente Jesús está vuelto para poder reflejarla en su carne. El trabajo de la encarnación de Jesús es ir haciendo de su propio cuerpo un espacio visible del misterio de Dios que llama a participar de su vida. Este trabajo, este viaje de vida tiene en el perdón de la cruz su culminación. Esto es lo que debe comprender Felipe, es esto lo que han visto los discípulos y lo que deben entender sin dar vueltas a mundos imaginarios, porque en Jesús ya han experimentado la morada que Dios tiene preparada para la humanidad.
Y es que Jesús ofrece espacio de vida para todos, para cada uno en la forma que necesita. Un espacio no solo de acogida, sino también de regeneración, de encuentro con la verdad más honda de lo que somos y con la verdad más honda de ese amor que nos pensó llamándonos a participar de su propia vida.
 
 

En esta pintura de Engelina Zandstra titulada Estar juntos, los cuerpos de unos se convierten en una especie de seno donde los otros pueden recogerse, sin que este movimiento común deje nada fuera. Las diferencias, marcadas especialmente por los colores, terminan por pertenecer a este único abrazo de vida donde todas parecen descansar. Que las figuras parezcan femeninas me hace pensar en el seno materno del que todos nacemos y, a la vez, el que podemos llegar a ser para los demás. Frente a esta pintura se hace densa la frase del evangelio: “El que cree en mí, también él hará las obras que yo hago”, porque ¿no es esta la obra de Jesús: haberse hecho el seno fecundo donde podemos nacer juntos a nosotros mismos recibiendo la misma vida de Dios?

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