DOMINGO XII DEL TIEMPO ORDINARIO (Jer 20,10-13; Sal 68; Rom 5,12-15; Mt 10,26-33)

El evangelio de hoy nos invita a no vivir del miedo a los demás. No tanto por lo que nos pueden hacer físicamente (“matar el cuerpo”), sino porque pueden sembrar la semilla de la destrucción en nuestra alma. Pero ¿cómo es posible que puedan hacer esto? 
Estamos hechos para encontrarnos a nosotros mismos a través de la mirada de los otros. Desde el comienzo de nuestra vida nos reconocemos en su mirada. En ella aprendemos a valorarnos, a confiar en nosotros mismos, a intuir caminos de vida. Esa mirada es un reflejo de la mirada de Dios que nos crea con complacencia y, de esta manera, nos enseña a amar lo que somos y a buscar la grandeza de posibilidades que ha puesto en nosotros. Una mirada que nosotros hemos descubierto en Cristo.
Pero, la mirada humana es ambigua, porque esconde expectativas irreales, exigencias desmesuradas o desconfianzas irracionales. Además, esconde en su interior miedos y envidias, y posee una sed de dominio (muchas veces sutil) que puede hacernos mucho daño. Esta es la razón por la que todos tenemos alguna que otra herida íntima en el corazón. Cuando dejamos que esta mirada del otro sea absoluta y ocupe todo nuestro interior, terminamos creyendo que solo valemos si somos lo que el otro espera, lo que es otro quiere, lo que el otro pide. Y así vamos dejando de ser nosotros mismos.
Sin embargo, más profunda que esta mirada de los otros está la mirada de Dios, de la que la primera es un reflejo torpe. Una mirada que se complace siempre en nuestra existencia, y que, estemos donde estemos, dibuja ante nosotros un camino de vida que acompaña paciente más allá de nuestras fragilidades y torpezas, sin desesperar de nosotros ni de nuestras posibilidades. Es en esta mirada donde encontramos nuestra verdadera identidad y el aliento de futuro que necesitamos. Esta es la mirada que Dios ha querido entregarnos en la vida de Jesús, y es recogidos en ella donde encontramos lo mejor de nosotros mismos. Por eso, al final del evangelio se nos invita dejar que él sea nuestra referencia frente a cualquier otra. Allí, solo allí, terminaremos siendo nosotros mismos.



PINTURA: En 1917, cuando aún no había terminado la primera guerra mundial que dejaría Europa destrozada por fuera y por dentro, el pintor Alexei von Jawlensky pinta una serie de rostros en los que parece buscar lo que la oscuridad de la guerra esconde: claridad, confianza, futuro. Entre ellos se encuentra este: El rostro del Redentor. La espera. En él expresa la esperanza de encontrar una mirada que nos salve, que llene todo de luz y devuelva a esta vida el gusto por la sencillez y la bondad. Es como dijera con su pincel: “Tu rostro buscaré, Señor. No me escondas tu rostro”; como si en la claridad del rostro que pinta intuyera: “Tu luz nos hace ver la luz”. Los ojos abiertos que pinta son los que, entonces y ahora, nos esperan a todos para darnos vida. Solo una condición: que le busquemos esforzadamente abiertos a lo que el corazón anhela verdaderamente.

Comentarios

Entradas populares de este blog

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO C (Gn 18, 1-10a; Sal 14, 2-5 ; Col 1,24-28; Lc 10, 38-42)

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO C (Jer 38,4-6.8-10; Sal 39; Hb 12,1-4; Lc 12

TRAS LA MUERTE DE JAVIER. Compañero de presbiterio.