El evangelio
de hoy nos invita a no vivir del miedo a los demás. No tanto por lo que nos
pueden hacer físicamente (“matar el cuerpo”), sino porque pueden sembrar la
semilla de la destrucción en nuestra alma. Pero ¿cómo es posible que puedan
hacer esto?
Estamos
hechos para encontrarnos a nosotros mismos a través de la mirada de los otros.
Desde el comienzo de nuestra vida nos reconocemos en su mirada. En ella
aprendemos a valorarnos, a confiar en nosotros mismos, a intuir
caminos de vida. Esa mirada es un reflejo de la mirada de Dios que nos crea con
complacencia y, de esta manera, nos enseña a amar lo que somos y a buscar la
grandeza de posibilidades que ha puesto en nosotros. Una mirada que nosotros
hemos descubierto en Cristo.
Pero, la mirada humana es ambigua, porque
esconde expectativas irreales, exigencias desmesuradas o desconfianzas irracionales.
Además, esconde en su interior miedos y envidias, y posee una sed de dominio (muchas
veces sutil) que puede hacernos mucho daño. Esta es la razón por la que todos
tenemos alguna que otra herida íntima en el corazón. Cuando dejamos que esta
mirada del otro sea absoluta y ocupe todo nuestro interior, terminamos creyendo
que solo valemos si somos lo que el otro espera, lo que es otro quiere, lo que
el otro pide. Y así vamos dejando de ser nosotros mismos.
Sin embargo, más profunda que esta mirada de los otros
está la mirada de Dios, de la que la primera es un reflejo torpe. Una mirada que
se complace siempre en nuestra existencia, y que, estemos donde estemos, dibuja
ante nosotros un camino de vida que acompaña paciente más allá de nuestras
fragilidades y torpezas, sin desesperar de nosotros ni de nuestras
posibilidades. Es en esta mirada donde encontramos nuestra verdadera identidad
y el aliento de futuro que necesitamos. Esta es la mirada que Dios ha querido
entregarnos en la vida de Jesús, y es recogidos en ella donde encontramos lo mejor
de nosotros mismos. Por eso, al final del evangelio se nos invita dejar que él
sea nuestra referencia frente a cualquier otra. Allí, solo allí, terminaremos
siendo nosotros mismos.
PINTURA: En 1917,
cuando aún no había terminado la primera guerra mundial que dejaría Europa
destrozada por fuera y por dentro, el pintor Alexei von Jawlensky pinta una
serie de rostros en los que parece buscar lo que la oscuridad de la guerra
esconde: claridad, confianza, futuro. Entre ellos se encuentra este: El
rostro del Redentor. La espera. En él expresa la esperanza de encontrar una
mirada que nos salve, que llene todo de luz y devuelva a esta vida el gusto por
la sencillez y la bondad. Es como dijera con su pincel: “Tu rostro buscaré, Señor.
No me escondas tu rostro”; como si en la claridad del rostro que pinta
intuyera: “Tu luz nos hace ver la luz”. Los ojos abiertos que pinta son los que,
entonces y ahora, nos esperan a todos para darnos vida. Solo una condición: que
le busquemos esforzadamente abiertos a lo que el corazón anhela verdaderamente.
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