DOMINGO XIV DEL TIEMPO ORDINARIO (Zac 9, 9-10; Sal 144, 1-2.8-9.10-11.13cd-14; Rom 8, 9.11-13; Mt 11, 25-30)

Me paro en la primera frase del evangelio de hoy. Es suficiente para mí. Y me digo: ¡Qué poco tiene que ver el evangelio con nuestra vida, con su ritmo, con sus intereses, con sus perspectivas, con sus afanes! Lo oímos, pero ¿lo entendemos? ¿Sentimos que es una buena noticia para este mundo donde solo los grandes parecen representar la vida verdadera?
Jesús se fija, sin embargo, en los pequeños y da gracias a Dios por ellos, porque han reconocido el espacio de la verdadera vida. Los pequeños, los que no intentan ser grandes o dominar todo a su alrededor, los que solo quieren vivir la simplicidad bella de la vida y compartirla. Los pequeños, los que no significan nada para las campañas publicitarias, los que apenas aparecen en las conversaciones, los que no son admirados ni comprendidos porque revelan lo que somos todos por dentro y no queremos aceptar. Los pequeños, los que evitan las comparaciones, los que no culpan a los demás intentando ocultar que son como todos, los que conocen sus límites y encuentran en el interior que estos marcan riquezas con las que vivir alegres. Los pequeños, los que no se disfrazan de otra cosa que no sea su vida tal y como es confiando en que los demás sabrán reconocer la bendición con que el Señor les ha puesto en el mundo.
Jesús los vio, los vio en los que se acercaban a él porque en él sentían que su vida encontraba acomodo, pero sobre todo los vio en los que acogieron su palabra y sus gestos como camino de existencia y aceptaron ser pequeños con él, con esa pequeñez humilde que es la grandeza del amor de Dios que no necesita ‘pompa y circunstancia’ para decirse.
“Así te ha parecido bien”, dice Jesús dirigiéndose a su padre. Le ha parecido bien que sean ellos los que revelen la vida verdadera, los que nos muestren que significa comprender a Dios, los que nos enseñen a vivir. Sin embargo, nosotros creemos que esa forma de vida es como un yugo pesado que no nos dará nada. Pobres de nosotros si no comprendemos, porque es justo este yugo de la pequeñez aceptada, el de Jesús, la carga donde se encuentra lo que da belleza, alegría y sentido a la vida.

 


PINTURA: Hoy comparto una poesía que escribí hace un tiempo a partir de esta postal de Quint Buchholz, El vuelo, en la que veo el evangelio reflejado.
¡Había tanta gente
que volaba sin saberlo!
Por encima del duro asfalto de los días,
con el peso a la espalda del pasado
y del incómodo presente,
volaban sin saber que volaban.
Tomaban impulso en no se sabe dónde
y sostenían su vuelo en no se sabe qué,
pero volaban sin levantar los pies del suelo.
El caso es que no sabían
que sabían volar, pero se les veía
levantar al vuelo el peso
de las horas muertas
que llenaban de vida
con el aleteo de su confianza.
Eran de una raza especial,
de una raza que volaba sin saber volar. 

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