DOMINGO XIX DEL TIEMPO ORDINARIO. (1Re 19, 9a.11-13a; Sal 84, 9-14; Rom 9, 1-5; Mt 14, 22-33)
Es necesario volver al final del capítulo 8 de la carta a los Romanos que leíamos el domingo pasado para entender de qué se está hablando en este evangelio de hoy que muestra a Pedro hundiéndose bajo el poder del mar. Recordemos: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? -decía Pablo- ¿la tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿el peligro?, ¿la espada?”. Y podríamos añadir: ¿el paro?, ¿el desamor?, ¿el desprecio?, ¿la enfermedad mental?, ¿la falta de papeles?, ¿la vejez?, ¿el fracaso?, ¿el bullying?… De todas estas cosas no siempre podemos librarnos y lo peor es que en ellas no siempre encontramos quien nos acoja, nos acompañe, nos defienda, nos solucione el problema. Además, seguramente, los que leamos esto no estamos en las peores situaciones que sufre la humanidad. ¿Qué sabremos nosotros?, nos podrían decir muchos.
En cualquier caso, eso no obsta para que, a veces, sintamos que nos ahogamos con Dios delante sin que notemos que haga nada y, como Pedro, gritamos: “Señor, sálvame”. A pesar de todo, los cristianos celebramos cada domingo que estamos sostenidos desde más allá de nosotros mismos y de nuestros poderes en la historia; desde más allá de todo lo que nos trae y nos lleva, y nos hace sufrir; desde un lugar al que no puede acceder ninguno de los poderes que nos hieren. Celebramos que, finalmente, seremos arrancados del caos que nos hiere alcanzando la vida plena que intuimos en lo que vivimos algunos momentos. Esto es lo que testimonia la experiencia de Pedro sostenido por el brazo del Señor.
Pero esto es demasiado poco y, seguramente,
una perspectiva demasiado burguesa. Es necesario añadir que Jesús sube a la
barca a Pedro y es solo allí donde el mar y el viento parecen calmarse. Quiero
pensar que esto significa que es solo cuando en comunidad nos sostenemos
mutuamente sirviéndonos unos a otros como Jesús hizo, cuando podemos resistir
con esperanza las heridas que causa el mundo. Por eso, el Señor no solo nos
pide tener fe, sino vivir en comunidad. Como hace el mismo: vivir desde la
oración a un Dios que está más allá de todo y es el arraigo firme y fiel de
nuestra vida y volverse hacia los que sufren las tormentas de la vida para
tenderles la mano.
En esta escultura titulada Esferas atrapadas, de Karel Vreeburg, cuatro esferas están presas de una materia informe que parece no dejarlas libertad de movimiento. Es importante percibir, como afirma el autor, que las esferas y la materia informe pertenecen a una única piedra, y no como puede parecer que han sido aprisionadas por una realidad exterior a ellas. Esto me hace pensar en la creación que parece no estar terminada y lo que se ofrece como apuntes de armonía, belleza y justicia, está siempre acompañado por el caos y la injusticia que no la deja expresarse en la plenitud que intuimos y vivimos en fragmentos. En este contexto, el evangelio de hoy mezcla estos dos momentos y nos invita a ver que el caos que aprisionó a Jesús y del que por ahora no podemos escapar nosotros será vencido porque Dios sigue trabajando fielmente su obra.

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