DOMINGO XXI DEL TIEMPO ORDINARIO (Is 22, 19-23; Sal 137, 1-8; Rom 11, 33-36; Mt 16, 13-20)

En la primera parte del evangelio de hoy pudiera parecer que saber quién es Jesús es una cuestión de ideas y, en este caso, Pedro tiene la correcta. Si fuera así, podríamos decir que se puede reconocer a Jesús como el mesías sin ninguna implicación de la vida. La segunda parte, sin embargo, define qué significa reconocerle como mesías. Significa recibir de él las llaves para comprender, interpretar y actuar sobre las fuerzas del mundo haciendo que estas se sometan al plan de Dios. De ahí que se sabe si uno ha reconocido a Jesús como mesías por como maneja en su vida estas fuerzas, por si abre en él y el su mundo circundante lo que Dios quiere y si cierra su vida a lo que se opone a Dios.
Hace unos años se hizo famosa la canción La muralla, un poema de Nicolás Guillén cantado por Víctor Manuel y Ana Belén. Al oírla uno se sentía invitado a asumir la posición de vigilante de una puerta de muralla y propiciar la enterada de lo bueno y evitar la de lo malo. Parecía sencillo con los ejemplos que se ponían: “Al corazón del amigo…; al veneno y al puñal…; al mirto y la yerbabuena…; al diente de la serpiente…; al ruiseñor en la flor...”. Pero a estas alturas de la historia ya sabemos que nada es tan fácil y que el corazón del hombre suele mezclar sus intereses con el bien terminando por corromperlo y que, no pocas veces, acciones definidas como malas por el orden social (por lo políticamente correcto) son reivindicaciones de justicia y verdad. ¿Dónde, entonces, encontrar un espíritu de discernimiento?
Al definir a Jesús como mesías, los cristianos confesamos que en él podemos ver la verdad última y verdadera de las cosas, y que eso es lo que define nuestra vida. Él nos enseña a qué tenemos que abrir y a qué cerrar nuestra vida. Nada para un cristiano es verdadero y bueno sin haber pasado por el juicio de Cristo. Ni lo que pensamos, ni lo que sentimos, ni lo que hacemos, ni lo que dicta nuestra cultura o nuestra política o los intereses de nuestra familia. Entre todas estas cosas y nosotros está siempre Cristo, solo así creemos que se abren las puertas de la vida verdadera. Pero, para esto, no basta tener ideas sobre Jesús, es necesario seguirlo y hacer de él nuestro espíritu de vida, es decir, convertirnos. Confesar, por tanto, que Jesús es el mesías es una afirmación sobre quién somos y quién queremos ser. Como decía Maurice Zundel (al que recomiendo leer): “Yo no creo en Dios, yo lo vivo”.



IMAGEN: En el evangelio de hoy no se trata de afirmar que el Señor convierte a la Iglesia o a alguno en la Iglesia en juez de los demás, con un poder para decidir quién se salva y quién no. Quiero pensar, como parece expresar este dibujo de Sjoerd van Leeuwen, que, en medio de un mundo enredado en problemas, angustias, conflictos, soledades y fracasos, el que acoge a Jesús recibe el poder de abrir un espacio de posibilidades nuevas, una especie de mundo donde recrear la vida recibida a la luz del amor de Dios. Si esto es así, el evangelio de hoy nos recuerda que somos enviados al mundo no solo como propagadores de ideas religiosas, sino como testigos de un mundo posible el mundo que Dios soñó para todos.


UNA CANCIÓN para reafirmar la propia fe con una oración que no llega a 3 minutos: Amigos de orar, Todo contigo


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