DOMINGO XI DEL TIEMPO ORDINARIO (Ex 19,2-6a; Sal 99,2.3.5; Rom 5,6-11; Mt 9,36-10,8)
En lo profundo de nuestra conciencia no es
extraño que sintamos que no estamos a la altura de nosotros mismos y que,
además, no es solo que no queramos (lo que a veces es verdad), sino que sentimos
que no sabemos cómo conseguirlo y no tenemos fuerzas para conseguirlo. Bastaría
con preguntarle a Eva o al mismo Caín para que nos contaran avergonzados que hubo
algo que les dominó, que tuvo más fuerza que ellos y que les hizo perder el
control de sí. Esto sucede siempre en el pecado. No es que no sea nuestro, pero
siempre hay un misterio escondido de dominio del mal sobre nosotros.
Por eso es tan importante fijarse en la frase
con la que empieza hoy la lectura de la carta a los Romanos: “Cuando estábamos
aún sin fuerzas”. Esto es lo que ve en nosotros Jesús cuando nos mira, no a una
panda de pecadores impenitentes, sino frágiles criaturas que no tienen fuerza
para afrontar la vida en su mejor versión y se enredan en un laberinto de
pasiones mortales que luego nos contagiamos entre nosotros. “Al ver Jesús a las
muchedumbres, se compadecía de ellas, -dice el evangelio- porque estaban extenuadas
y abandonadas, como ovejas que no tienen pastor”.
Por eso, Jesús no viene a condenar, sino a guiarnos a
través de los espacios oscuros de nuestra vida, a librarnos de los espíritus
inmundos, dice el evangelio (que cada uno que les ponga el nombre que quiera).
Y lo hace para que alcancemos la alegría de ser nosotros mismos en nuestras
mayores posibilidades, algo que no coincide con llegar a tener más o a ser más
poderosos o admirados, sino en vivir con alegría, paz y confianza compartida.
Vivimos como en las habitaciones de ese juego de moda, el escape room. Y
lo realmente difícil, casi imposible, es salir para llegar a aquella identidad
plena que Dios nos soñó para nosotros. Pero ahí, en esa habitación estrecha,
decadente y llena de artificios que nos retiene, Jesús puede abrir las ventanas
desde dentro y mostrar la luz de la vida, del amor, de la paz, de la belleza
que está esperando en nuestro interior y que espera coincidir con nosotros del
todo.
ILUSTRACIÓN: ¿Quién estaría dispuesto a reconocer que no consigue ser pastor de sí mismo del todo? ¿Y si fuera verdad que necesitamos que alguien nos ayude a desenredar la trama de nudos y redes de miedos, mentiras, complejos, agobios, resentimientos que se han formado en nuestro interior y nos dominan más de lo que quisiéramos? ¿Y si necesitáramos a alguien que mirara al fondo de lo que somos y desempolvara lo que está escondido detrás de las formas artificiales de seguridad y dominio que utilizamos para sostenernos? ¿Y si la luz para vernos en nuestra verdadera grandeza y la fuerza para estar a la altura de nosotros mismos estuviera en los otros, pero no termináramos de saber dárnosla unos a otros? ¿Y si, entonces, dejáramos que la mirada de Jesús entrara hasta el fondo y creara la confianza que necesitáramos? No veríamos allí nuestra verdadera libertad. ¿No es lo que expresa esta ilustración de Pan Lanciloti?

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