Es curioso que el evangelista sitúe el
episodio de la multiplicación de los panes justo después de la muerte de Juan
el Bautista. Al principio, como si este acontecimiento le quitara las ganas de
comer y de relacionarse, Jesús se dirige a un lugar desierto a alimentarse en
la oración. Sin embargo, la multitud lo sigue y él, sabiendo que apenas podemos
soportar la muerte, cura a algunos enfermos y pide a los discípulos que les den
de comer. Pero, ¿qué puede alimentar la vida cuando se conoce su desenlace? Como
dice el autor del Eclesiastés: “¡Vanidad de vanidades; todo es vanidad! ¿Qué
saca el hombre de todos los afanes con que se afana bajo el sol?”.
Ciertamente podemos decir: “Comamos y bebamos que mañana moriremos” (1Cor 15,32). Olvidarnos y entretenernos entre los bienes y los placeres de la vida, cuantos más mejor. Como decía Humphrey Bogart en la película Llamad a cualquier puerta: “Vive rápido, muere joven y deja un bonito cadáver”. Pero, como la muchedumbre que sigue a Jesús, lo que realmente busca nuestro deseo, incluso en esta forma, es algo eterno.
¿Quién puede alimentar este deseo de vida
plena y eterna? Frente al mandato de Jesús: “Dadles de comer”, los discípulos
se sienten impotentes, como nosotros mismos. Sin embargo, Jesús invita a todos
a sentarse en una pradera de hierba verde que recuerda ese lugar de vida plena
y sin angustias que deje atrás todos los “senderos de muerte” por los que
transita nuestra vida (Sal 23). Y allí, en esa pradera, ofrece un alimento
nuevo, ofrece su misma vida hecha pan.
No estamos, entonces, ante un simple milagro,
sino ante el centro del evangelio, la respuesta a lo que busca de continuo
nuestro corazón y nunca encuentra. Es la vida de Jesús la que se nos da a
comer, esa vida que está hecha de gratitud (reflejo de la alegría de saberse amado,
de sentir haber recibido la vida con todas sus riquezas y posibilidades) y la
gratuidad o el amor a todos (reflejo de la falta del miedo a perder la vida
porque se sabe siempre sostenida por un amor eterno). Estamos ante el evangelio
en estado puro y, por eso, ante la invitación que nos llama a la mesa de la
vida y la alegría eterna, aunque esta invitación esté oculta por los brillos y placeres
de este mundo que simplemente son un reflejo de la belleza y el placer del amor
mismo de Dios. “Tomad, repartidme, comed”.

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