DOMINGO DEL CORPUS CHRISTI (Dt 8, 2-3.14b-16a; Sal 103; 1Cor 10,16-17; Jn 6,51-58)

Olvidemos, por un momento, lo espiritual y fijémonos en la simplicidad de la afirmación de Jesús: “Yo soy el pan”. Parece que no hay que mirar otro sitio, que no hay que fijarse en nada especial, que no hay que buscar revelaciones escondidas o manifestaciones especiales. Basta fijarse en lo que ya conocemos: “el pan nuestro de cada día”. Ese que nos espera en la mesa o que buscamos para que esté en ella; que no es tan elitista que no se junte con nada, sino que, incluso poseyendo una textura y un sabor propio, especialmente cuando está recién hecho, no le importa impregnarse de sabores que no son el suyo para hacerlos relevantes; que no pide nada, sino que se da del todo porque solo está ahí para sostener la vida de los que lo comen, y para reunir a los que lo ponen en la mesa como familia, como amigos.
“Yo soy el pan” -dice-, no el hecho con masa madre, ni el multicereal, no el de formas atrayentes o el de pasas o nueces… solo el pan, sencillo y humilde, compañero discreto y básico, fiel y humilde, incluso maltratado frente a la exuberancia de sabores que habitualmente terminan pasándose de moda, el pan que en ocasiones sentimos que nos sobra y tiramos. El pan, compañero de camino que vive solo para nosotros, para sostener nuestra vida.
Jesús dice: “Yo soy el pan”, y ahora sí, ahora podemos mirar a los ojos de Jesús a través del pan, contemplar su corazón mirando el pan. Atravesar lo inmediato confiando en la identificación de Jesús con él. No hace falta ponerlo en una custodia, porque el quiere estar en nuestra boca para alimentar todos los movimientos de nuestra vida, y si lo hacemos es para ver el pan, nada más; no hace falta porque a lo mejor nos distrae el envoltorio y no comprendemos que es en la cotidianidad de algo tan común donde Jesús ha querido significar su vida, la vida misma de Dios, la Vida que sostiene la vida sin que lo notemos, porque siempre nos parece que somos nosotros los que nos sostenemos a nosotros mismos, pobres ingenuos.
Así se nos da Cristo. Así de humilde, así de cotidiano, así de generoso, así de vivificador.

 


FOTOGRAFÍA: Y si Jesús cuando dice: “Haced esto en memoria mía”, solo quisiera que nosotros dijéramos con él “Yo soy el pan”. Vamos a imaginarlo. ¿Qué significaría que en la mesa del mundo todos dijéramos: “Yo soy pan”? ¿Qué significaría que mis palabras, mis gestos, mi mirada, mi tacto, mi trabajo, mis talentos fuera pan para todos, al menos para algunos, y entre ellos no solo los míos? ¿Y si todos, como Jesús, fuéramos panaderos, como dice la leyenda de esta caja de cartón que fotografié antes de ayer, que se amasan a sí mismos para llegar a ser pan de vida para todos? ¿No sería esto el Reino de los cielos, no sería esto lo que llamamos comunión de los santos?

Comentarios

Entradas populares de este blog

DOMINGO XVI DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO C (Gn 18, 1-10a; Sal 14, 2-5 ; Col 1,24-28; Lc 10, 38-42)

DOMINGO XX DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO C (Jer 38,4-6.8-10; Sal 39; Hb 12,1-4; Lc 12

TRAS LA MUERTE DE JAVIER. Compañero de presbiterio.