DOMINGO II DE CUARESMA (Gen 12, 1-4a; 3, 1-7; Sal 32, 4-5.18-19.20.22; Tim 1, 8b-10; Mt 17, 1-9)

Creíamos firmemente, queríamos creer así, seducidos por la belleza de la vida de Cristo, por su integridad y su coraje, por su misericordia y su humildad.
Creíamos firmemente, queríamos creer así, sorprendidos por algún momento fugaz donde reconocimos que el Señor pasaba a nuestro lado acariciándonos el corazón y llenándolo de esperanza.
Creíamos firmemente, queríamos creer así, acompañados por hermanos que Jesús mismo puso en nuestro camino para sostenernos, alentarnos, para celebrar la vida y soportar la muerte.
Pero un día la vida nos trajo el peso de la cruz o simplemente nos lo anunció; el peso del dolor inútil, injusto, degradante, solitario, y tembló nuestra vida y nuestra fe porque sentimos que su fuerza se difuminaba como los sueños infantiles.
Te habíamos transfigurado proyectando nuestros sueños en ti. Y creímos que ya estaba todo hecho con tenerte cerca, pero tu amor, que nos había mostrado la luz del cielo, parecía ahora ocultarse en un eclipse de vida.
Y entonces nos llamaste de nuevo, cuando estábamos sentados en el suelo, aunados con el polvo de la tristeza y el desconcierto; nos llamaste a venir a tu presencia resucitada, resucitante. Y aquí seguimos, alrededor de tu palabra y del pan y el vino que, en medio del desierto, nos alimentan con ese poco de luz que necesitamos para atravesar nuestros desiertos. Pues, como antaño a Pedro, a Santiago y a Juan, nos dices: “Levantaos, no temáis”. Y nosotros volvemos al camino con los ojos puestos en tu espalda y el corazón tomado de tu mano.




Pintura: Podríamos cambiar la posición de este fragmento del evangelio y situarlo al final, cuando los discípulos llegaron a ver en las heridas de Jesús la luz de su amor todopoderoso. Porque fue entonces cuando toda su vida se revistió de una luz que, si ya atraía antes de la muerte, la vieron finalmente demasiado pequeña para vencer las tinieblas. Quizá así podamos entender que la pequeña luz que Jesús nos pide ser, incluso con nuestras oscuridades interiores, se convertirá en parte de la claridad eterna con la que un día nos sonreiremos todos. Es lo que parece sugerir esta pintura de Ainvarestart en la que Jesús es el transfigurado y el resucitado, el transfigurante y el resucitante, la luz y el que nos hace testigos de su luz.


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