DOMINGO III DE CUARESMA (Ex 17, 3-7; Sal 94, 1-9; Rom 5, 1-2.5-8; Jn 4, 5-42)

No podemos vivir sin alimento y bebida. Y, sin embargo, esto no es suficiente. No podemos vivir sin todo lo material, el cuerpo y las cosas son nuestro hábitat y, sin embargo, no cabemos ni en él ni en ellas. No hace falta ser creyente para experimentar la sensación de que ni el cuerpo ni las cosas son suficientes. Necesitamos que estén permeadas de una sustancia que no se reduce a la carne y a la materia. Existe en nosotros un anhelo de espíritu, de algo que esté en las cosas, pero no se reduce a ellas, que esté en nosotros, pero no se reduce a la inmediatez del cuerpo.
Cada día, como la samaritana, vamos a buscar el ‘agua’ necesaria para la vida; y, como los discípulos, salimos a conseguir el ‘alimento’ necesario para la supervivencia. Y, cada día, sentimos que necesitamos algo más y vivimos eso que dice Giuseppe Forlai, que “somos demasiado pequeños para experimentarlo todo y demasiado grandes para saciarnos con lo poco que experimentamos”. Por eso, no basta tener cada vez más, o consumir cada vez más, o hacer cada vez más cosas y cosas nuevas…
Jesús invita a la samaritana y a los discípulos a buscar en él ese espíritu donde nuestra vida y lo que nos rodea se llene de una vitalidad nueva, regalada, exuberante, de una alegría que anuncia una plenitud solo intuida.
Los cristianos confesamos (a veces más que vivimos) que es el Espíritu de Jesús el que nos hace ver la belleza en cada pequeño objeto, acontecimiento, también la belleza escondida en la fragilidad e imperfección de nuestro cuerpo; que es su Espíritu el que nos ayuda a discernir en la ambigüedad de los movimientos de la vida y de nuestros pensamientos la verdad que las cosas y la armonía que las llama; que es su Espíritu el que nos empuja a entregarnos, en la mediocridad de nuestras relaciones, a lo único que las redime, el amor; que es su Espíritu el que eleva nuestra mirada para saber que todo tiene su origen, también nosotros, en un amor eterno que nunca deja de acompañarnos y del que podemos fiarnos.
Si conociéramos este don de Dios y quién es el que nos los ofrece, no dejaríamos de buscarle y de pedirle: “Danos de beber”, y él podría darnos el agua de la vida eterna y, con ella, la alegría de vivir.
 
 
   
La fuente de la vida, como se intuye en esta pintura de Jenifer Janesko titulada Respirar bajo el agua, está escondida y solo se descubre a través de la fe, dejándose llevar por los signos de fecundidad que crea a su alrededor. Además, las tinieblas que pueblan nuestro mundo la rodean como las zarzas y la maleza a los manantiales poco transitados. De cuando en cuando, sin embargo, se nos da a probar su frescor natural, se nos da a sentir la belleza de su presencia y, entonces, nuestro mismo corazón no puede sino agradecerla e intentar no perderla. Ya lo cantaba Juan de la Cruz: “Que bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche…”. Quizá esta poesía y esta pintura puedan sentarnos hoy al lado de Jesús como estuvo la Samaritana.

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