DOMINGO IV DE CUARESMA (Sam 16, 1-13a; Sal 22, 1-6; Ef 5, 8-14; Jn 9, 1-41)
Después de leer el evangelio de este domingo queda claro que Jesús quería dar la vista a todos los personajes y no solo al que en principio parecía el único ciego. También necesitaban reencontrar la vista los fariseos y los discípulos que ni siquiera sabían que no veían bien. ¿Cuál es la causa de su ceguera? En primer lugar, la insensibilidad para el dolor ajeno, ese ensimismamiento en la propia vida que nos separa de la fraternidad con la que Dios quiere bendecirnos. Pero también, en segundo lugar, el peso del mal que nos abruma y que debilita la sensibilidad del corazón para la belleza de la vida, señal y anticipo de la gloria que un día recibiremos.
En este sentido, a la pregunta ¿qué es la depresión?, Jesús Quintero comentaba: “Pues es un estallido de lucidez. Ver la prisa, la contaminación, el consumo, los unos devorando a los otros, los conflictos internacionales, la guerra, la miseria, el agobio, el hambre. Cuando se ve eso muy claro puede estallar una depresión. Si vives en la superficie no”. Es comprensible, entonces, dejarse llevar por la ceguera del ensimismamiento. Sin embargo, cuando Dios nos da la vista, su propia lucidez, aprendemos a ver todo esto y nos duele como a él y, si no nos dejamos curar del todo, fácilmente caemos en esa depresión de la que hablaba el Loco de la Colina. Pero, ¿qué puede haber más allá de esta visión?
En un apunte de su diario, Thomas Merton escribió: “Es
como si, de pronto, me hubiera percatado de la secreta belleza y la profundidad
de los corazones; esa adonde ni el pecado puede llegar: el corazón mismo de su
realidad, la persona que cada cual es a los ojos de Dios. ¡Si pudieran verse a
sí mismos tal como realmente son!
Pero todo eso no se puede ver, sino solo creer y comprender gracias a un Dios
particular”. Esta visión es justamente la que nos salvaría del ensimismamiento
y de la depresión, y nos daría la serenidad y la alegría de vivir, este ver con
los ojos con que nos mira Dios y que aparecen en la mirada de Jesús: esa mirada
en la que mirar es reconocer, en la que mirar es amar, en la que mirar es
confiar y esperar a pesar de todo, esa mirada que es una invitación a compartir
los dones de la vida. Es esta mirada la que puede salvarnos en este mundo
tantas veces absurdo, confuso e hiriente, y que, sin embargo, está creado para
la belleza y el amor.
Quizá hoy Jesús simplemente nos pregunte: “¿Qué quieres
que haga por ti?”. Y ya sería una gracia mirarle a los ojos y suplicarle: “Señor,
que vea”.
PINTURA: Hay veces que es mejor cerrar los ojos para ver bien,
porque si los abrimos solo vemos nuestros prejuicios, ya que la imagen que
llega se mezcla, antes de que nos demos cuenta, con el hollín que han dejado en
nuestra mirada los conflictos, las heridas, la vergüenza, los intereses. Y
quizá la mejor manera de cerrar los ojos sea hacerlo en oración para
adentrarnos en el invisible corazón de Dios que late por todos lados y que es
siempre un cielo luminoso bajo el que cabemos los buenos y los malos mientras
vamos sanando nuestras miserias. Esto es lo que me sugiere hoy esta pintura de
René Magritte.

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