REFLEXIÓN PARA DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO (Lev 13,1-2.44-46; Sal 31; 1Cor 10,31–11,1; Mc 1, 40-45)

Esta semana, en una serie de las que sigo, aparecía un adolescente casi perfecto: inteligente, generoso, trabajador… que coincidía a la perfección con lo que la sociedad y sus padres esperaban de él.  De repente se le declara una enfermedad que en su sociedad definía a quien la padeciera como indigno de vivir. Aunque sus padres, con los que ha medido de continuo su valía, dicen que están orgullosos de él, llegan tarde porque le han enseñado, sin darse cuenta, que uno vale por las perfecciones que puede presentar. Solo le queda ser definido y gritar: “soy impuro”, como afirma la primera lectura de hoy. Y así lo hace, llama a las autoridades para que le apliquen la eutanasia y así ratificar su pureza, ahora al asumir, en sí mismo, el ideal de esa sociedad de desechar a los defectuosos.

¿Es para esto para lo que están los sacerdotes, como parece afirmar la lectura del levítico? ¿No es más bien la misión del sacerdote anunciar la santidad misericordiosa de Dios que libera de todo aquello que hace que el hombre no pueda reconocerse como hijo amado, destinado a ser abrazado por la gloria de Dios? Sí, así es, así lo reveló Cristo, verdadero sacerdote mediador de la presencia de Dios entre nosotros.

En el evangelio el leproso dice: “si quieres puedes limpiarme”; y Jesús responde: “quiero, queda limpio”. Podríamos quedarnos contemplando un simple milagro y matar así el evangelio, pues lo que hoy se revela es que ante la santidad de Dios todos somos impuros o indignos, como decimos antes de la comunión; pero en ese mismo instante si abrimos los ojos se nos puede revelar la eterna afirmación de Dios sobre nosotros: ¡Quiero!, y aunque ahora os sintáis defectuosos, torpes, pecadores, os quiero, y vuestro destino es participar del abrazo de mi santidad de amor.

Si oímos y dejamos que estas palabras nos definan podremos comprender que pertenecemos a Dios y no a nuestras imperfecciones, y que estás quedarán diluidas en el abismo de gloria al que estamos destinados.

Mientras tanto, si decimos que somos impuros (y no merece la pena engañarnos diciendo que solo lo son los demás) que no sea para autocondenarnos, sino para que la herida que llevamos abra la puerta de la compasión sobre los otros. Y divulguemos, como el leproso amado del evangelio, la misericordia del Señor.  



Pintura de Magaly Ohika

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