REFLEXIÓN PARA DOMINGO II DE PASCUA (Hch 4, 32-35; Sal 117, 2-24; 1Jn 5, 1-6; Jn 21, 19-31)

Al leer el evangelio de este domingo, demasiadas veces y demasiado deprisa, separamos los personajes y sus sentimientos: por un lado, los que se alegran al contemplar a Jesús resucitado, por otro, los que dudan. De esta manera, o pertenecemos a los ‘buenos’ o los ‘malos’, a los creyentes o a los incrédulos. Sin embargo, seguramente todos hemos experimentado que en nuestra vida la fe se vive unas veces como alegría y otras como duda, sin que se puedan separar ambos aspectos.

La resurrección de Jesús como exaltación divina de su vida de amor por todos, como eternización de su existencia compasiva, como compañía perpetua de perdón y acogida incondicional, como victoria de Dios sobre las fuerzas de la envidia, la injusticia y el odio en su cuerpo maltrecho… se convierten en un motivo de esperanza y alegría. Lo más hondo de nuestro corazón, creado bueno y para lo bueno, no puede menos de alegrarse (“al ver al Señor los discípulos se llenaron de alegría”).

Sin embargo, vivimos una vida contaminada por el miedo. Miedo a que el amor no termine de ser verdadero y que todas sus predicaciones (también la de Cristo) no sea más que una fantasía de la que no nos podemos fiar porque nunca cumple las expectativas que suscita. Miedo igualmente al mundo tal y como es, con sus dinámicas de codicia, poder y violencia que parecen humillar y devorar siempre al que no las hace frente con sus mismas armas.

¿Qué hacer cuando esto ocurre? Permanecer, resistir con los que se celebran la alegría de la presencia resucitada del Señor para, como pide Jesús a Tomás, introducirnos cada vez más en sus heridas de su amor. Solo así su Espíritu puede vencer la oscuridad que el mundo deja como poso en nuestro corazón. Antes o después, el Señor saldrá a nuestro encuentro para llenarnos de alegría y, junto a nosotros, otros podrán encontrar protección para sus dudas.

Hemos de recordarlo, el Señor nos llama a caminar unidos para que la oscuridad del mundo no nos trague y la alegría que nos da se expanda a todos los rincones de nuestra vida. 


Pintura de Kume Bryant: Resucitado.

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