DOMINGO III DEL TIEMPO ORDINARIO (Is 8,23b-9,3; Sal 26,1.4.13-14; 1Cor 1, 10-13.17; Mt 4,12-23)

¿Qué importancia tenemos? ¿Acaso nos conoce alguien un poco más allá de las fronteras de nuestra vida? ¿Cuál es el valor de nuestro pueblo y sus costumbres, de aquello de lo que afirmamos que no hay nada igual? ¿Acaso son mundialmente conocidos? Y, si lo son, ¿acaso no vivirían todos igual sin haberlos conocido? ¿Qué hemos hecho que sea tan deslumbrante que pase de boca en boca despertando admiración? ¿No es verdad que somos hombres y mujeres ordinarios, en pueblos y tierras normales, con trabajos más o menos rutinarios? Y ¿no es esto lo que tantas veces queremos ocultar con palabras grandilocuentes sobre nosotros mismos y sobre lo que hacemos, sobre la belleza y la distinción de nuestra tierra y nuestras costumbres?
Sin embargo, no haría falta porque el Señor nos ha buscado como su propia tierra, como su propia carne, sin que tengamos que ser maravillosos por distinción y superioridad sobre los otros, porque su mirada “nos viste de hermosura”, encuentra lo suficiente para hacer cosas grandes con nosotros, con nuestra pequeñez. La cuestión es si lo creemos.
Hoy el evangelio nos habla de la tierra de Zabulón y la tierra de Neftalí. ¿Acaso eran especialmente conocidas?, ¿no eran tierras desconocidas en medio de la extensión de un mundo inmenso y, en alguna medida, inexistentes más allá de las fronteras que les rodeaban?, ¿no eran sus habitantes tipos igual de grandes y pequeños que nosotros, igual de ignorados más allá de su propio entorno?, ¿no tenían profesiones ordinarias como las nuestras? Y, sin embargo, allí se presentó Jesús para iluminar sus vidas, para hacer brillar sus existencias, para llamar a cada uno a llevar sus trabajos y sus días más allá de su monótono fluir haciendo de ellos una expresión del amor que nos llamó a la existencia.
Pero hay una condición: Convertirnos. Es decir, entregarnos a la presencia de Jesús en la que se acerca el reinado de Dios, la plenitud que buscamos: la grandeza de toda pequeñez, el esplendor de todo lo fugaz, el espacio del amor que todo lo acoge y lo renueva cada día haciendo que permanezca vivo y santo.
Jesús sigue recorriendo los caminos del mundo y hoy, en el evangelio, llega al territorio de nuestra vida. ¿Acogeremos la invitación a seguir sus pasos con una confianza y una generosidad humildes y sin condiciones?
 
 

   
Pintura: Hay pintores a los que parece no importarles representar las cosas como las vemos, sino que buscan expresar su misterio de belleza, de luminosidad, un misterio que continuamente se ve empañado por la vida. Entre ellos están Fra Angelico, Giotto, Vermeer, Monet, Sorolla… Hoy me fijo en este que no conocía, Eugen Stross, en su cuadro Ciudad de colores al mediodía, en la que el sol saca de ella toda su belleza apartándola de sus sombras. Es verdad que existe la miseria, la torpeza, el sufrimiento… y que estos pintores lo saben, pero parecen querer recordarnos que hay una luz, un mediodía donde todo es luminoso. Ese sol de mediodía es Cristo, y cuando nos exponemos a él las sombras se van oscureciendo y se abre paso la luminosidad para la que fuimos creados, tal y como nos recuerda el evangelio que profetizó Isaías.

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