DOMINGO IV DEL TIEMPO ORDINARIO (Sof 2, 3; 3, 12-13; Sal 145, 7-10; 1Cor 1, 26-31; Mt 5, 5, 1-12a)
No me parece nada fácil interpretar el texto de las bienaventuranzas y eso que quizá con el padrenuestro y algún otro texto neotestamentario define la esencia del cristianismo. Pero además creo que, si damos por supuesto que las entendemos, seguramente es porque obviamos su significado de fondo dejándolas pasar como si fuera una palabra más en la historia, de las que se lleva el viento porque no arraigan en la carne. Quizá solo podría explicarlas el Señor y los que, en esas situaciones que apuntan, se sienten bienaventurados. Los demás, realmente, ¡qué sabemos! Y, sobre todo, ¿es que queremos saber?
Yo creo que cuando Jesús las pronunció estaba describiendo la realidad concreta que veía a su alrededor en los que se confían a él. La realidad de la gente que se dejó envolver en su pobreza y en su tristeza por la cercanía de Jesús, que se convertía en un espacio de vida donde los bienes se compartían y los penas se sobrellevaban juntos, y donde todos se reconocían enriquecidos (no solo espiritualmente), y sentían que la eternidad de la vida era eso mismo, que eso era el reinado de la presencia de Dios. Y también la realidad de la gente que se dejaba llevar por la misericordia que veía en Jesús y por su manera de vivir, y experimentaba aquella fiesta que acontece cuando se juntan la gratuidad y la gratitud.
Por eso pienso que, alrededor de Jesús, el
grupo amplio de discípulos, hombres y mujeres, ya formaban comunidades sencillas
donde se compartía la vida de una u otra forma, pero realmente. Que Jesús no
solo era un predicador, sino que con su forma de ser y de hacer configuraba
ambientes de vida concreta donde se experimentaba la realidad del Reino de Dios.
Y esto es quizá lo que nos falta para entender las bienaventuranzas, espacios
donde se realicen, porque solo ahí se entienden. Ahora bien, estos solo brotan
cuando juntos nos dejamos llevar con confianza y generosidad por el Espíritu de
Jesús. De lo contrario, seguiremos hablando de la alegría del Reino y la
seguiremos ofreciendo a los pobres, pero nuestras palabras no convencerán a
nadie, ni siquiera a nosotros mismos.
El autor de esta pintura parece dibujar la presencia de Jesús en medio de la gente no como la de un predicador, sino más bien como la de un danzante que se envuelve con toda la realidad y la contagia de su alegría. Quizá sea una buena forma de mostrar lo que Jesús conseguía al inundar de gozo a los que le abrían su corazón, de un gozo que atravesaba incluso el llanto. Porque ¿no es el amor compañero lo que sosiega y difumina la tristeza, y no es el amor generoso lo que hace desaparecer la pobreza? Más aún, el amor no se conforma con esto, el amor quiere ser un amante alegre que quiere que todo se llene de su alegría y, por eso, las bienaventuranzas de Jesús, obra de su amor, parecen mostrar lo imposible, el baile del eterno amor de Dios incluso en el camino pesaroso de la historia.
El autor de esta pintura parece dibujar la presencia de Jesús en medio de la gente no como la de un predicador, sino más bien como la de un danzante que se envuelve con toda la realidad y la contagia de su alegría. Quizá sea una buena forma de mostrar lo que Jesús conseguía al inundar de gozo a los que le abrían su corazón, de un gozo que atravesaba incluso el llanto. Porque ¿no es el amor compañero lo que sosiega y difumina la tristeza, y no es el amor generoso lo que hace desaparecer la pobreza? Más aún, el amor no se conforma con esto, el amor quiere ser un amante alegre que quiere que todo se llene de su alegría y, por eso, las bienaventuranzas de Jesús, obra de su amor, parecen mostrar lo imposible, el baile del eterno amor de Dios incluso en el camino pesaroso de la historia.

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