Fiesta de la Epifanía del Señor. Ciclo A. (Is 60,1-6; Sal 71,1-2.7-8.10-13; Ef 3,2-6; Mt 2,1-12)

En el evangelio de hoy se muestra claramente que se puede tener todo y que esto puede no valer para nada. Se puede tener el poder, la riqueza, la cultura, incluso las respuestas religiosas y, sin embargo, vivir fuera del sentido de la realidad. Aun así, parece que todos buscamos vivir en ese espacio de luz artificial que nos da nuestro poder sobre las cosas. Esta es nuestra ciudad, esta es la Jerusalén de Herodes, donde los magos curiosamente pierden el contacto con la estrella que les guía, como si hubiera un campo de fuerza que no deja funcionar bien su sentido para buscar la verdad.
Es solo cuando vuelven a salir de la ciudad, es decir, cuando se mira de frente lo no dominado ni dominable de las cosas, cuando entran de nuevo en la oscuridad y en el camino incierto de la vida, cuando vuelve a aparecer la llamada de la estrella que conduce a la vida.
Y es que el ser humano siempre se ha dejado seducir por su poder y siempre se ha afirmado sobre sus verdades, y ambos, su poder y sus verdades, son limitados y, por tanto, si solo se fía de ellos le encierran en su propia pobreza, aunque esta se vista ‘de Prada’.
La fiesta de la epifanía, que celebramos hoy, nos invita a salir de nuestros falsos refugios y mirar de frente el fondo de nuestra vida, que pide un sentido absoluto que no se puede dar a sí misma, un amor absoluto que no puede crear, alguien a quien entregar los poderes de la vida para que alcancen a realizarse en su verdad y creatividad. Este sentido, este amor se nos ofrecen en Jesús, pero es necesario salir a la noche para verlo, si no seguiremos deslumbrados por estrellas artificiales y de poco recorrido.
 
 
 
En esta pintura de Tadas Zaicikas, titulada Idealismo con tristeza, un hombre de espaldas y habitado por la noche tiene la mirada puesta en un horizonte luminoso. Como diría san Juan de la cruz: “Que bien sé yo la fonte que mana y corre, aunque es de noche”. La noche de la que habla no es una simple limitación, sino el lugar propio de la búsqueda y del encuentro con el verdadero Dios, como sucede en los magos de oriente. Esta noche son las dudas y las incertidumbres irresolubles de la vida, las injusticias y los golpes que la marcan, el pecado que la somete, la muerte que la anula. Es cuando se mira de frente esta realidad que llevamos dentro cuando se nos puede revelar el Dios verdadero. Cuando se nos puede manifestar el Dios que no está sometido a nada y que nos da a beber el amor que hace eterna la vida y que, en medio de la noche, la sostiene y la hace dar de sí, discreta pero fielmente.

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