DOMINGO I DE CUARESMA (Gen 2, 7-9;3,1-7; Sal 50, 3-6.12-14.17; Rom 5,12-19; Mt 4, 1-11)

No hace falta ir al desierto para ser visitados por la tentación. La tentación nos sale al encuentro en nuestro camino al trabajo, al entrar en el mundo paralelo de internet, al tomar una caña con los amigos, al mirar nuestra agenda de trabajo o al pensar en el fin de semana. Así se presenta sin dar la cara, escondida, a caballo de la simple inercia. Porque, ¿qué hay que hacer para dejarse llevar por la indiferencia, para aceptar la solicitud de una página pornográfica, para vivir a golpe de la imagen y el me gustas, para aceptar comentarios calumniosos o injustos de los amigos sobre terceras personas, para vivir el fin de semana como un simple desahogo o un perezoso standby, para conformarse con trabajar lo justo sin dar lo mejor de nosotros mismos? Pues nada, solo dejarse llevar. La tentación siempre nos da facilidades susurrándonos que elegirla nos hará bien.
Pero el Señor nos invita a ir con él al desierto, a luchar, a escarbar debajo de la velocidad insensata y perezosa de la vida cotidiana. Nos invita a ir al desierto con él no para sentir la tentación, sino para superarla. Pero ¿cómo? Pues eligiendo, de su mano, el silencio como lugar donde todo puede verse con perspectiva y percibir el valor de las cosas. Eligiendo la empatía de forma que nos afecten las alegrías y las penas de los demás para ensanchar nuestro gozo y achicar los sufrimientos ajenos. Eligiendo el ayuno de imágenes morbosas y degradantes para que nuestro corazón aprenda a latir al ritmo de la belleza libre y gratuita de la vida y de las personas. Eligiendo la gratitud y la alabanza de los otros, de sus mejores gestos, sin que nos frene la ambigüedad que poseen y que a todos nos habita. Eligiendo el trabajo bien hecho incluso cuando no se visibilice o reconozca. Eligiendo finalmente la oración fiel y atenta a la presencia de Dios, aunque sea breve y aunque el Señor pueda parecernos esquivo y silencioso, para que él, cuando menos lo pensemos, pueda susurrarnos su amor y todo se llene de sentido, incluso cuando nos duela la vida.
Este es el gimnasio de la cuaresma, no necesita preinscripción, pero si determinación. En él, el Señor le enseñará a nuestro corazón que es amado, y a nuestros pasos cuáles son los caminos del amor que dan la vida eterna.
 
 

La película Godspell (https://n9.cl/aqzww), una versión festiva del evangelio, comienza con sus personajes envueltos en la vorágine de una ciudad que va dejando vacíos sus corazones y no les lleva más que a repetir esta vorágine en sus propias vidas hasta agotarlas sin sentido. Pues bien, allí suena un cuerno y se les ofrecen unas pequeñas visiones casi-imaginarias que les invitan a abandonar el desierto de la ciudad, ese desierto que tan bien refleja el dibujo que hoy nos acompaña. Todo pasa como si alguien quisiera darles un respiro en medio de la nada, como si quisiera volver a alentar su tierra reseca con el soplo de su amor. Y pienso que también para nosotros suena el cuerno si sabemos oír y se nos dan señales si sabemos mirar.

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