DOMINGO VI DEL TIEMPO ORDINARIO (Eclo 15, 15-20; Sal 118, 1-2.4-5.17-18.33-34; 1Cor 2, 6-10; Mt 5, 17-37)
Hemos de reconocer que la misericordia de Dios fácilmente se convierte en una coartada en nuestra vida. Él parece no escarmentar, como en un exceso de confianza y gracia sobre nosotros, y sigue invitándonos al espacio de su vida que, luego, desordenamos haciendo de la tierra prometida, que somos nosotros mismos y que podía manar leche y miel, una tierra donde crecen las ortigas y las alimañas que alimentamos con nuestro ensimismamiento, nuestras injusticias y nuestra dejadez en el cuidado de las cosas y de las personas.
Y aquí estamos, en una tierra buena venida a menos, una tierra que necesita un trabajo duro, como dijo el Señor a Adán después de que hubiera estropeado el paraíso, para que sea lo que estaba destinada a ser. La misericordia de Dios nos asegura que las puertas del paraíso nunca están cerradas del todo, pero esto no es suficiente, como apunta el evangelio de hoy, porque el paraíso, o el Reino como lo llama Jesús, tiene sus leyes; porque no puede haber una vida buena y bella donde el mal campa a sus anchas, donde el corazón de los hombres no ha sido domesticado por el amor. Y, en esto, el amor no conoce tratos, no vive de mínimos, como subraya Jesús, porque quiere vestirlo todo de su vitalidad y su alegría.
Decía Enzo
Bianchi en un libro sobre el combate espiritual, que él pertenecía a la última
generación que había dado importancia a la ascética, pero que la vida cristiana
es siempre una lucha no solo por el
evangelio, sino también contra lo que
se le opone: “Una lucha a veces ruda, una disciplina que requiere pronunciar
algunos síes y muchos noes”.
Hoy Jesús,
con su “pero yo os digo”, nos invita a dejar atrás engaños y componendas, a
asumir el dolor que requiere la vida verdadera, el sacrificio que necesita el
amor para dar vida. Cada uno debemos pensar las palabras de Jesús y leerlas con
nuestra vida. Estas de hoy y las de cada párrafo del evangelio, y luego
entregarnos a ellas con esfuerzo y confianza. Y es que no se puede estar con
Jesús sin seguirlo, lo cual parece lógico, aunque a veces lo olvidemos. Ahora
bien, también es verdad que no se puede seguir a Jesús sin ser levantados por
él una y otra vez de nuestra mediocridad y nuestro pecado. Pero esto lo tenemos
asegurado.

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