DOMINGO XXII DEL TIEMPO ORDINARIO (Jer 20, 7-9; Sal 62, 2-9; Rom 12, 1-211, 33-36; Mt 16, 21-27)

Cuando quien confía se encuentra con quien ama la vida del que confía se llena de dones haciéndose más grande y no hay nada que no sea un motivo de alegría y gratitud; cuando el que ama se encuentra con quien confía, el primero se ensancha reduplicándose en una espirar de creatividad donde nace lo inimaginable. Pero ¿qué sucede cuando el que confía se entrega a aquel que no sabe amar porque no sabe confiar?, ¿qué sucede cuando el que ama se encuentra con quien no confía más que en su poder para dominarlo todo?
Se ve entonces que la confianza y el amor tienen un lado luminoso, pero cuando se encuentran con espacios de desconfianza, posesividad y autoafirmación aparecen envueltos en soledad y sufrimiento. Así pues, la confianza y el amor pueden hacer nacer en el mundo el paraíso y, a la vez, pueden crucificar al que vive de ellos. De este lado trágico del amor habla hoy el evangelio. Jesús, que trae la confianza y el amor de Dios para crear el paraíso, se adentra en los espacios del miedo de los seres humanos, ese miedo que nos empuja a preferir dominar la vida y a los otros antes que a entregarnos con confianza a ese abismo de confianza en que solo el amor hace nacer la alegría natural y eterna. Un abismo en el que el ser humano ya no sabe hacer pie y prefiere habitualmente vivir de tratos y contratos, vivir de dominios y posesiones. En este mundo, quien persevera en el amor estorbará siempre pues denuncia las complicidades de la vida con el egoísmo que tanta humillación y violencia causa en el mundo.
Y, sin embargo, el Señor nos invita a caminar hacia el abismo, hacia esa confianza y amor que son el corazón de Dios mismo. Es en ellos donde, a pesar del “sarcasmo de los satisfechos y del desprecio de los orgullosos” (Sal 123,4), se puede saborear el don de la verdadera vida, de la vida con futuro absoluto. Y no hay que dejarse engañar, quien nos hace creer que se puede seguir a Jesús mezclando la confianza y el amor con el pensar solo en uno mismo solo puede ser un avatar de Satanás, es decir, la voz del mundo de nuestros miedos que siempre terminan haciéndose fuertes con prepotencia frente a los demás y estropeando lo que podría ser la casa común de la vida.
 


 
PINTURA: Uno de los pintores contemporáneos de la cruz de Cristo que más me gustan es Craigie Aitchison. En muchos de sus cuadros, como en esta Pequeña crucifixión (2007), Cristo aparece solo, abandonado, en medio de un paisaje oscuro y sin forma. La pintura le muestra como el abandonado, el descartado de nuestro mundo. Sin embargo, a la vez, su cuerpo es representado muchas veces, como se ve en esta pintura, como un foco de luz personal que, sin apenas rasgos, invade los ojos del que lo contempla. Así, el pintor muestra a Cristo muerto como el único que puede iluminar este mundo que es sombrío en su mismo corazón. La razón es que en medio de la oscuridad con la que el hombre viste el mundo su amor alumbra finalmente la vida y, a pesar de los sufrimientos que padece, se revela como la verdadera vida resucitada.

Comentarios

Entradas populares de este blog

TRAS LA MUERTE DE JAVIER. Compañero de presbiterio.

II DOMINGO DE ADVIENTO. Ciclo A. (Is 11, 1-10; Sal 72; Rom 15, 4-9; Mt 3, 1-12)

Mi último libro