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DOMINGO XXXI. CONMEMORACIÓN DE TODOS LOS FIELES DIFUNTOS. CICLO C (2Mc 7,1-2.9-14; Sal 16,.5-6-8-15; 2Tes 2,16-3, 5; Lc 20,27-38)

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De pequeños somos traídos y llevados, somos acogidos, alimentados, vestidos, sostenidos… y todo pasa con una naturalidad que nadie pone en tela de juicio que esto es lo normal. Pero un día queremos ser nosotros mismos por nosotros mismos y ese mismo día empiezan los problemas. Necesitamos tener una identidad no solo recibida, sino también hecha por nuestras propias cualidades y valores; necesitamos saber que somos valiosos por nosotros mismos y, por eso, nos separamos a los demás y les decimos que nosotros no somos ellos y que podemos pensar y decidir y hacer sin depender de ellos. Y, siendo esto necesario, olvidamos (y este es el problema), que podemos y debemos serlo con ellos, desde ellos y para ellos. Es aquí donde la muerte se hace fuerte, donde nos sale al encuentro porque nos visita en cada una de las cosas que no dominamos, que necesitamos que sean y que no podemos hacer que lo sean. Y solo nos queda decidirnos a confiar y volver a dejarnos vestir por el afecto y el servicio de...

SOLEMNIDAD DE TODOS LOS SANTOS. CICLO C (Ap 7,2-4.9-14; Sal 23, 1-2.3-4ab.5-6; 1Jn 3,1-3; Mt 5,1-12a)

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Quizá demos demasiado por descontado que, si nos enseñan a Jesús, si nos enseñan sus palabras, si nos muestran sus sentimientos nosotros los acogemos, lo aprendemos, lo hacemos nuestro por el hecho de que nos lo han enseñado. Saberlo es vivirlo, pensamos y sentimos demasiado rápidamente. En el evangelio de hoy, Jesús se sienta y proclama sus bienaventuranzas enseñando a sus discípulos. Pero, estos, ¿las aprehenden?, ¿las hacen suyas? No, aún no. Estamos al principio del evangelio y Mateo quiere mostrarnos la tarea que los discípulos y nosotros tenemos por delante: Acoger la presencia de Jesús como una bendición cuando nos sintamos pobres, cuando lloremos, cuando la impotencia por sentirnos desamparados anide en nuestro corazón sabiendo que en él tenemos nuestra roca segura, nuestro hueco en la eternidad bienaventurada; acoger su camino de misericordia cuando la vida nos sugiera ofrecer desprecio, su camino de mansedumbre cuando el corazón nos pida venganza, el camino de la justicia par...

DOMINGO XXX DEL TIEMPO ORDINARIO. CICLO C (Eclo 35,12-14.16-19a; Sal 33, 2-3.17-18.19.23; 2Tim 4,6-8.16-18; Lc 18, 9-14)

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El evangelio, y esto es muy importante comprenderlo, no es un conjunto de ideas sobre el mundo, que funcionan de manera genérica. El evangelio es un espacio de vida creado por Jesús, donde su palabra nos busca en nuestras situaciones concretas para sacarnos del “dominio de las tinieblas” (Col 1,13). Por eso, cuando leemos los evangelios y hacemos de ellos una verdad para juzgar el mundo seguimos presos de esas tinieblas que nos separan a unos de otros y que nos alejan de Dios. Y da lo mismo si juzgamos a los publicanos o a los fariseos. El evangelio es la presencia de Jesús que juzga en primer lugar nuestra vida, y lo hace solo para liberarnos de todo lo que nos hace daño, también del dominio de las buenas obras cuando están mal colocadas y nos hacen creernos superiores a los demás. Pero, a la vez, para liberarnos de nuestros pecados que tan fácilmente justificamos en nosotros y en los demás demasiado amparados en nuestra debilidad. Por eso, el evangelio de hoy no se nos da para juzgar...

FE Y DEVOCIÓN (Artículo de 'Vida nueva' 3430, p. 31)

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