DOMINGO DE RAMOS (Is 50, 4-7; Sal 21,8-9.17-18a.19-20.23-24; Filp 2,6-11; Mt 26,14-27,66)

A veces es difícil ver lo que tenemos delante de nuestras narices. La razón es que no miramos con la mirada libre, abierta, atenta, sino sometida a razones, juicios e interesas en los que nos encontramos protegidos, seguros, dueños de la realidad y de nosotros mismos. Cuando miramos a Jesús pasa igual, podemos estar ante él y no ver quién es, que dice y qué hace. Más aún, podemos hacerle objeto demuestra admiración o devoción, manteniéndonos muy lejos de su espíritu. El otro día veía la presentación de una túnica nueva de sedas y bordados de oro y plata para un Cristo que llamaban de la humildad. Y me preguntaba: ¿qué humildad han visto en Cristo para vestirlo así? Con esa túnica ¿no están negando su humildad y vistiéndolo, por el contrario, de vanidad?
En estos días vamos a poner ante nuestros ojos y en nuestros oídos en la pasión de Jesús, vamos a ensalzarla con admiración, devoción y gratitud. Lo hacemos ya desde este domingo con la entrada de Jesús en Jerusalén como Mesías. Pero hemos de preguntarnos si realmente entendemos. Porque nos puede pasar, como a los discípulos y al pueblo, que cegados por nuestros propios deseos, no nos demos cuenta de que Jesús ha elegido un borrico para presentarse como rey de paz y, por tanto, se ha expuesto manso y humilde a los poderes de este mundo. Les había hablado de su pasión, pero solo oyeron lo que querían oír, lo mismo que ahora ven solo lo que quiere ver. ¿Y nosotros?
No es fácil comprender la mansedumbre de Jesús, su pobreza, su misericordia, su entrega sufriente, fruto todo ello de su amor siempre atento, disponible, regenerador. Cuando le dejamos ser quien es no pocas veces parece un cuchillo cortante, pero siempre despierta en nuestro interior una fuente de un amor resucitante, de una paz sin límites, de una hospitalidad abierta, de una alegría insospechada.
En este domingo que hace de pórtico de toda la semana santa, junto a los entusiasmos de nuestra fe y nuestras devociones representados en los habitantes de Jerusalén, se nos lee ya su pasión, y se nos invita a mirar a Cristo entregado hasta la muerte y atrevernos a ver en ella la forma de ser de Dios y dejar que nuestro corazón se empape de ella. Solo necesitamos redescubrir en nuestro interior la pureza de corazón que nos hace ver las cosas con la gracia que Dios ha puesto en ellas.



En esta pintura de Julia Stankova sobre la entrada de Jesús en Jerusalén no se ven aclamaciones ni emociones fuertes. Centrando la escena está la figura grande de Cristo con el rostro vuelto a los que le siguen invitándoles as avanzar con él; un ángel ya anuncia el destino que le espera con una cruz en la mano; los seguidores muestran rostros de incertidumbre, duda, incomprensión; un joven diminuto deja su mando a los pies de Jesús como si le entregara todo lo que tiene; y después están los simples mirones, espectadores acomodados de un mundo ya hecho. Creo que la pintora recompone la escena evangélica para que quien ya la conoce se haga preguntas y pueda entrar en ella para vivirla. 

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