NATIVIDAD DE NUESTRA SEÑORA (Virgen del Canto en mi pueblo) (Mi 5,1-4a; Sal 12,6; Rom 13,8-10; Mt 1,18-23)
En la fiesta de la natividad de María el evangelio nos habla de su maternidad y, así, nacimiento y maternidad quedan unidas en un único misterio de vida.
El nacimiento, salvo en estos tiempos tan dados al exhibicionismo es un acontecimiento íntimo, un acontecimiento casi escondido. No es extraño ya que, en él, la vulgaridad de la carne y la alegría de la vida requieren un cierto clima de pudor donde poder vivirse con naturalidad. Allí mismo aparece una llamada silenciosa que el recién nacido deberá dar a luz a lo largo de su vida, de igual manera, entre las sombras vulgares del mundo y sus anhelos y alegrías de esperanza.
Del
nacimiento de María no sabemos nada a no ser que nació con esta vocación de
fecundidad escondida en su carne por la misma gracia de Dios. Nada lo pudo
presagiar en aquel instante lo escondido, ni siquiera ella, que tuvo que
aprender a reconocer en silencio y oración, allí donde se cruzan los ángeles de
Dios con los humanos, la promesa de Dios para ella. Esta promesa-vocación, ya
inscrita en su nacimiento que hoy celebramos, era dar a luz a Jesús y reconocer
en él, al nombrarlo, que Dios está con nosotros, como dice el evangelio. Esta
vocación, que María simboliza, es la vocación de toda la humanidad y de cada
uno de sus miembros. También la tuya y la mía, porque de esto se trata, de ir
dejando nacer entre el barro que nuestra vida la gracia que nos habita y que no
es otra que la vida de Cristo.
Si esto es
así, y esto es lo que creemos, entonces celebrar el nacimiento de María y
reconocernos elegidos en nuestra pobreza viene a coincidir y, por eso, podemos
cantar de su mano y con su misma confianza el salmo de hoy: “Yo confío en tu
misericordia, mi alma gozará con tu salvación. Cantaré al Señor por el bien que
me ha hecho”.
Elijo esta fotografía de
Hélène Amouzou para comentar la fiesta de hoy. Nacemos en un espacio de sombras,
casi indeterminados si no es por la lógica de los que nos traen al mundo que, más
allá de sus dones, ponen en nosotros sus miedos y fantasmas, sus cegueras y
tensiones, sus expectativas y criterios. Y, allí, nuestros pies descalzos deben
encontrar un sendero propio. Este sendero está perfilado en nuestro interior y si
nos aventuramos en él con confianza se revelará con una fecundidad insospechada.
Por eso es tan importante tener una cortina que, de cuando en cuando, nos separe
del mundo, no para escapar de él, sino para encontrarnos con nosotros mismos y
poder dar a luz el misterio de la gracia que llevamos inscrito en nuestro ser,
como apunta las flores reflejadas en los pies del protagonista de esta imagen.

Comentarios
Publicar un comentario